La quinta columna y otras figuras que se difuminan

Carlos Alberto Patiño

En junta editorial hablábamos de la presencia de una “quinta columna” morenista en el PRD. Y, ante la cara que pusieron los participantes surgió la duda. ¿Cuántos de ellos conocían la expresión?

Fue minoritaria la respuesta. Lo resolvimos utilizando el término “Caballo de Troya” que fue mejor comprendido, no sé si por conocimiento literario o cibernético, pero daba la idea qué queríamos transmitir.

Y nos preguntamos qué había pasado para que una expresión tan transparente en el Siglo XX haya perdido claridad.

Hicimos un rápido sondeo y resultó que nadie menor de 50 años conocía esa figura.

Es cierto que las formas de decir cambian con el tiempo. Es verdad conocida que las lenguas se transforman y hasta llegan a convertirse en otras como pasó con el latín.

Pero uno no deja de sorprenderse cuando los cambios ocurren en tan corto lapso.

No quiero imaginar lo que habría ocurrido si hubiéramos propuesto una cabeza con metáfora de García Lorca, como “Morena puso huevos en la herida perredista”. Bueno, por razones prácticas y periodísticas, ese titular no hubiera pasado, ni como divertimento.

“Quinta columna” está en el Diccionario de la lengua española: “Grupo organizado que en un país en guerra actúa clandestinamente en favor del enemigo.”

“Columna” es, en sentido militar, “formación de tropa o de unidades militares que marchan ordenadamente una tras otra”.

Lo de “quinta” viene de la Guerra Civil española. En palabras del historiador de la Universidad Complutense, Javier Cervera Gil, en su tesis doctoral Violencia política y acción clandestina: la retaguardia de Madrid en Guerra (1936-1939): “El origen de La denominación de Quinta Columna no está muy claro, pero la más probable es la versión que lo atribuye al General Mola, quien, a inicios de octubre de 1936, considerando que la toma de Madrid era inminente, afirmó que la capital caería por la acción de las cuatro columnas de Varela que se aproximaban (Asensio, Barrón, Delgado Serrano y Castejón) y una quinta que ya se hallaba dentro: la de los partidarios de los sublevados. Fue una desafortunada afirmación que desencadenó una fiebre por detener quintacolumnistas y ello provocó una persecución desenfrenada para limpiar la retaguardia de traidores”.

Aunque hay otra posible autoría, según nuestra fuente. Hugh Thomas “atribuye la creación de la expresión ‘Quinta Columna’ al periodista británico Lord St. Oswald «en un despacho no localizado enviado al ‘Daily Telegraph’» en septiembre.”

Para Cervera Gil, la primera versión es la buena.

Aquí está el documento completo.

Ernest Hemingway escribió en medio de la batalla una obra de teatro llamada precisamente La quinta columna que se estrenó en Nueva York en 1940.

Entre otras muchas acepciones, columna también es: “Soporte vertical de gran altura respecto a su sección transversal”. Las clásicas son de los órdenes dórico, jónico y corintio.

Y columna periodística es ésta que usted tiene a bien leer.

Otra expresión que ha quedado en el olvido es “pluma atómica”. Ya nadie se refiere así a los bolígrafos.

Es lenguaje de la época de la Guerra Fría.

En la novela Las batallas en el desierto, José Emilio Pacheco se refiere a la novedad de estos artilugios de escritura: “Jim me enseñó su colección de plumas atómi-cas (los bolígrafos apestaban, derramaban tinta viscosa; eran la novedad absoluta aquel año en que por última vez usábamos tintero, manguillo, secante.)”.

No me voy a arriesgar a que la brecha generacional actúe.

Manguillo era el portaplumas, el pequeño mango donde se insertaba la plumilla metálica para escribir. Mis manguillos fueron de madera, aunque los había de plástico. Las plumillas eran de acero. Éstas se introducían en el frasco de tinta (el tintero) y se escribía… con letra manuscrita, por supuesto. Luego, para evitar corrimientos y manchones, se pasaba el papel secante que absorbía el exceso de tinta. A eso se refiere Pacheco.

“Disco rayado”, todavía se oye por ahí, pero el referente ya está casi en el olvido.

Se usa la expresión cuando alguien insiste en repetir un tema o una frase ad nauseam. Ocurre en el típico viaje familiar por carretera. “¿Ya vamos a llegar?, ¿ya vamos a llegar?, ¿ya vamos a llegar?”, cada cinco minutos con la variante “¿Falta mucho?” Varios kilómetros después, la madre o el padre espeta: “¡Ya cállate!, pareces disco rayado”. El sujeto reconvenido sabe que le dicen que se calle, pero del objeto con el que se le compara, ni idea. Tampoco dura mucho el efecto del regaño. En la siguiente curva volverá a oírse la cantaleta “¿Ya vamos a llegar?”.

Los discos, acetatos o viniles eran los soportes de la música y sonidos antes de los formatos digitales.

Los sonidos estaban grabados en un surco que iba por toda la superficie del objeto. Una aguja lo recorría y reproducía la música.

Un mal uso, un accidente, producían un rayón en el surco y la aguja se quedaba repitiendo la frase musical hasta que alguien levantaba el brazo del aparato y la hacía avanzar. No había redes sociales, pero de voz en voz se aseguraba que frotando pasta de dientes en la superficie grabada se eliminaban los rayones.

“Está de pelos” era expresión de uso corriente en los años 70 del Siglo XX. Según el Oxford living dictionary en español, significa: “Ser maravillosa [una situación o una cosa]. Tu falda nueva está de pelos, me encanta”.

Otras palabras no sólo han perdido referente, sino que han cambiado de significado. Tal es el caso de “fresa”. Fresas eran, en los años de la onda, aquellos que se mantenían al margen de esa corriente, los bien portados, aquellos que no le llegaban a la mota, a los honguitos, al peyote. Ésa es la idea que da el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE).

Ahora es, lo asienta el mismo diccionario, “referido a persona, en especial a un joven, que viste, habla y se comporta como si perteneciera a la clase alta o adinerada, sea esto cierto o no”.

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Las “lagartonas” tuvieron cola. Me dice Tania Marsilli que ahora se les llama “cougar”. Es esta palabra del argot inglés que se refiere a una mujer que busca la compañía de hombres jóvenes. Así lo asienta el Oxford: “Mujer cuarentona que busca relaciones de pareja con hombres más jóvenes que ella (informal An older woman seeking a sexual relationship with a younger man)”

Es curioso que para un diccionario como el citado no haya duda en incluir la palabra y para los nuestros, la lagartona quede excluida.

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El antes rapaz y ahora mozo tirándole a mocetón Mangel respondió a El Arca de Arena que “un muchacho de corta edad, sinónimo de un ave de presa y anagrama del sinónimo de garra y de la conjugación en la tercera persona del presente de la acción de salir de un puerto o fondeadero” es el “rapaz”. Lo mismo respondieron Francisco Báez, Marielena Hoyo, Luz Rodríguez y Hugo Martínez.

Bien, el tema de esta entrega lleva a El Arca a pedir el nombre de un aparato para reproducir música.

No es el tocadiscos ni la grabadora que se usaron en buena parte del siglo pasado. A diferencia de su antecesor, con el que comparte etimología, ya no usaba cilindros de cera sino discos de pasta.

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