La democracia desdibujada - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 17 de Febrero, 2018
La democracia desdibujada | La Crónica de Hoy

La democracia desdibujada

Edgardo Bermejo Mora

Se ha dicho que por décadas la transición democrática mexicana dispuso energías y esfuerzos denodados en los aspectos procedimentales del sistema electoral y la competencia entre partidos, dejando los aspectos sustantivos en un lugar secundario. El actual proceso electoral ha llevado al extremo esta  disparidad: reglas claras –más más que menos– versus partidos, candidatos y programas desdibujados e indescifrables.

En el pasado asistimos por lo menos a tres momentos cruciales  en los que visiones, aspiraciones y voluntades  de muy diverso signo se tradujeron en reformas electorales de gran calado.

La primera, de 1977, cuando se introdujo la representación proporcional en la Cámara de Diputados para dotarla de auténtico pluralismo, y se le concedió el registro a la izquierda comunista, hasta antes marginada, cuando no perseguida por el régimen.

La  segunda, de 1989-1990, resultado de las fracturas dentro del PRI  que derivaron a su vez en la creación del FDN, la exitosa candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas y la inédita situación de competencia real y cerrada  por el poder político del país, que puso en claro la inequidad en la competencia, la falta de reglas justas  y de árbitros independientes, lo que derivó en la creación del Instituto Federal Electoral y del Tribunal Electoral.

Y la de 1996, que otorgó mayor equidad al financiamiento público y al tiempo destinado a los partidos en los medios electrónicos, pero especialmente puso reglas y  facilitó  los requisitos para registrar a una organización política con derecho a competir, y sobre todo, a recibir recursos del erario público.

Siguieron –y siguen prácticamente hasta el día de hoy–  muchas otras reformas a las reglas electorales, todas ellas derivadas de las tres anteriores.  Los cambios  y  ajustes se antojan incesantes, pero lo cierto es que después de dos elecciones presidenciales ganadas por un partido opositor al partido de turno en el poder... decenas de estados de la República –incluida  la Ciudad de México – donde se ha vivido la alternancia;  partidos que salen y que regresan al gobierno;  poderes ejecutivos carentes de respaldo mayoritario en las cámaras federales y estales;  y un mapa municipal dividido casi por partes iguales entre los principales partidos, no es posible negar que existe en el país un sistema real de competencia política,  si se quiere con reglas extremadamente  complejas y múltiples candados, pero en esencia y en la práctica aceptado por los competidores.

De manera que se ha puesto  gran empeño en las reglas y la competencia por sí misma,  pero se ha ido desvirtuando y desdibujando  lo sustancial: el sistema de representación de los partidos, como instituciones que simbolizan tendencias históricas de uno u otro signo, y  cuya oferta programática le permite al electorado asentir o disentir con lo ofrecido, con la certeza de saber a quién está votando o rechazando y porqué.  Las campañas que nos conducián a las urnas en el mes de julio han llevado a su límite esta confusión.

La democracia mexicana aparece  como un espejo que refleja con nitidez las muy complejas reglas del juego, pero que deforma hasta volver irreconocible al rostro de sus actores: partidos,  candidatos, alianzas  y coaliciones  cuyo pragmatismo radical se traduce en materia prima de la antipolítica y el descrédito.

La alianza de Morena con Encuentro Social es una invitada de honor al banquete de nuestra democracia desdibujada;  lo mismo que la candidatura al gobierno de Morelos del futbolista Cuauhtémoc Blanco; o la alianza para sumar votos ente el PAN, lo que queda del PRD y el Movimiento Ciudadano –hablan en el Frente de un programa de coalición  pero no han explicado en modo alguno como conciliarán sus grandes diferencias programáticas en temas sensibles de la agenda de la diversidad social–; y en  esta vasta galería de ofertas desdibujadas el PRI, a contracorriente de su propia tradición liberal, postula a un candidato al gobierno de la Ciudad de México que ahora resulta que comulga y se identifica con los grupos más conservadores del país.

Ya no hay manera de reconocer a cabalidad  izquierdas, derechas o tendencias centristas en el panorama actual. Personajes como El Bronco resultan indiscernibles en términos programáticos, ¿A qué, que no sea a sí mismo y a su retórica de la valentía cívica representa el gobernador de Nuevo León?

La confusión se deja sentir por todos lados: la izquierda mexicana que el 94 volteó a Chiapas y arropó la bandera zapatista e indígena,  hoy no puede reunir más de un cuarto de millón de firmas, por más simpatías que despierte su esfuerzo; mientras que un senador de talante socialdemócrata como Armando Ríos Piter prácticamente de la nada logrará su registro independiente, con cientos de miles de firmas obtenidas quién sabe cómo.

Ayer senador de un partido opositor; hoy, vocero de la campaña del partido en el poder. Ayer, Secretario de Estado en el gobierno del PRI, hoy, personaje central del partido opositor con más posibilidades de obtener la presidencia. Ayer, presidente de la República; hoy, acérrimo detractor del partido que lo llevó al poder pero no postuló a su esposa a la presidencia.  La movilidad  es menos ideológica  que pragmática, y el pragmatismo es menos maquiavélico que cínico. La democracia se desdibuja.

@edbermejo

edgardobermejo@yahoo.com.mx

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