Las lecciones de Francisco

Manuel Gómez Granados

En las últimas semanas, el papa Francisco ha tenido días verdaderamente terribles, que apenas ha logrado compensar con chispazos de genialidad. Estos chispazos, sin embargo, sólo han servido para llegar al día siguiente sin que quede claro qué pasará con su pontificado.

Uno de los días terribles tuvo que ver con la malhadada visita pastoral a Chile y Perú. Lo que se esperaba que fuera un mea culpa que sirviera para que la iglesia chilena diera el necesario golpe de timón que la llevara a otros rumbos, terminó por convertirse en un momento muy difícil, gracias a lo dicho por el Papa mismo en Iquique, acerca de la supuesta inocencia de Juan Barros, actual obispo de Osorno y discípulo de Fernando Karadima, el pederasta chileno que sólo libró la cárcel gracias a que los delitos de los que se le acusaba habían prescrito.

Ese momento empeoró cuando, durante el vuelo de regreso a Roma, pidió que quienes se hubieran sentido ofendidos por lo dicho en Iquique lo disculparan, aunque, en el fondo, insistió en la inocencia de Barros. El papa Francisco ha puesto la mejor cara posible a su error y con un gesto que muchos jefes de Estado serían incapaces de realizar, reabrió el caso del obispo Barros.

El segundo día terrible debe agradecérselo a uno de sus cercanos, el obispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo quien, tratando de ayudar a su paisano y jefe, formuló una extraña declaración en la que manifestó su profunda admiración por el sistema político chino. Es más, dijo que el modelo chino es el que mejor aplica la doctrina social de la Iglesia. La declaración de Sánchez Sorondo fue rápidamente recogida por los medios de comunicación que hicieron del obispo, como se dice en los pueblos, cera y pabilo. Con justa razón, se dirá, dados los excesos documentados por la propia iglesia en materia de violaciones a los derechos humanos por parte del régimen de Beijing, empezando por la libertad religiosa de quienes viven allá.

Lo dicho por Sánchez Sorondo fue una expresión de apoyo a los esfuerzos de la Santa Sede para restablecer relaciones diplomáticas con el régimen chino y relaciones con la iglesia reconocida por el gobierno chino, la llamada Asociación Patriótica, que fuera de la órbita de Roma, cuenta con al menos seis obispos ilegítimos. El papa Francisco, siguiendo líneas trazadas previamente por Benedicto XVI, cedió prácticamente a las exigencias del gobierno chino, lo que ha provocado mucha polémica. Sánchez Sorondo, quien preside la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales creyó que, al elogiar como lo hizo al régimen chino, ayudaba a abrir una puerta que ha estado cerrada por más de 60 años para Roma.

Los dos casos reflejan el agotamiento de un modelo de Iglesia. No basta con que el santo padre o uno de sus cercanos manifiesten algo para que la base de la iglesia lo acepte como verdad. Francisco, con sus constantes llamados a ser una iglesia en salida, una iglesia que haga lío, y que exprese sin filtros sus convicciones, ha contribuido a que ocurra este cambio de actitud, que lo mismo se manifestó al rechazar el carpetazo en el caso Barros como los elogios desmedidos de Sánchez Sorondo.

De manera más específica, reabrir el caso Barros es muy positivo, pues hace que la Iglesia sea más consciente del dolor de quienes habitan las periferias de la propia iglesia: las víctimas de abusos. Ojalá esa sea siempre la manera de ejercer el poder: reconsiderar, no asumir que se tienen ya las respuestas para todo y contribuir así, en serio, a que cicatricen las heridas.

manuelggranados@gmail.com

 

Imprimir

Comentarios