Las pre campañas y la desesperanza

Maria Elena Álvarez de Vicencio

Por fin terminarán las precampañas, pero es deseable que no terminen sólo las de este proceso electoral, sino que se acaben definitivamente y no se vuelvan a repetir, pues no han sido otra cosa que campañas anticipadas.

La democracia, anhelo de la modernidad, fue una aspiración para México; pasada la Revolución no se encontraba la forma de trasmitir el poder que no fuera la violencia de eliminar al competidor. Establecido el partido oficial vivimos la simulación de la democracia. Se pretendió ordenar la vida de la sociedad con una sola ideología, con un solo liderazgo y con una sola organización política.

Existía el binomio Liberalismo-Democracia con relaciones no siempre armónicas. En México, la intención era contener, poner dique al poder estatal y reivindicar las garantías individuales que las instituciones estatales no debían invadir. Se exigían las libertades de pensamiento, de expresión, de religión, para lograr que no se degradara la vida en sociedad. Se deseaba garantizar a las personas una zona de libertades necesarias para una vida digna.

No solo se trataba de sujetar al Estado y generar zonas de autonomía individual, sino de incorporar a los ciudadanos a los asuntos públicos: tener derecho a organizarse, a votar y ser votado y a participar en el gobierno; a no ser solo representado sino también representante. Sin embargo, para lograrlo se requería, además de fortalecer el goce de las libertades, crear un régimen democrático y sobre todo contar con una ciudadanía informada y medianamente organizada.

“Con sangre, sudor y lágrimas” de ciudadanos generosos y con el impulso educativo, varios decenios después, empezó a surgir la democracia; la izquierda se institucionalizó, se crearon nuevos partidos y después de siete décadas se venció al “partido oficial”. Hoy los partidos han perdido credibilidad y en esta elección competirán aliándose unos con otros. Además habrá candidaturas independientes.

El ambiente en que se desarrollarán las campañas no es de entusiasmo. Hay expectación y a la vez desánimo: “todos son iguales”, la anhelada democracia no ha respondido a las expectativas. La corrupción ha permeado en proporciones insospechadas. La pobreza y la desigualdad resultan estrujante ante la riqueza de unos cuantos que ocuparon puestos de gobierno y defraudaron tomando para sí los recursos que eran para el servicio de los ciudadanos más necesitados. Esa realidad no es fácil borrarla y ni siquiera disimularla, le duele al pueblo y no se vislumbra la manera de resarcir los recursos a quienes privaron de las mejoras que con ellos les llegarían: la educación que se dejó de impartir, la salud que no se atendió, las vías de comunicación y los servicios públicos que no llegaron a sus pueblos, y que no se sabe cuándo les llegarán.

La anhelada democracia no resolvió los problemas de la mitad de la población, como se esperaba y ante el nuevo proceso electoral, la ciudadanía defraudada no tiene ya la posibilidad de esperar casi nada. Por eso vemos que cuando algún partido (ilegalmente) proporciona dádivas a cambio de apoyo, se apresuran a darlo. No confían en que con el nuevo gobierno se vayan a resolver sus problemas, cada tres años han oído lo mismo. Pero si surge un líder que les asegura que él sí les cumplirá, y si sus representantes que les son cercanos, les ponderan esas promesas, asegurándoles que ahora sí se harán realidad, logrará que vuelvan a esperar, ya no tienen nada que perder.

La ciudadanía con otra línea de análisis tratará de discernir cuál será el o la candidata que logre llevar al país al nivel de desarrollo deseado y votará esperando que el escogido no lo defraude; también habrá quien ya no quiera votar.

Doctora en Ciencias Políticas

melenavicencio@hotmail.com

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