Odio heredado

Aurelio Ramos Méndez

Tan frondosos son los árboles genealógicos de los aspirantes a la Presidencia que bien harían estos en asumir no sólo de manera expresa sino como compromiso notariado y de punible incumplimiento, el abstenerse de nombrar parientes en puestos públicos.

No es ociosa tal la propuesta. Cobra sentido ante las críticas, enteramente justificadas, al cerco infranqueable con que tres de sus hijos han aislado al puntero de la liza, Andrés Manuel López Obrador.

Si el encierro del tabasqueño en una virtual cápsula esterilizada ocurre cuando aún no ha ganado la elección, es cosa nada más de imaginar lo que sucedería a partir del 2 de julio, en caso de que se alzara con la victoria.

Los jóvenes José Ramón, Andrés Manuel y Gonzalo, según versiones de la prensa, son los colaboradores más cercanos de su padre, en menoscabo de militantes de Morena que han hecho talacha desde la formación de este partido, o antes aun, apoyando las causas de El Peje.

Toda una historia de parientes y hasta familias enteras de funcionarios y políticos, enquistados por varias generaciones dentro de los partidos y la administración gubernamental, ha terminado por rebalsar el vaso de la paciencia de los ciudadanos.

En materia de ejercicio del gobierno y manejo real del poder público, desde hace décadas los mexicanos bailan los mismos con las mismas. Ni por error puede decirse que ha habido recambio de la clase dirigente.

Ya es tiempo, entonces, de ir levantándoles la canasta a los políticos de siempre, incluidos López Obrador y sus retoños.

El nepotismo se da en todos los partidos. Cobra actualidad ahora debido al papel central de los vástagos del político de Macuspana y los embozados afanes de sus críticos de debilitarlo, vía la fragmentación, en un momento clave del proceso electoral, del equipo que lo rodea.

Históricamente, sin embargo, ha sido en el casi octogenario PAN donde esa práctica inequitativa ha florecido.

Eso explica porqué el favoritismo hizo crisis con el empeño de Felipe Calderón –hijo de diputado, hermano de senadora, primo de incontables presupuestívoros– de anular la meritocracia, y, mediante acuerdos inconfesables, tratar de sentar en la silla a su cónyuge.

La jugada del michoacano resultó de una audacia intolerable aun para panistas que creían haberlo visto todo en materia de marrullerías.

El problema de la preeminencia de proles, clanes, castas y parentelas de toda laya en la política ha alcanzado niveles altamente perniciosos. Si la democracia entraña la rotación de las élites y los grupos sociales en la conducción de la vida pública, de eso no hay por estos lares.

Emparentados con Calderón y Margarita Zavala, en una maraña inextricable, está el abanderado del PRI –sobrino nieto del panista purasangre Daniel Kuri Breña, hijo del exlegislador y exsubsecretario Dionisio Meade–, con al menos 25 primos en puestos públicos, según sus más acuciosos biógrafos.

Frente a este estado de descomposición de la política, desde Nuevo León atronó el “¡ya, basta!”.

Un grupo de académicos denunció que las candidaturas a presidentes municipales en ese estado han sido acaparadas por políticos que ya en varias ocasiones han ocupado alcaldías. Buscan repetir mediante el sencillo expediente de cambiar de jurisdicción o de partido.

Una docena de exalcaldes aspiran seguir prendidos a la ubre del erario público, para lo cual tan sólo del PAN dos pasaron a Morena, uno al Verde y otro al PES, en un combo que incluye nombres tales como Felipe de Jesús Cantú, Jesús María Elizondo, Adalberto Madero, Pedro Garza, Cristina Díaz, César Garza o Clara Luz Flores.

La catedrática y exconsejera del IFE, Lourdes López, dijo que los partidos actúan “como si esos puestos fueran un negocio familiar”. Añadió que no hay mucha diferencia entre lo que sucede en los rumbos del Cerro de la Silla “con los modelos medievales de organización social o las monarquías y las dinastías”.

Habrá quien diga que estamos ante la legítima aspiración de que el hijo siga las huellas vocacionales del padre. O ante una irrefrenable voluntad de servicio público, digna de gratitud. Admitámoslo sólo por compasiva condescendencia. La verdad es otra: estamos ante una patente resistencia al destete presupuestario.

Es práctica inveterada. Con decir –a guisa de ejemplo–que todavía están prendidos al presupuesto nacional ¡herederos del capital político de don Vicente Guerrero!, cuya única hija, Dolores, se casó en 1831 con Mariano Riva Palacio.

El militar y político que fue abogado de Maximiliano, fue también, en dos ocasiones, candidato presidencial; ministro de Hacienda y de Justicia, alcalde de la capital del país –a los 26 años de edad–, tres veces gobernador del Estado de México, y ¡en once turnos brincó del trapecio, de diputado a senador o viceversa!

Don Mariano le heredó al país seis hijos, quienes con el paso del tiempo conformaron una estirpe tan grande como la de José Arcadio Buendía en Macondo. Sólo que, a diferencia de ésta, que no tuvo una segunda vez, aquella sí ha tenido muchas más oportunidades sobre tierra.

Entre los hijos de Mariano Riva Palacio se cuenta Vicente Riva Palacio, el guerrillero, político, militar, jurista y escritor, autor entre una vasta obra de la canción satírica Adiós, Mamá Carlota  y de la obra de teatro Odio Hereditario, estrenada en 1861, la cual –según la crítica– constituye un llamado a la reconciliación tras la Guerra de Reforma.

El nieto de Vicente Guerrero fue guerrillero contra las invasiones americana y francesa, y luego promotor de una amnistía a los intervencionistas; ministro de Fomento con Porfirio Díaz, presidente de la Corte, dos veces diputado, y gobernador de Michoacán.

Y, aunque tuvo sólo un hijo, Federico Vicente Bros, con sus sobrinos –su hermano menor, Carlos, procreó 10 hijos– fue más que suficiente para perpetuar el linaje hasta nuestros días.

De ese árbol no tan vetusto como el del Tule, pero tanto o más exuberante que éste, surgió un cacicazgo que durante casi 200 años ha participado –largos períodos como fuerza dominante– en la política nacional, en especial en el centro del país, y, sobre todo, en el Estado de México y Morelos.

Los herederos de Guerrero ya van en la quinta generación. Y, en ciertos lapsos, han copado los mejores puestos en los tres poderes del Estado, y aún en el Quinto Poder: gobernadores, secretarios de Estado, ministros, magistrados, legisladores, alcaldes, directores de instituciones y empresas públicas, dirigentes de sindicatos corporativistas, y líderes de opinión considerados quintaesencia del periodismo nacional.

Por todo ello, se antoja amnesia, maniqueísmo, descuido o franco cinismo el hablar de liderazgo endogámico, poder por consanguinidad, monarquía, línea de sucesión, absolutismo y otras yerbas, únicamente en el caso del tabasqueño, si estamos ante el nepotismo como fenómeno general, añejo e injusto.

Renunciar por escrito y con castigo de por medio a nombrar parientes en puestos públicos, puede ser una buena manera de empezar a sanear la política electoral y el gobierno nacional. Renunciar, incluso, a la engañifa del cargo honorario, sin remuneración, por puro amor al arte, tan socorrida en nuestro medio, para disimular la aplicación del aforismo “no me des, ponme donde hay”.

aureramos@cronica.com.mx

 

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