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Historias de El Romancero: Guillermo Prieto en sus 200 años

Si aquella frase, “los valientes no asesinan”, hizo que Guillermo Prieto entrara a la narrativa de los grandes momentos históricos por la puerta grande, no es menos cierto que en su larga vida hubo otros momentos, menos conocidos, pero también relevantes, que lo convierten en uno de los grandes personajes del México decimonónico. Lo más frecuente es que se le recuerde como el que salva la vida de Benito Juárez, o, en todo caso, como poeta, padre de la “Musa callejera”, que legó una abundante producción donde consigna el habla y los modos del pueblo mexicano de hace siglo y medio.

Prieto, conocido también como Fidel, como El Romancero, o, incluso como El Güero, hizo mucho más que escribir poemas: fue diputado, ministro de Hacienda en permanente crisis, profesor de Historia y de Economía, editor y director de correos. Aquí, algunas de sus muchas historias.

EL INÉDITO DE GUILLERMO PRIETO. Las obras completas de Guillermo Prieto suman 32 volúmenes y aún puede haber más trabajos, esperando que los investigadores del siglo XXI los rescaten, como lo demuestra el hecho de que apenas en 2015 se haya editado por la UNAM un volumen con crónicas publicadas en Puebla en la primera mitad de 1879 y descubiertas por la investigadora Lilia Vieyra.

El inédito que hoy ofrecemos es una oración que el poeta, en su vejez, escribió para que la rezaran sus nietos antes de dormirse. El breve texto no está en las Obras Completas de El Romancero, y proviene del legado de los descendientes de Guillermo Prieto, quienes generosamente lo pusieron en manos de quien esto escribe y ahora lo comparte con los lectores de Crónica.

PARLANCHÍN Y CONVERSADOR. De Guillermo Prieto se ha afirmado que fue uno de los grandes conversadores del siglo XIX en México. Con una enorme capacidad de observación, cualquier paseo por el sitio donde se encontrara se podía traducir en espléndidas crónicas para imprimir y en sabrosas charlas para las tertulias. Poseía el don de emocionar a su auditorio, y si improvisaba, su fuerza emotiva podía desatar tumultos. Se opuso, en 1884, a la renegociación de la “deuda inglesa”, un préstamo contraído en los primeros años de vida independiente del país, y que se había convertido en un auténtico lastre. Ignorando a quienes se burlaban de él llamándolo “poeta” y por tanto poco competente para discutir de finanzas públicas, Prieto hizo valer sus cuatro gestiones como ministro de Hacienda  y argumentó en contra de la renegociación de la deuda. Puso tal pasión en sus intervenciones que, además de alborotar a media ciudad y provocar manifestaciones a favor de su postura,  agotado, se desmayó después de dos días de discursos. De él, su contemporáneo, el escritor y militar Vicente Riva Palacio escribió: “…pero no leáis a Prieto, oídle: ¿Quién trasladará jamás al papel el salvaje rugir de la catarata?”.

LABORIOSO LEGISLADOR. Guillermo Prieto fue diputado una veintena de ocasiones, casi todas por Tacubaya. Pero su labor en el Constituyente de 1856-1857 fue una de las más notorias: fue uno de los legisladores con mayor número de intervenciones. Subió a tribuna 74 veces, y solamente lo aventajaron Ponciano Arriaga, José María Mata, León Guzmán y Espiridión Moreno. Generalmente, improvisaba. Conocemos sus argumentos y sus propuestas por el Diario de Debates o por las crónicas de Francisco Zarco. Pero hubo un artículo, cuya discusión le pareció a Prieto tan importante, que decidió llevar su discurso por escrito. Se trataba del artículo referente a la libertad de cultos, sobre el cual el Congreso no pudo llegar a acuerdos y quedó fuera de la Constitución de 1857.

AMIGO DE SUS AMIGOS. Prieto otorgaba un alto valor a la amistad. Algunos de sus mejores y más queridos amigos entraron en su vida en la adolescencia. Tendría 14 o 15 años cuando conoció a un muchachito que estaba llamado a ser uno de los grandes novelistas del siglo XIX mexicano: Manuel Payno. El padre de este chico, Manuel Payno Bustamante, era funcionario del Ministerio de Hacienda y llegaría a ocupar la Dirección General de Alcabalas y Contribuciones Directas, y era considerado una eminencia en materia fiscal. Él es quien forma a su hijo y al jovencito Prieto en una disciplina aún muy novedosa, en la primera mitad del siglo XIX: la Economía y los especializa en el manejo de los ingresos aduanales. Andando los años, aquel aprendizaje sería esencial en la vida pública de los dos jóvenes. Tanto Guillermo Prieto como Manuel Payno serían ministros de Hacienda en varias ocasiones.

El otro gran, gran amigo de Guillermo Prieto fue Ignacio Ramírez, El Nigromante. Se conocieron cuando ambos tenían 19 años de edad, y Ramírez se apersonó en la tertulia de la famosa Academia de Letrán para afirmar que “Dios no existe”. En esos 42 años en que fueron amigos, Prieto y El Nigromante fundaron periódicos, como Don Simplicio, publicación dedicada a atacar al gobierno del presidente Mariano Paredes; fueron diputados en la misma legislatura, la más famosa, la de 1856-1857 que produjo la Constitución liberal, y formaron parte del renacimiento de las letras mexicanas después de la Guerra de Intervención y la caída del Imperio. Ambos fueron convencidos liberales, aunque Ramírez fue más crítico de la figura y decisiones de Benito Juárez que Prieto. La amistad entre estos dos grandes personajes de la generación de la Reforma liberal solamente se terminó con la muerte de Ramírez, en 1879.

EL MAYOR PRIETO. Uno de los libros no poéticos más importantes que escribió Guillermo Prieto es el titulado Lecciones de Historia Patria, escrito originalmente a partir de las clases que impartió en el Colegio Militar. El libro fue muy popular y se empleó como texto en muchas partes del país a finales del siglo XIX. Pero para que pudiera impartir clases en el Colegio, a Prieto se le asignó grado militar. Hoy, en el archivo histórico de la Secretaría de la Defensa, se conserva el expediente del mayor de caballería Guillermo Prieto.

EL MONUMENTO FÚNEBRE. Prieto murió el 2 de marzo de 1897. Al difundirse la noticia de su fallecimiento, el presidente Porfirio Díaz dispuso que El Romancero fuese sepultado en la entonces llamada Rotonda de los Hombres Ilustres, en el Panteón de Dolores. Un cortejo de 31 coches siguió el tren fúnebre hasta el cementerio. Pero el gobierno de don Porfirio aportó solamente la fosa. El monumento fúnebre, una elegante columna que remata en un busto de Prieto, fue pagado, a plazos, por la viuda de Prieto, Emilia Collard (O Collado) y su hija María.

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