Calidad de gobierno y calidad democrática - Guillermo Puente Ordorica | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 12 de Febrero, 2018
Calidad de gobierno y calidad democrática | La Crónica de Hoy

Calidad de gobierno y calidad democrática

Guillermo Puente Ordorica

Es casi un lugar común, asumir que en un régimen democrático los ciudadanos no eligen las decisiones que sus dirigentes toman y que, en buena medida, son cautivos de dichas decisiones hasta la celebración de elecciones, ocasión en la que los ciudadanos recompensan o castigan el comportamiento y las decisiones de sus gobernantes. Precisamente por ello, resulta poco comprensible que los políticos no parezcan esforzarse por mantener el apoyo de sus gobernados a través de la calidad de sus decisiones. Tampoco parecería lógico pensar que los ciudadanos pudieran no sancionar, a la hora de votar, a quienes les han defraudado o perjudicado. Sin embargo, contrario a ese simple ejercicio racional, las cosas suceden a la inversa, por sorpresivo que pudiera parecer. Es evidente que para que un juego tan aparentemente sencillo como el de la democracia electoral funcione adecuadamente, se requiere de su realización dentro de una organización de condiciones mínimamente equitativas, en la que exista un flujo de información libre y sustantivo, con individuos que son parte de una estructura política, económica, cultural y social que presuponga una igualdad mínima entre sus componentes, por decirlo así, entre otros presupuestos. No necesariamente las cosas funcionan así, ni en las “democracias realmente existentes”, ni en las “democracias recientemente establecidas”, como las clasifica Philippe C. Schmitter. La complejidad se profundiza en la medida en que una multiplicidad de factores interviene en un sentido u en otro, para alterar o guiar, los cursos de acción, en formas que rayan con frecuencia en la absoluta irracionalidad. En el laberinto de dichas estructuras, en las que interactúan todos los grupos de una sociedad determinada y se entremezclan sus distintos intereses, gravitan e intervienen, además, elementos perniciosos como la corrupción, la inseguridad, el de­sempleo, la inequidad, la falta de oportunidades, y un largo etcétera, si bien es claro que la problemática varía conforme a la situación nacional de que se trate.

En lo general, el dilema parecería resumirse en la contradicción sobre el avance de las prácticas democráticas frente a las tendencias autoritarias fuera y dentro de un país. Numerosos especialistas han dedicado especial atención a examinar la percepción extendida con respecto al declive de la democracia frente al avance del autoritarismo en el mundo. Desde una óptica optimista, se considera que los modelos más ilustrativos del autoritarismo contemporáneo tienen pocos visos de poder expandirse e ir más allá de sus entornos regionales inmediatos (marcadamente para esos especialistas: llámese la meritocracia china, el neozarismo ruso, la monarquía árabe o la teocracia islámica), pero la creciente desconfianza en la democracia no deja de subrayar un declive en la valoración del sistema democrático, fundamentalmente en relación con la pérdida de la confianza, por parte de los individuos, en las instituciones políticas, particularmente en los partidos políticos y en los políticos profesionales. Otros más, a partir de un enfoque más benévolo, apuntan que en la creciente desconfianza ciudadana en democracias tanto consolidadas como en búsqueda de serlas, es importante diferenciar entre la calidad del gobierno y del sistema democrático, ya que se trata de dos problemas similares, pero diferentes, si se toma en cuenta que el descontento y la desconfianza de las personas podría estarse refiriendo más a los problemas de corrupción y de beneficio personal de los partidos políticos y de los políticos en general, que de un real cuestionamiento de la democracia como régimen, habida cuenta de que incluso ante el surgimiento de movimientos populistas de derecha e izquierda no se ha puesto fundamentalmente en entredicho la valía de la democracia —aunque siempre existe el riesgo.

Es claro que el tema da para una discusión mucho más amplia, pero parecería ser una tendencia más o menos uniforme tanto en aquellas “democracias realmente existentes” como en las “democracias recientemente establecidas” que cada vez más ciudadanos sienten que sus votos no cuentan y que son ignorados por sus dirigentes. Para Schmitter, la democracia como sistema de organización y de gobierno definitivamente se sobrepondrá al avance de las corrientes autoritarias, pero es un imperativo que debe cambiar, si bien no está del todo claro qué cambios habrá de experimentar para concitar un renovado apoyo y confianza dentro y fuera de una sociedad determinada. Este destacado autor examina un conjunto de al menos 15 medidas e iniciativas, algunas en curso en ciertos países, destinadas a transformar e intentar mejorar la práctica democrática. Piensa que a la postre los actores que cuestionan actualmente el comportamiento y la legitimidad de la democracia realmente existente no son sus enemigos declarados, sino que al contrario, se encuentran actuando con miras a mejorarla, aunque puedan no tener un plan coherente para tal propósito. (“Crisis and Transition, but Not Decline”, en Democracy in Decline, 2015, Johns Hopkins University Press, Baltimore, pp. 39-57).

Quizá la mayor tragedia por ahora en algunas latitudes, sea la de tener una democracia sin demócratas gobernando.

gpuenteo@hotmail.com

 

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