Así también se salvan las democracias

Sergio González

A Felipe Solís Acero,

servidor público ejemplar,

con motivo de su cumpleaños.

Digamos que en determinada elección presidencial, a pesar de haber desplegado todas las estrategias que recetan Levitsky y Ziblatt en su texto Cómo mueren las democracias, obtiene el triunfo uno de estos políticos o candidatos autoritarios. Pensemos en Trump ya presidente o en que Maduro se reelige en Venezuela en abril.

¿Qué deberes y recursos tendrían los partidos prodemocráticos que perdieron la elección frente a presidentes como éstos? Los autores, estudiosos desde hace décadas del deterioro de las democracias del mundo, también tienen recomendaciones que hay que escuchar con atención. Si bien analizan la dinámica política entre los demócratas y los republicanos de su país, sobre todo frente a un Ejecutivo Federal atípico, los lectores avispados pueden (debemos) extraer lecciones valiosas de las que hay que apropiarse rápido y bien, con todo y las diferencias entre los presidencialismos y sistemas electorales de ambas naciones.

La primera es que al quedar en la oposición, los partidos prodemocráticos deben renunciar a jugar rudo o sucio, pues eso generará cohesión entre las fuerzas políticas que gobiernan y encima, le daría pretexto al autoritario para acariciar anhelos represores. Es decir, que la oposición debe gestionar su resistencia al régimen usando los conductos institucionales y siempre dentro de la ley.

La segunda es que para combatir a un líder autoritario en el poder, los partidos prodemocráticos deben hacer lo mismo que para detener su ascenso: coaligarse. Obviamente, dicen, y yo coincido con ellos, que construir acuerdos políticos más allá de los aliados naturales es complicado. Se requiere voluntad institucional de poner de lado, por el momento, los temas y asuntos que les son fundamentales a cada fuerza política. Afirman: “debemos extender nuestros horizontes temporales y hacer concesiones drásticas” sin que ello signifique abandonar nuestras más elevadas causas; significa, pues, privilegiar zonas de consenso por encima de diferencias claras para lograr un piso común.

Resulta que una gran coalición como la que analizan, ofrece ventajas como que los principios políticos y compromisos programáticos a los que se arriba en el convenio, pueden resultar atractivos para muchos grupos y sectores sociales, de ésos que no siempre participan en política. Mientras más amplia y plural es la alianza, más aislado va quedando el grupo o líder autoritario.

La tercera es que al pactar con fuerzas políticas otrora adversarias, el régimen democrático entero da un salto cuántico en materia de madurez política, pues los forjadores del acuerdo nunca más se verán como enemigos mortales y eso “enfría” las rispideces tradicionales que se ven con frecuencia entre partidos y candidatos radicalizados. La tolerancia política en democracia nunca sobra ni es mal vista.

El caso chileno debe ponernos en alerta. El terrible enfrentamiento entre los socialistas y los demócrata-cristianos contribuyó a la muerte de la democracia del país andino en 1973 y su mutuo antagonismo prolongó inadvertidamente la gestión de Pinochet. De eso hablaremos la semana que entra.

gsergioj@gmail.com

@El_Consultor_

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