México: una democracia trucada

José Fernández Santillán

Lo que hemos sufrido los ciudadanos durante las semanas que van del jueves 14 de diciembre de 2017 al domingo 11 de febrero fue una andanada de spots que, supuestamente, iban dirigidos a los órganos colegiados de los partidos. Órganos que tomarán la decisión de quién será el candidato a la Presidencia de la República de cada instituto político o coalición, además de participar en la renovación de tres mil 406 cargos de elección popular. Así terminaban, con ese estribillo, los mensajes publicitarios: “Mensaje dirigido a los integrantes de…”. Pero la verdad es que las víctimas de la avalancha de anuncios fuimos la gente de a pie: nos tuvimos que “chutar” 11 millones 184 mil spots. Aparte del fastidio que provoca estar oyendo constantemente la misma cantaleta, es harto cuestionable un modelo de comunicación política como el que se ha puesto en marcha.

En primer lugar, en sentido estricto, no debió haber habido precampañas. No, por lo menos en el caso de los candidatos a la Presidencia de la República, porque en sus respectivos partidos y coaliciones no tuvieron contendientes. La coalición Todos por México, formada por el PRI, PVEM y Nueva Alianza, postuló a José Antonio Meade; la coalición Por México, al Frente, integrada por el PAN, PRD y Movimiento Ciudadano, respaldó a Ricardo Anaya; y la coalición Juntos haremos historia, formada por Morena y el PT, lanzó a Andrés Manuel López Obrador. Luego entonces, si las precampañas tenían el cometido de mostrar a los aspirantes dentro de los partidos, pues resulta que no hubo competidores para hacerles frente a los personajes aquí nombrados.

Aunque, efectivamente, para las elecciones del 1 de julio, hay 629 cargos federales en disputa y dos mil 777 en 30 elecciones locales, la atención se ha concentrado en la “carrera presidencial”. Y los que tomaron la voz en los spots fueron Meade y Anaya, a los que se añadieron los anuncios de “ya sabes quién”. Pero fueron mensajes tan cortos y tan vacuos que, en realidad, no dijeron nada o muy poco. Más bien, si cabe la expresión, jugaron con el marcador: Meade, a quien la mayoría de las encuestas sitúa en el tercer lugar, se presentó como un ciudadano, tratando de alejarse de la imagen negativa que arrastra el PRI. Sin embargo, no se trata de un ciudadano cualquiera: el exsecretario de Hacienda forma parte del grupo de “tecnócratas” que le ganó la partida al grupo de “políticos” en la designación del candidato del tricolor.

La estrategia de Anaya fue lanzarse contra el PRI. Y uno se pregunta ¿por qué no contra López Obrador que es el puntero? Pues por la sencilla razón de que mucha gente, al final, va a optar por el voto útil; es decir, quienes no deseen ver al tabasqueño sentado en la silla presidencial van a sufragar por aquél competidor que pueda evitar que eso suceda. Dicho en otros términos: Anaya espera que el PRI se desfonde para que sus votos pasen a engrosar el caudal de sufragios a favor de la coalición Por México, al Frente.

En el diseño del actual modelo de comunicación se privilegiaron, indebidamente, los spots sobre los debates. Se trata de una decisión que no ayuda a apuntalar a la democracia, cuyo ideal es hacer razonar a los ciudadanos en torno a la mejor opción que se presenta en la escena pública. Y eso sólo se logra mediante la confrontación de argumentos entre los candidatos. Ciertamente, la propaganda cuenta y es necesaria; así se procede en todos los países democráticos del mundo; pero la propaganda política va acompañada de una serie de discusiones entre los distintos aspirantes a puestos de elección popular en los que se distingue claramente la ideología que abandera cada partido o cada coalición. Eso no es lo que está sucediendo en México. Lo que ocurre en nuestro país es que el marketing y las encuestas se han enseñoreado de la escena pública. No por casualidad, una buena parte de los recursos de los partidos y los candidatos van a parar a las empresas de comunicación política.

En las circunstancias actuales el análisis político se ha rebajado a comentar las estrategias de los competidores y los pronósticos de cómo terminará el juego de poder. Las ideas, los proyectos, el contraste de planteamientos doctrinarios brillan por su ausencia. Vivimos lo que Michelangelo Bovero ha llamado “una democracia trucada.” Es decir, se respetan las formas, pero ese régimen político ha sido vaciado de contenido.

Convengamos pues, en que éstas dizque precampañas fueron una simulación. Pero ahora, desde el pasado domingo iniciamos otra etapa que durará hasta el 29 de marzo. Una especie de impasse en la que bien a bien no se sabe qué pueden hacer y qué no pueden hacer los competidores. Unos funcionarios electorales dicen que los candidatos sí pueden dar entrevistas y participan en mesas de discusión, siempre y cuando no hagan un llamado explícito al voto. Otros funcionarios electorales afirman que los aspirantes no pueden hablar de sus proyectos y propuestas. ¿Por fin? Otra simulación.

jfsantillan@itesm.mx

@jfsantillan

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