Cultura

Amigas: los años noventa fueron mejores, de Sergio González

(Fragmento)

I La Facultad de Filosofía y Letras me tuvo entre su mobiliario años atrás. Y pervivía como un espacio privilegiado de este campus el “aeropuerto” —el hall a los pies de las escaleras entre la primera planta y la segunda—.

Allí se reunía una fauna plural de fósiles, chicas lindas en minifalda —quizás no mostraban las piernas, pero así lo recuerdo—, grupos de activistas políticos en busca de pretextos para estallar la próxima huelga estudiantil, profesores admirados que instruían a sus alumnos de paso al salón de clases —como Colin White, Sergio Fernández, Juan Miguel de Mora. Y estudiantes tardíos como yo, quien el primer día de clases debí preguntarle en el pasillo de las aulas a un amigo que iba a cursar letras francesas, mientras yo me encaminaba a un rumbo desconocido —letras inglesas—, cuya justicia académica aún me desasosiega, dónde nos veríamos al salir de clases.

—En el aeropuerto —me respondió, al desgaire.

Miraba de soslayo el paso de las chicas en sus entalladísimos vaqueros.

—¿En el qué…? —pregunté, intrigadísimo.

Debí darle un codazo a mi amigo en su incipiente pero ya promisorio abdomen — que jamás imaginaba lo que sería su esplendor futuro— para traerlo de vuelta al mundo luego de incursionar en la contemplación de la belleza.

Al fin, me respondió:

—¿No sabes dónde está el Aeropuerto? —lo pronunció así, en mayúscula la primera letra.

La verdad no tenía la menor idea de qué diablos era eso del Aeropuerto.

—Allí, güey — señaló mi amigo.

—¡Ah!… —respondí.

Han pasado los años y me veo en el pasillo de la facultad, mis pantalones de “pata de elefante”, mi cabellera larga, el bigote escurrido, la flacura breve, el suéter de cuello de tortuga. Buena onda, master. E insisto:

—¿Por qué le llaman al Aeropuerto el Aeropuerto?

Mi amigo replicó, paciente e instructivo:

—Porque allí aterrizan todos…

—Obvio: el avión… El la-bión. Labioso. Labiada. Rollo —a estas alturas hay que aclarar estos términos antes de que entren en la etapa de referencias al pie de página.

Mi estilo de hablar nada tenía que ver con el rutinario consumo de mariguana de los universitarios de ayer, de hoy y de siempre, sino con mi fidelidad a un estilo de verbalizar que heredaba de mis años en la escena del rock mexicano —una forma elegante de aludir al espíritu de los tiempos y a los hoyos en los que desbarrancábamos los poshippies. Eso que José Agustín supo capturar tan bien, pero tan bien, que a la fecha defiende como si fuera latín. En él se llama lealtad, o bien, ganas de ir acorde con la antigua canción de Jethro Tull, a saber:

“Let us close our eyes;/ outside their lives go on much faster./ Oh, we won’t give in,/ we’ll keep living in the past”.

Tantán.

En lo personal soy alérgico a todo tipo de tabaco, me enferma de náuseas y me provoca sinusitis, cuando no se me inflaman los ojos. Y la mariguana, como se lo dije a una novia bien “pacheca” pero muy linda que solía yo tener, me parece una “droga pendeja”. Mi amiga, en su lucidez al estilo de Bob Marley, me preguntó, inquieta y al mismo tiempo dolida:

—Entonces, ¿quieres decir que me consideras una pendeja?

El Aeropuerto saludaba a Sergio una mañana remota.

Hola, Aeropuerto; hola Sergio. Por alguna razón misteriosa, mis neuronas realizaron un desplazamiento metonímico —ese giro retórico de apreciar el todo en la parte— y a partir de aquel momento me acostumbré a reducir la facultad al Aeropuerto.

Sé que esto es una tontería, pero es algo irracional, inconsciente, me rebasa. Quiero pensar que el complejo cultural y académico que evoqué al inicio de estos párrafos —el amasijo de chicas lindas, sujetos en grilla, profesores afanosos y malos estudiantes como yo en busca inasible del ocio, la ilusión y los saberes— sintetizan, si no a toda la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), sí a sus huestes más arquetípicas.

Ahora estoy allí angustiado porque algo se me escapa del curso de Lingüística I, y tengo que presentar al día siguiente un examen semestral. Y no logro dominar no sé qué acertijo de arborescencias cuando me topo en el Aeropuerto con una chica llamada Clara. Este encuentro tiene algo de déjà vu, de ya visto, porque antes hubo otra Clara en mi vida. Y antes otra más: mi querida hermana.

El caso es que esta Clara no es ni la primera ni la segunda, sino una tercera que me suena a perfección, no sólo porque me evoca un verso célebre de Octavio Paz (“…bajo tu clara sombra…”, etcétera), sino porque ella expresa el resultado hegeliano de la tesis, la antítesis y la síntesis de mis tribulaciones solitarias. Interpelo, pues, a esta tercera Clara que huye al verme en el Aeropuerto, la persigo:

—¡¡¡Hola, Clara!!! ¿Clara?

—…

—Hola, Clara… holaclara. ¡Cla-ra!

—Ah… hola, Sergio

—¿Qué onda? Siempre cuándo nos vamos a ir a tomar un café, ¿no? Espero que no estés tan ocupada como otras veces; pobre de ti, ¿verdad? Estudias mucho. ¿Qué me dices?

Debo interrumpir el relato para situar mi tenacidad inútil. Clara medía 1.67 o 1.68 metros de estatura.

Era blanca en tono de leche condensada Nestlé. Cabello negro ensortijado. Una sonrisa deliciosa, ojos grandes —negros también—. Cuerpazo de bailarina. Aquel día llevaba una chaqueta corta de piel obscura, una blusa azul y unos pantalones blancos tan ajustados que nada más columbrarlos era morderse los labios de rabia e impotencia viril (esta palabra suena dura, pero así se siente, dicen, qué le voy a hacer).

Para darme la vuelta, Clara afirmó algo decisivo que he vuelto a evocar otra veces:

—Oquéi, Sergio, si quieres vamos a tomar un café, pero me acompañaría mi marido.

Al oír aquello, todos los circunstantes en el Aeropuerto me voltearon a ver. Las conversaciones se interrumpieron, los volantes de los activistas dejaron de circular y se congelaron las arengas del sempiterno orador en pro de los que no tienen voz. El fantasma mitológico de Alcira, la musa de Roberto Bolaño y protagonista de su novela Amuleto, calló su aullido eterno. Al mismo tiempo las miradas de las muchachas se unieron en un gesto de solidaridad de género. Se hizo un silencio digno de las meditaciones ontológicas de Eduardo Nicol, entonces decano de los filósofos universitarios.

Mi ángel de la guarda me dictó al oído una respuesta que, a lo largo de los años, se ha convertido en un clásico:

—¿Para qué quieres que vaya tu marido? ¿Acaso es bisexual y le quieres conseguir alguien? No cuentes conmigo, por favor.

El tiro a gol fue raso, fuerte y colocado. Clara, esta Clara a la que evoco cada noche cuando prendo el televisor para ensimismarme en la contemplación de actrices como Ana de la Reguera —quien bien podría ser su doble—, vio caer su quijada al nivel del suelo. Sus ojos se descompusieron en un ir y venir de perplejidad. El cerebro se le licuó mientras escuchaba la ovación que me dispensó el culto —y entrometido— público del Aeropuerto.

—¡¡¡Duro, duro, duro…!!! —comenzó a gritar la compacta multitud en mi honor.

Así fue como se inventó este grito que han generalizado las porras universitarias para impulsar al triunfo a sus equipos de futbol. Sólo faltó que entonaran el himno puma “Cómo no te voy a querer”, pero este aún era una estrella en el cielo de las neuronas de su tenebroso compositor.

El Aeropuerto y Clara viven, pues, en mi memoria.

¿Dónde habrá quedado Clara? Debe tener ya hijas veinteañeras. La quiero todavía.

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