A veces sentimos un dolor en nuestro amor propio de ser mexicanos

Edgar Valero Berrospe

Yo siempre he sido de los que le va a México. SIEMPRE. No nada más cuando gana. Cuando pierde. Cuando nos golean. Cuando goleamos. Cuando somos campeones mundiales y cuando nos han pasado por encima en cada deporte. No sé si haya tenido mucha suerte, pero puedo ver de pronto hacia atrás y contar 31 años, casi 32, trabajando en los medios y la cantidad de eventos a los que he podido acudir casi no podría describirla.

Seguro se me escaparían varios de esos eventos aún presumiendo de tener buena memoria. He visto derrotas dolorosas, derrotas circunstanciales, derrotas indiscutibles, derrotas vergonzosas, y estoy hablando de deportistas mexicanos. Y también he vivido a México campeón olímpico de futbol en Londres 2012, a Ana Guevara campeona mundial en París, a Soraya Jiménez campeona olímpica en Sydney, a Memo Pérez y María Espinoza campeones olímpicos en Beijing, la victoria del Tri sobre Francia en Sudáfrica, la lista es larga. Muy larga.

Pero la semana pasada, allá en los Juegos Olímpicos de PyeongChang, cuando el mexicano Germán Madrazo llegó en el sitio 116 y último de la prueba de los 15 kilómetros de esquí alpino, vi algo que no había visto en todos mis años de periodista, esta vez por televisión, pero de cualquier forma necesito incluirlo en mis memorias.

Yo siempre he exaltado el espíritu de competencia. He exaltado a los mexicanos que intentan y logran. Pero con todo respeto, o sin él, celebrar como celebró este deportista mexicano, que ya no vive en México, según expresó en su momento por la inseguridad que reina en el norte del país, con la bandera de nuestro país después de terminar en el último sitio, me parece una falta de respeto a todos los deportistas mexicanos que durante décadas, sí han luchado por poner el nombre de México en alto.

Los Juegos Olímpicos no son una competencia turística a donde se va a ver si se logra terminar. Los Juegos Olímpicos son otra cosa. Por eso, cuando además de todo, escucho que este joven denuncia que no recibió apoyo del Gobierno Mexicano para competir, yo celebro que así haya sido. No me puedo imaginar a alguien que diga que quiere ir a los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020 para participar en, tenis de mesa, porque nuestro país no va a tener representación en esa disciplina. Y además, que esperaría que lo uniformen, le paguen el viaje y veamos como lo eliminan dejándolo en cero sin ganar un solo “game”, porque aprendió a jugar este deporte apenas hace seis meses, cuando se enteró que no mandaríamos a nadie a competir en esa disciplina.

Una cosa es que alguien desee alcanzar una meta personal y otra que salga con la historia de que es algo que “va a inspirar a futuras generaciones de deportistas mexicanos”. Insisto, esto no es para inspirar, esto es para dar verguenza, arrastrando el de por sí ya maltrecho prestigio deportivo mexicano a nivel internacional. Y que encima, alguien le permita tomar la bandera y enarbolarla como si hubiera conseguido algo importante para nuestro país, creo que es una locura, un ejemplo vergonzoso y una falta de respeto a quienes han dedicado su vida para ganar una medalla olímpica. A quienes han entrenado toda su vida. Para quienes han luchado toda su vida. Para quienes no van de turistas a tomarse la foto, sino quienes van a competir y a romperse la madre para ganar un mejor lugar, para mostrar que aún en desventaja se puede competir y que este país está lleno de deportistas y gente que pelea hasta el último aliento. No de oportunistas que salen en la foto y que consideran su logro personal, como algo que inspira a los demás…

Dígame, el ejemplo es que para cumplir con un capricho, no con un sueño, uno debe de empeñar el alma, con tal de ver ¿”qué se siente” ir a los Juegos Olímpicos?... Ese es el ejemplo… Mis metas personales, por ejemplo, correr un maratón, hacerlo en no sé cuantas horas, ¿es para demostrarle al mundo que “los sueños se cumplen”? o es para ¿demostrarme a mí mismo que si pude alcanzar la meta que me propuse?.. Es para esto último, y es un logro que no inspira a nadie, porque no se trata de “los demás” se trata de un “logro personal”.

¿Cómo me vería yo corriendo por Paseo de la Reforma con la bandera de México diciendo que hice el Maratón en cinco horas cuando los que se han esforzado toda su vida lo hacen en poco más de dos?... Ridículo, así sería. Tan ridículo como lo que ha hecho Germán Madrazo ante la complacencia de las autoridades del Comité Olímpico Mexicano.

Si se trataba del principio de universalidad y que por eso le dieron la oportunidad de competir, está bien. Pero de ahí a exaltar su finalización casi media hora después que el ganador del evento, hay mucha diferencia. Que lo haya recibido el competidor togolés con quien ha entrenado y que llegó a la meta dos posiciones antes que él, y cuyo máximo mérito ha sido desfilar medio encuerado avergonzando a su país, no me sorprende. Ni tampoco que haya estado el ganador ahí en la meta. En el maratón sucede así. El ganador regresa y espera al último que llega a la meta. No es extraño. Puede serlo para quien no está relacionado con el mundo del deporte.

Pero, así como en el pasado se habló de aquel Eric Moussambani, el nadador de Guinea Ecuatorial que quedó en último lugar en los 100 metros en Sydney 2000, ahora así se hablará de Madrazo. ¿Qué terminó la prueba? Que bien. Es lo menos que se espera de un deportista que va a unos Juegos Olímpicos. ¿Qué fue último? En todos los eventos hay un ganador y un último lugar. ¿Que lo celebró como si hubiera ganado? Como dijera Nacho Ambriz hace unas dos semanas en el tema del descenso, me parece que es una “mam…” que insulta a los verdaderos deportistas.

Esto insulta la dignidad de quien compite para ganar, no para ir a tomarse la selfie como si fuera de verdad “un deportista olímpico”. En este particular caso, creo, en mi muy personal opinión, misma que nadie está obligado a compartir, y que pueden en cambio criticar, aquí no aplica aquello de lo “importante no es ganar sino competir”, porque Germán Madrazo no fue a competir, fue a turistear, a ver que se sentía y él mismo reconoció que mucho antes de que empezaran los Juegos Olímpicos estaba exhausto y que sabía que iba a ser muy difícil, incluso, terminar la prueba… Qué bonito ejemplo… Muy inspirador… Eso es a veces mi país que tanto amo. Eso es muchas veces el deporte mexicano que adoro. A veces muy poca cosa, algo para sentir vergüenza y pena, un dolor en nuestro amor propio de mexicanos...

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