Judíos en México: el valor de la vida colectiva | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 10 de Febrero, 2018

Judíos en México: el valor de la vida colectiva

La comunidad judía mexicana, como se le conoce hoy, empezó a escribir su historia a principios del siglo pasado. En la Ciudad de México o en otras partes de la República conservaron su memoria y se adaptaron al nuevo país

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La milenaria historia del pueblo judío se ramificó: encontró nuevos hogares en tierras diferentes y distantes sin olvidar su historia y los principios esenciales de su vida colectiva. En este país construyeron y construyen; conservan su memoria y mantienen su identidad y al mismo tiempo son mexicanos, muy mexicanos.

Aunque se habla de judíos en México desde hace casi 500 años, la comunidad judía, como hoy la conocemos, tiene una historia más reciente; poco más de un siglo. “Existen evidencias de que llegaron aquí desde 1519, con las expediciones españolas, pero la comunidad se funda a principios del siglo XX”, precisa Mauricio Lulka, director general del Comité Central de la Comunidad Judía de México, la entidad que representa a todos los judíos mexicanos. “En el siglo XIX, con Maximiliano, llegaron algunos judíos. Antes de la Constitución de 1857, no podían establecerse aquí. Pero los que llegaron con el Imperio no intentaron integrarse al país; eran parte de la corte, venían a hacer negocios, a conocer otros horizontes, pero no tenían intenciones de establecerse como una comunidad. Será hasta principios del siglo XX, en 1912, cuando, de manera oficial, se forma la primera comunidad judía en México”.

PARA AYUDAR AL MIGRANTE. Aquella primera comunidad tenía un objetivo: ayudar a los migrantes para que pudieran integrarse y no ser una carga para el país, refiere Lulka.  Fueron llegando poco a poco: cuando se crea esa primera comunidad, no había sino unos 250 judíos integrados a ella. 

La primera migración judía “fuerte” ocurrió de 1924 a 1930. Dos fueron los factores que los decidieron a quedarse: Por un lado, en Estados Unidos se promulgaron las llamadas “Leyes Johnson”, que limitaban la migración e impidieron que los judíos europeos, que ya iban huyendo del antisemitismo nazi, llegaran a la Unión Americana. Plutarco Elías Calles, a la sazón Presidente electo, aprovechó el momento y ofreció a México como un sitio donde los judíos podían establecerse. Así, comenzaron a llegar judíos europeos. Se estima que en esos seis años, llegaron a nuestro país 9 mil o 10 mil judíos y se empezó a escribir el capítulo mexicano de la historia del pueblo judío.

Y SE EXTENDIERON POR TODO EL PAÍS. El Censo Nacional de Población y Vivienda indica que, en la actualidad, hay 67 mil judíos mexicanos. Pero el Comité Central ha planteado al INEGI algunos matices importantes: “Según nuestras cifras, en realidad somos unos 50 mil. Ocurre que en el censo hay una pregunta abierta  que propicia confusiones: hay quien se define en esta pregunta como “judío mesiánico”, y se considera judío, cuando se trata de un grupo evangélico; hay quienes dicen pertenecer a la “Iglesia del Dios israelita de Morelos”, y también es clasificado como judío. Estos detalles ya los hemos discutido con el INEGI”, detalla Mauricio Lulka.

¿Dónde están esos 50 mil judíos mexicanos? “95 por ciento de ellos se encuentra en la Ciudad de México”, explica Renée Dayan, directora de Tribuna Israelita, el principal medio informativo de la comunidad. Hay pequeños asentamientos judíos en Guadalajara, en Monterrey, en Tijuana y en Cancún. En el pasado reciente, se configuró  en San Miguel de Allende otro asentamiento: son judíos que migraron de Estados Unidos a México. Existe otra pequeña comunidad en Venta Prieta, Hidalgo, en las inmediaciones de Pachuca, y fue fundada por una familia apellidada Téllez, que afirma descender de judíos sefaradíes.

Es una comunidad, detalla Mauricio Lulka, con una historia peculiar: en su caso, no se ha podido demostrar fehacientemente que descienden de judíos. “El judaísmo reformista los reconocería, pero los movimientos conservadores y ortodoxos, que son los que integran la comunidad en México, no”. Hará poco más de 20 años, una parte de la comunidad de Venta Prieta se convirtió al judaísmo ortodoxo y la otra parte observa la línea de la familia Téllez. 

ORGANIZACIONES Y REPRESENTATIVIDAD: EL COMITÉ CENTRAL. Aquella primera comunidad formada en 1912 creció y debió adaptarse, reconstruirse para funcionar con eficacia y auxiliar a aquellos judíos que buscaron en México un futuro. Así nació el Comité Central, fundado un 9 de noviembre de hace 79 años. “Originalmente, era una organización prorrefugiados para ayudar a los judíos que no podían emigrar y a los que la guerra que se gestaba en Europa ya estaba cercando”, narra Renée Dayan. Se estima que la Segunda Guerra Mundial trajo a México a unos 2 mil  500 judíos. Con el tiempo, el Comité Central amplió sus facultades hasta constituirse en lo que es hoy: el organismo representativo de los judíos mexicanos en la vida nacional.

“Existen varias comunidades judías en el país”, expone Dayán. “Cada una de ellas tiene sus integrantes, a quienes atiende y a quienes proporciona servicios y apoyo. Todas funcionan de manera independiente, pero hacia afuera hay una sola voz, que es la del Comité Central, que mantiene todas las relaciones con las diversas instancias de la vida pública”. Una parte conocida y relevante del Comité Central es Tribuna Israelita, que se fundó en 1944 para contrarrestar el antisemitismo y la discriminación.

La organización interna de los judíos mexicanos es diferente a la que existe en otros países. “En muchos otros lugares”, explica Mauricio Lulka, “los judíos se agrupan de acuerdo a su denominación religiosa: reformistas, conservadores y ortodoxos; en Estados Unidos y Canadá hay un judaísmo que se nombra reconstruccionista. Pertenecen a una congregación, a una sinagoga, que es el estilo de vida estadunidense. En México decidieron hacer comunidades a partir del origen, del sitio de donde vinieron y de esa manera mantener las costumbres del lugar de donde llegaron. Esto generó una cohesión importante de las familias: no se trataba solamente de ir los viernes por la noche a la sinagoga o el sábado a los rezos; pertenecer a una comunidad es pertenecer a una familia con la que se interactúa, de la que se reciben servicios.”

La vida de un judío mexicano dentro de su comunidad marca la pauta de su universo cotidiano. “En México, una familia judía tiene resuelto todo su ciclo de vida, desde que nace hasta que muere”, dice Lulka. La comunidad le provee de todos los servicios que necesite, no tiene que ir a buscarlos a otro lado. En cada etapa de su vida, un judío mexicano acude a su comunidad y en ella va a encontrar la solución. Es un concepto muy claro de cohesión, de integración, de unidad entre las familias judías y hacia el país.”

LA VIDA PÚBLICA. Con el correr de los años, las funciones del Comité Central han cambiado porque México ha cambiado. En épocas en que las leyes migratorias mexicanas limitaban el ingreso de extranjeros al país, el Comité buscaba la relación con las autoridades para conseguir más permisos de ingreso a México para quienes estaban huyendo del nazismo. Ésa fue la tarea del Comité hasta que terminó la Segunda Guerra Mundial.

“Terminado el conflicto—rememora Mauricio Lulka— las comunidades se reunieron con el Comité: ‘Ustedes han establecido un vínculo con las autoridades. Queremos que sean el ente representativo de toda la comunidad judía. Nosotros nos ocupamos de las necesidades y los servicios al interior, y ustedes se encargan del exterior’”.

“Desde luego, ese trabajo ha ido variando. Cuando este país tenía un partido hegemónico, la relación del Comité era con un partido y con las autoridades. En el momento en que se vuelve un sistema plural, también las relaciones del Comité Central tienen que evolucionar, y como dentro de la comunidad somos tremendamente plurales, particularmente en el terreno de las ideologías políticas, tenemos militantes y simpatizantes de todos los partidos.  Entonces nos planteamos un problema: ¿a quiénes sí estoy representando?”.

Para respetar la pluralidad de los judíos mexicanos, el Comité Central resolvió no apoyar ni candidatos ni partidos. Eso sí, todos los partidos pueden llamar a la puerta para exponer sus plataformas y que la gente los escuche y decidan por quién votarán. Ésa ha sido la estrategia del Comité Central desde los años 90 del siglo pasado.

Del mismo modo que el Comité representa a la totalidad de la comunidad judía en México, también es la entidad representante del judaísmo en tanto asociación religiosa. “Nosotros decidimos que tendríamos un solo registro, y el representante ante las autoridades mexicanas no es una figura religiosa ni es un rabino.”

Los rabinos no son sacerdotes. Mauricio Lulka los define como doctores en la ley judía; su trabajo lo realizan dentro de las comunidades y hacia afuera ellos no son los representantes de la religión judía. Puede ocurrir que, cuando se trate de explicar al exterior de la comunidad algún tema de la ley judía, se necesite la participación de un rabino, en su calidad de experto, no de representante religioso.

HACERSE MEXICANOS. ¿Realmente se mexicanizaron los judíos? ¿Cuál fue el factor que permitió que la comunidad judía se adaptara y reformulara su vida? “Sin duda, hubo un fenómeno de sincretismo”, reflexiona Renée Dayán. “Hemos logrado mexicanizar nuestras tradiciones. Esto es muy perceptible en la comida: las comunidades de origen árabe comen lo mismo que consume la comunidad libanesa, como el kepe. Pero le ponemos guacamole. Los judíos que vienen de Europa central tienen un platillo de pescado que han modificado y ahora lo comen a la veracruzana. En las escuelas se enseñan las tradiciones de uno y otro país y eso no puede ser sino enriquecedor.”

Es origen y es presente. Cuando aquellos primeros judíos llegaron a México, no hablaban el idioma, no conocían a nadie. Todo era diferente. Pero algo sintieron; algo que les hizo decidir que aquí podrían quedarse, hacer familia, hacer comunidad. Por eso, una de sus primeras acciones colectivas fue adquirir  el terreno para un cementerio: querían quedarse en México. “Es extraño”, apunta Mauricio Lulka. “Se constituyeron en 1912; en 1914 compraron el terreno. En plena revolución decidieron que vivirían aquí.”

Hallaron en México valores coincidentes con la tradición judía, como el peso de la vida familiar, y así pudieron identificarse con el nuevo país. Así comenzaron a escribir una nueva historia.

Con orígenes geográficos distintos, es natural que la progresiva consolidación de la comunidad judía mexicana implicara aprendizajes de convivencia. Épocas hubo en que la relación entre unos y otros núcleos judíos fue distante. El crecimiento y la consolidación del Comité Central de la Comunidad Judía de México y los matrimonios intercomunitarios han propiciado el surgimiento de una nueva identidad judío mexicana.

“Esa distancia se daba en las primeras dos generaciones de inmigrantes judíos, que conservaban idioma y costumbres”, narra Mauricio Lulka. “Conforme las comunidades crecieron, ocurrió que los ashkenazi querían escuelas donde se hablase yidish, y querían tener sus juntas en yidish y las otras comunidades, que venían de Siria o de la Europa balcánica querían lo mismo. También hay diferencias en las formas de rezar, aunque recemos lo mismo. Pero en las nuevas generaciones, esas diferencias, aunque existen, han perdido importancia, porque el vínculo de solidaridad que se ha forjado a través de los años y de la unidad en torno al Comité Central, se ha fortalecido. Las comunidades tienen sus propios colegios, pero uno va a cualquier escuela y allí hay niños de todos los sectores comunitarios”.

 Los judíos en México están agrupados en seis comunidades: cuatro que observan los principios del judaísmo ortodoxo y otras dos que se apegan al judaísmo conservador. Uno de los grandes aglutinadores de las comunidades es el Centro Deportivo Israelita, que es un importante centro de actividades, que participa, con equipos de las más diversas disciplinas, en las ligas de la Ciudad de México. Además, el CDI es la sede de actividades de teatro y baile, y auspicia un importante festival de danza judía, donde participan niños de preescolar hasta preparatorianos y personas con discapacidad. Una final de este encuentro puede congregar 4 o 5 mil personas.

El CDI participa cada cuatro años en los Juegos Macabeos, que se llevan a cabo en Israel y que es uno de los cinco acontecimientos deportivos más importantes del mundo. También existe la versión panamericana de estos juegos y, en 2019, México será la sede de este encuentro, como ya lo fue en 1979 y 1999.

MUCHAS MANOS QUE AYUDAN. Ayudar al otro, semejante o no, es uno de los rasgos distintivos de las comunidades judías. La mexicana no es la excepción: ningún niño judío se queda sin escuela; ninguna familia judía vive con carencias. Pero esa cohesión de los judíos mexicanos es la expresión más familiar de una actitud de ayuda que va más allá de las propias comunidades y se vuelve una intensa actividad filantrópica.

Más de un centenar de fundaciones de ayuda social han nacido en el seno de la comunidad judía de México. “Sus objetivos abarcan un gran abanico, desde la enseñanza del náhuatl hasta la transmisión de valores; hay muchas vinculadas a la educación y a la salud”, describe Mauricio Lulka. “Predomina en ellas la idea de ayudar enseñando a pescar y no ayudar dando el pescado. Una de estas organizaciones trabaja con mujeres que viven de la pepena en basureros y las capacita en trabajos manuales que les permitan optar por un mejor modo de vivir”.

“Se trata de hacer visibles a estos sectores vulnerables y trabajar para que estos programas puedan replicarse en otros sectores de la sociedad” añade Renée Dayán. En el camino, estas organizaciones van encontrando nuevas rutas. Un ejemplo: Cadena, especializada en tareas de rescate y resiliencia en zonas de desastre, ha descubierto que llevar filtros de agua a zonas afectadas reduce la contaminación por PET, generan hasta 500 litros de agua diarios y cumplen el cometido de ayudar a las poblaciones afectadas. “Todo el acopio se hace con jóvenes”, detalla Dayán. “Es una forma de inyectarles a los niños que uno tiene que ayudar y solidarizarse con los demás. Y a estas instituciones se integran personas que no necesariamente pertenecen a la comunidad”.

LA CONSERVACIÓN DE LA MEMORIA. Recordar, no olvidar, es un ejercicio constante de las comunidades judías en todo el mundo. La mexicana no es la excepción. Para la comunidad ashkenazi ha sido un tema esencial, y las otras comunidades también han trabajado para la conservación de su memoria colectiva. En los colegios judíos, al llegar a segundo año de secundaria, los alumnos desarrollan un proyecto denominado “Raíces”, en el cual tienen que investigar; irse a los recuerdos familiares más remotos, a interrogar a sus abuelos, para recuperar la memoria más íntima y personal.

La recuperación del pasado colectivo de los judíos mexicanos ha pasado por varias etapas. En1993 se estableció el Centro de Documentación e Investigación de la Comunidad Ashkenazí de México (CDICA). El trabajo del CDICA, reconocido por el Archivo General de la Nación (AGN) y el Conacyt, se amplió en el siglo XXI para convertirse en una entidad intracomunitaria, que recuperara la información de todos los sectores comunitarios. El resultado es el Centro de Documentación e Investigación Judío de México (Cdijum), surgido en 2015.

El Cdijum funcionó, hasta septiembre del año pasado, en su sede de la calle de Acapulco, en la colonia Roma, de la Ciudad de México. Pero el terremoto del 19 de septiembre pasado dañó el edificio, aunque los archivos se encuentran en buen estado. Muy pronto, el Centro volverá a funcionar, sin salir de la Roma, en la calle de Córdoba 238, contiguo a una sinagoga, la ­Rodfe Sedek, casi en desuso.

¿Hay acaso sinagogas sin feligreses? Los judíos mexicanos han ido moviendo su lugar de residencia, en la medida en que prosperaron o buscaron otra dinámica doméstica. Quienes habitaron en la Roma se han mudado y las sinagogas que aún existen en la colonia tienen poca asistencia; lo mismo ocurre con la que funciona en el Centro Histórico. La ruta de movimiento judío en la capital es conocida: del centro a la Roma y a la Condesa; de ahí a Polanco. Luego, según rememora Mauricio Lulka, hubo dos proyectos de expansión: uno hacia el sur del entonces Distrito Federal, que no fructificó, y uno hacia el norte, que se expandió al poniente, que sí se consolidó. Pero esta sinagoga, dentro de poco, volverá a tener vida como sede de la memoria judeo mexicana, de una comunidad que en el presente también se ha involucrado seriamente en temas y proyectos para combatir la discriminación. ¿Qué los mueve? Renée Dayán lo define en una sola frase: “Tratar de que México siga siendo lo que es, un país de libertad para todos.”

Del comercio a la industria… y al universo

En México se sintieron a gusto. El pueblo judío sintió la calidez de los mexicanos. Venían de una tradición oscura de persecuciones, de ataques continuos, de pogroms. En México, a estos judíos del siglo XX, nadie les cuestionó que tuvieran   una religión diferente o se vistieran distinto. Así se fueron integrando. Mexicanizaron sus nombres, empezaron a hablar español, se volvieron una pieza más del gran mosaico nacional.

Grandes transformaciones de la comunidad han tenido lugar en las décadas recientes. Si ­Crónica hubiera hecho esta indagación hace 20 años, el perfil de los judíos mexicanos habría sido notoriamente distinto. Hoy, están en todos los campos de desempeño profesional: ciencia, cultura, artes, política, administración pública. Antes, el comercio y producción de textiles fue la actividad primordial de la comunidad.

Hace un siglo, de entre los primeros judíos establecidos en México, eran pocos los que tenían estudios profesionales. La actividad básica en aquellos años fue la de vendedor ambulante: algún paisano llegado con anterioridad les daba crédito, y con ese crédito compraban vestidos, corbatas que vendían por las calles y de casa en casa: establecieron así el sistema de ventas en abonos. Luego, se establecieron en el rumbo de La Lagunilla, en la capital mexicana, donde proliferaron sus puestos, hasta que en los años 30 del siglo XX, hubo un brote antijudío: hubo quienes exigieron que salieran del barrio. En opinión del director general del Comité Central, Mauricio Lulka, se trató del único suceso claramente antisemita que los judíos venidos a México padecieron.

El Presidente Pascual Ortiz Rubio favoreció la salida judía de La Lagunilla. Y sin saberlo, les hizo un favor, porque crecieron, se expandieron y dieron el siguiente paso: los hijos de aquellos inmigrantes ya fueron universitarios mexicanos y siguiendo el negocio familiar, muchos estudiarion ingenierías, para establecer fábricas y producir textiles.

Hoy día, los indicadores de estudios superiores entre los judíos mexicanos es alto: 65% tienen estudios de licenciatura; 22% tienen posgrados y especialidades en las más diversas disciplinas.

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