El Peje, la continuidad y el enigma

Francisco Báez Rodríguez

En la medida que avanza el proceso electoral de 2018 se acumulan certidumbres e incertidumbres sobre los candidatos y el futuro del país.

Por donde hay más certidumbres es en la campaña de José Antonio Meade. A menos de un vuelco imprevisto, con una ruptura clamorosa con la presente administración, representa la certidumbre de la continuidad. En el eventual gobierno de Meade habría tranquilidad relativa para los mercados y estabilidad macroeconómica; habría crecimiento real, pero insuficiente, con salarios bajos y pocas perspectivas de mejora; mantenimiento de las desigualdades de todo tipo (económicas, de poder, de influencia y prepotencia), con algunas medidas paliativas; seguimiento de la estrategia fallida para erradicar la violencia y el control de zonas enteras del país por parte del crimen organizado; combate verbal a la corrupción, pero sin afectar a muchas de las redes hoy instaladas. En resumen, más de lo mismo, pero —si nos va bien— con una menor intolerancia al disenso: explicaciones de profesor del por qué el vaso está medio vacío, en vez de quejas de político profesional porque no se acepta su versión de que está medio lleno.

Otra certidumbre es que, si la campaña de Meade no da ese vuelco imprevisto, el candidato está destinado al tercer lugar. O, si mal le va a Anaya, a un lejanísimo segundo.

También, a estas alturas, debería de haber bastantes certidumbres respecto a Andrés Manuel López Obrador. Una es que hace rato dejó de ser de izquierda, si es que alguna vez lo fue. La otra es que su promesa de honestidad valiente se le va como agua entre las manos al ver muchas de las figuras que se han acercado a él, en su nueva faceta de pragmático. El conglomerado variopinto se agrupa alrededor de una figura, no de un programa, no de algo cercano a una ideología. Y aceptarán de buen talante, dando todo tipo de brincos y maromas, los cambios de ruta y los bandazos, que los habrá.

Porque otra cosa de la que podemos estar ciertos es que, en el eventual gobierno de AMLO, habría cambios y sorpresas, porque lo importante para López Obrador sería mantenerse en el timón y es lo suficientemente hábil como para combinar la protección de los intereses del nuevo grupo que ha formado a su alrededor (no le digan mafia, por favor) con la búsqueda del aplauso de la gayola. Eso, en el viejo idioma priista, que es la lengua madre de Andrés Manuel, se llamaba gobernar.

No sabemos en específico cuáles serían los cambios y sorpresas, de ganar López Obrador, y ese es precisamente el quid, porque cualquiera puede imaginarse cualquier cosa. Tal vez ni siquiera Andrés Manuel lo sepa, pero lo sabrá en su momento. Lo seguro es que no todas las fantasías que proclama van a poder hacerse realidad (de la guardia nacional con mando único personalizado, a la descentralización total de las secretarías, a la clausura del nuevo aeropuerto, a la amnistía a miembros del crimen organizado). Es cierto que cada una de ellas es un desastre en sí misma, pero la conjunción de ellas raya en lo inimaginable. AMLO lo sabe, y administrará las promesas en consecuencia —o las cambiará radicalmente, que para eso será tlatoani, si gana.

En otras palabras, quien vota por Andrés Manuel sabe por quién va a votar, pero no sabe por qué. Está tan harto que prefiere el salto al vacío. Lo que es seguro —aunque haya quienes insistan en ver, con esperanza o con terror, fantasmas de la guerra fría— es que no votará por un gobierno de izquierda.

En cambio, Ricardo Anaya es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma. Sabemos que toca la guitarra, que habla bien, que ha demostrado habilidad de maniobra para hacerse del control del PAN, para encabezar un frente opositor que era el único camino posible para vencer tanto al PRI como a Morena, que hizo esa alianza pragmática y cupular —aunque supo jugar un buen rato a que era ciudadana—, que es ambicioso y que entiende las reglas del juego a tal grado que no le importó poner en grave crisis al partido en el que se formó. El problema es que no sabemos más.

Por un lado, su discurso rupturista con el PRI y su legado hace pensar que haría un cambio más que cosmético, pero no queda claro hacia dónde iría esa transformación. Habla de un cambio de régimen, pero no ha especificado el cómo: no sabemos si para él basta con un cogobierno pluripartidista, si está pensando en una transición a una suerte de cohabitación parlamentaria o si él, Ricardo Anaya, representa por sí mismo, con su estilo decisionista, el cambio tan cacareado.

Tampoco hay claridad suficiente respecto al programa, que es lo que podría hacer una diferencia cualitativa. Ha habido, en el discurso, un necesario corrimiento a la izquierda, respecto a los planteamientos tradicionales de Acción Nacional. Pero no sabemos hasta dónde llega ni en qué aspectos. Por lo pronto, para esa tarea clave, Anaya ha tenido el tino de designar a Salomón Chertorivski, pero habría que suponer que se trata de una tarea colectiva, que tiene que sumar consensos entre los partidos de la coalición y tiene que ser explicada al electorado potencial. Por lo pronto, es una tarea pendiente y Anaya se mantiene como una incógnita, cuya principal y casi única virtud política es no ser el PRI y tampoco ser AMLO.

Termino con una certidumbre pesimista: en todas las listas para legisladores hay y habrá personajes impresentables, que deberían estar siendo investigados o en la cárcel, en vez de andar buscando el fuero. Va a estar verdaderamente difícil votar sin tragar sapos.

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Twitter: @franciscobaezr

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