Ocho paseos literarios por el bosque de Kubrick

Edgardo Bermejo Mora

La Cineteca Nacional, en colaboración con el British Council, acaba de publicar un libro donde se reúnen los ensayos que ocho destacados escritores mexicanos escribieron sobre igual número de películas dirigidas por Stanley Kubrick. Los autores fueron convocados a participar en un programa de mesas redondas organizadas por la Cineteca Nacional en el marco de la gran exposición sobre Kubrick que se presentó el año pasado en México y que convocó a casi doscientos mil asistentes.

El universo Kubrick es un sistema barroco conformado por planetas cinematográficos donde lo visual, lo sonoro y lo literario se entretejen hasta conformar una atmósfera respirable. La literatura, o la música, o la filosofía, o las artes visuales, o el diseño, circulan en este espacio fílmico donde hay otras artes dentro del arte, un cosmos que se nos va descubriendo como las capas de una cebolla; un sistema solar —con el director británico al centro— al que viajamos con la sorpresa de quien destapa una matrioshka infinita. En este sistema fílmico/cósmico, la literatura es una suerte de Big Bang, la materia primicia que detona y que deviene cine.

En el ensayo que escribe sobre Lolita (1962), Ana Clavel repasa el eterno dilema entre la obra literaria original y su transición al lenguaje cinematográfico. El salto de la palabra a la imagen del que surgen, a fin de cuentas, dos obras de arte autónomas y al mismo tiempo indisolubles. La novela de Vladimir Nabokov, por un lado, su adaptación al cine por el otro. El genio y la voluntad del director Kubrick se entrometen, subvierten los textos originales y modifica por tanto la obra literaria hasta obtener algo diferente, con vida propia, con una estética, un tono, un ritmo propios.

Ana García Bergua, apegada siempre a su voz autoral y a su pericia de narradora, se encarga de comentar con destreza literaria alrededor de ese thriller en clave satírica de Stanley Kubrick titulado Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (en español Doctor Insólito o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba, 1964). “Hay un fondo carnavalesco en todo lo que escribe García Bergua, donde las miradas, los gestos, las insinuaciones adquieren más peso que los diálogos y los razonamientos”, escribió Fabio Morábito, y tal es el caso del ejercicio ensayístico que acompaña este volumen.

A Alberto Chimal, constructor de realidades paralelas y autor de artefactos verbales movidos con los engranajes de la imaginación, le correspondió ensayar un texto reflexivo y luminoso sobre 2001: Odisea del espacio (2001: Space Odyssey, 1968). Aquí también, nos comenta Chimal, Kubrick se acerca a la literatura como materia fundante de su producción —en este caso con la colaboración de Arthur C. Clarke— sólo para deconstruir un cuento y un guion elaborado por el célebre escritor británico de ciencia ficción, hasta producir un gran monumento visual de su enterísima autoría.

Para una escritora como Verónica Murguía, que ha abrevado de las fuentes de la literatura fantástica, lo mismo que ha escrito muchas páginas dirigidas a los lectores más jóvenes y a los niños, escribir sobre Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), saturada de realismo y de violencia, parecería casi una confrontación. Cuando Murguía vio por primera vez la cinta, una década después de su estreno, quedó aturdida, nos dice. Desde aquel descubrimiento atónito hasta el momento de escribir su aportación a este volumen, lo que la autora ha hecho es explorar en todas las direcciones posibles los vínculos de esta película con los temas más variados de la condición humana.

En su inopinado papel de comentarista de cine, Christopher Domínguez despliega su proverbial erudición para pasear por los siglos y los mundos de Barry Lyndon (1975). Sus recorridos abarcan diversas estaciones: la literaria en primer lugar, al mencionar que el Barry Lyndon del autor británico del siglo xix, William Thackeray, novela en la que se basa el guion del propio Kubrick, es una suerte de modelo napoleónico de vida, como lo es el Julien Sorel de Rojo y Negro, la novela de Stendhal.

Siendo de los autores convocados a este volumen quien más horas de vuelo y más páginas acumula como crítico de cine, no es casual que Mauricio Montiel Figueiras nos entregue un ensayo contundente y sumamente ilustrativo sobre ese laberinto siniestro que es El resplandor (The shining, 1980), el decimoprimer largometraje de Kubrick basado en la novela de Stephen King. Montiel considera que el hotel Overlook, donde se desarrolla la película, tiene vida propia como la tiene el hotel de Barton Fink de los hermanos Cohen; y que su condición malévola se emparenta a su vez con el HAL 9000 de 2001: Odisea del espacio, una inteligencia autónoma que se vuelve contra sus creadores.

No menos horas de vuelo como crítico y amante del cine acumuló Sergio González Rodríguez, especialmente en su trabajo periodístico. Al escribir en un tono personalísimo y entusiasta sobre Kubrick y sobre Cara de Guerra (Full Metal Jacket, 1987), Sergio nos entregó probablemente el último texto que escribiera alrededor del cine. Su alta presencia en este volumen, lo sabemos y lo lamentamos, es ya también una ausencia. Me conmueve pensar que pocos días después de que entregó su texto, el gran ensayista, narrador, periodista y peculiar arqueólogo de los bajos fondos, y de todos los territorios periféricos de la producción cultural de nuestro tiempo, que a su vez conforman un centro, terminó sus días.

Con el ensayo sobre Ojos Bien Cerrados (Eyes Wide Shut, 1999), de Mauricio Molina, cierran estos paseos. Aquí Molina aprieta las páginas y la prosa para poner sobre la mesa todas las cartas que conforman la baraja fílmica de Kubrick, que en esta obra postrera aparecen a la vez como una suma y como una síntesis de sus temas, búsquedas y obsesiones.

edgardobermejo@yahoo.com.mx

@edbermejo

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