Partidocracia ecológica

Wilfrido Perea Curiel

La clase política que hoy está enfrascada en la sucesión presidencial es básicamente la misma que ha estado ocupando la arena pública en las últimas décadas. Con reposicionamientos drásticos, múltiples cambios de partido, acuerdos con sus otrora rivales y escándalos a cuestas, se trata prácticamente de los mismos actores, reciclados ya en demasía, al grado de haber corrompido sus cualidades originales. Nadie podría regatearle a nuestros polémicos políticos su profunda convicción ecológica, cualquier exceso es válido, antes que caer en el basurero de la historia. El reciclaje es un proceso cuyo objetivo es convertir desechos en nuevos productos para su ulterior uso, pero también tiene límites; abusar en los ciclos no es más que generar sedimento inútil.

Muchos protagonistas de nuestra trama política son apenas una caricatura de lo que fueron hace veinte años; en realidad, se han convertido en lo que al inicio de sus carreras tanto cuestionaron. Casos sobran, lo mismo en la derecha que en la izquierda. Poco queda de sus ideales de juventud; por aquellas batallas dadas y sus glorias idas, quizá piensen que la sociedad mexicana les debe mucho y que les tiene que seguir reconociendo con un espacio en los diarios y con una clave en la nómina. Probablemente consideren que para ellos fue muy complicado abrirse paso y que su derecho de piso fue pagado a un precio muy alto, por ello el sistema les debe garantizar un espacio de actuación; no importa cual, lo importante es permanecer.

Esta clase política desde hace muchos años ha tomado el control de las estructuras de sus respectivos partidos y es la que ha impedido que las nuevas generaciones de sus militantes avancen. Es también la que ha pactado con las otras fuerzas un gran acuerdo marco: nada puede estar por encima de la partidocracia. El juego político electoral deviene una suerte de pantomima; el anhelo democrático sirve como un mero recurso discursivo ante el verdadero móvil, la piedra de toque del sistema, consistente en garantizar la circularidad del poder político en un circuito cerrado y excluyente.

Su majestad la partidocracia, administrada por sus barones y notables ha desvirtuado el juego político para convertirlo en un mecanismo de su propia reproducción. Es inocente pensar que entre sus preocupaciones esté la construcción de ciudadanía o la ampliación de la vida democrática del país. La partidocracia ha colonizado incluso a los órganos autónomos del Estado, hasta doblegarlos y hacerlos quedar en el ámbito de su manipulación. La lógica de las cuotas partidistas se ha extendido por todas las arterias del sistema, al grado de permear incluso a ONG que en algún momento lograron notoriedad y respeto, mismas que hoy se ven francamente seducidas por los privilegios que brindan las cercanías con el poder. Esta clase política se ha tornado una oligarquía autorreferenciada: trabaja para sí misma, se consume a sí misma, se justifica a sí misma. No ve ni escucha a la sociedad, no por despótica; sencillamente carece de vasos comunicantes con la gran mayoría de mexicanos.

 

En el colmo del exceso del patrimonialismo, esta clase política cree que sus prerrogativas deben alcanzar a sus descendientes. Si en algún momento se habló de los cachorros de la revolución, hoy se da un Mirreynato de la grilla. La oligarquía está en proceso de un desdoblamiento generacional y paulatinamente transfiere los controles por la vía sanguínea. Los juniors heredan, literalmente, diputaciones, senadurías, gubernaturas, incluso las propias dirigencias de los partidos.  Pareciera medieval el esquema, pero es la fase de reciclaje en la que se encuentra esta clase política, la cual se ha cerrado en grado máximo en detrimento de sí misma. Es un lugar común leer en columnas que los viejos generales negocian para sus hijos e hijas espacios en las listas plurinominales. El actuar de destacados personajes de la vida pública se ha vuelto ridículo y vacuo. El destino de quién por más de veinte años se presente constantemente como diferente, es necesariamente la hilaridad. En la mesa sólo se ven fichas lisas gastadas por tanto uso.

pereawilfrido@me.com

 

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