Cultura

Porqué José Sarukhán Kermez cita a Frank Zappa en Desde el sexto piso

Entrevista. El profesorado no es una chamba, es la función más importante que nos hemos dado como especie para la transmisión del conocimiento. Y quien ahora es maestro, debiera ocupar un lugar privilegiado en la sociedad, porque son los encargados de continuar este proceso de conocimiento y formación de nuevas generaciones, dice el exrector de la UNAM

Porqué José Sarukhán Kermez cita a Frank Zappa —cuyo corpus musical es del gusto del exrector de la UNAM— y  a Jorge Luis Borges en Desde el sexto piso —FCE, 265pp—. Lo hace para hablar de las bibliotecas, los edificios más importantes donde giran a su alrededor otros que conforman una universidad, recintos de formación de alumnos y paraísos para el ser humano.

En entrevista, el coordinador nacional de la Conabio habla de su reciente libro, el cual será presentado el 25 de febrero en la FILPM, una crónica de sus ocho años de rectorado en la máxima casa de estudios, la cual define así: “Toda narrativa personal tiene elementos de subjetividad. Hasta donde es humanamente posible, he procurado ser un relator objetivo de los sucesos que me han parecido los más destacados del acontecer de la UNAM entre el 13 de diciembre de 1988 y el fin de 1996”.

Uno de los temas son las bibliotecas y su importancia como ejes de los centros de educación. En la página 56, del capítulo “Bibliotecas y cómputo”, escribe: “Recuerdo otra frase, ésta por demás irreverente —de un irreverente rockero, Frank Zappa— que decía que si alguien buscaba con quien acostarse debería ir a la universidad, pero si realmente quería instruirse debería ir a una biblioteca. En la página 57 cita a Jorge Luis Borges: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”

—¿Por qué citar a estos dos personajes fundamentales de la cultura?

—De Zappa, porque me pareció un comentario medio rudo, pero muy cierto. Aunque no creo que lo que se hace al ir a la universidad sea básicamente acostarse con alguien. De Borges, porque es parte de mi convicción de lo que significan las bibliotecas. Cuando fui a hacer mi examen doctoral a Oxford y al platicar con uno de los sinodales le decía que era un honor estar en este lugar, en estos edificios, pero me dijo: “No le haga caso tanto a eso, en realidad una universidad es una serie de edificios alrededor de una muy buena biblioteca”. ¡Recórcholis! Cuánta razón. 

—Escribe en su libro que el 90 por ciento de los alumnos que ingresan al bachillerato nunca entraron a una biblioteca, ¿por qué no se tiene un programa para enseñarles que son lugares de conocimiento y placenteros?

—Aún tenemos una cultura para planificar instalaciones académicas en la que lo último que se discute es dónde queda la biblioteca. Al final, queda en el rincón más incomodo, menos adecuado, menos grande… ¡No puede ser!, seguimos perpetuando el modelo de la cátedra donde el maestro es el que sabe y dice y el libro que él usa es el que hay usar y todo el demás conocimiento humano pareciera que no existiera. Y ese conocimiento está básicamente en las bibliotecas. Ahora con el acceso electrónico a la literatura, da lo mismo ir a buscar un libro a un estante o una computadora. Pero lo cierto es que no se puede tener una formación rica intelectualmente y amplia, si no se tiene un buen asomo a lo que otras gentes, en otros momentos y en otros países, han dicho sobre el tema en el que uno trabaja. Eso no se puede hacer sin el acceso a esos acervos del conocimiento que son las bibliotecas.

—Además, no se tiene la disciplina y gusto de ir a las bibliotecas por esta cosa muy dañina de los sistemas de educación y las cátedras formales del maestro, que lo que dijo es lo que es y no se estimula la mente inquisitiva, cuestionadora, de los estudiantes. Lo anterior sólo puede ocurrir cuando el maestro da una literatura amplia y en la siguiente sesión los alumnos le refutan: oiga esto que leí no concuerda con lo que dice. Eso ha fallado horriblemente en nuestro sistema educativo.

—Usted habla de la excelencia, ¿cómo la define?

—La excelencia no es un producto, es una tirada a hacer las cosas cada vez mejor. No podemos quedarnos cerrados a una opinión o a un libro cuando hoy el panorama del conocimiento es enorme, aun con toda la basura que hay. Me acuerdo cuando estaba estudiando, había gran dificultad para conseguir algunos libros. A finales de los años cincuenta y sesenta, las librerías tenían más obras de literatura, pero de ciencia muy pocos. Traer los que se requerían para estudiar, que no estaban en la biblioteca o que sólo había una o dos copias, ¡guau!, era cosa de meses para que el bendito libro pudiera llegar. Por eso, cuando digo que hoy puedo tener el libro que quiero en tres minutos, aquí en mi tableta o computadora, ¡guau!, la recompensa a esa celeridad de poder tener la información, debiera ser la capacidad de conocer más cosas, de sopesar otros conocimientos, de sintetizar lo leído para hacerse una idea propia del objeto de estudio.

—Algunos de estos libros no son cosas originales, pero son importantes porque es la síntesis que alguien hace del conocimiento de cuatro, cinco u ocho personas que hablaron sobre el tema y tienen puntos de vista diferentes, a veces contradictorios.

—Entonces, ¿por qué no le tiramos a la excelencia?

—Porque hay una especie de prurito tonto de que la excelencia es una cosa elitista, que basta con conocer las cosas medianamente. Ésa es otra gran tara del concepto de educación en este país, que tratar de llegar a ser excelente es como una pedantes. Porque la excelencia no es lo anterior, sino el deseo, la capacidad y el logro de superar lo que había antes. De la excelencia siempre oigo críticas, a mí me las han hecho, y digo, qué pena, lo siento mucho, pero excelente es el que gana las medallas olímpicas, es el que llena los teatros, las salas de conciertos y si queremos  tener eso, hay que tirarle a mejorar. ¿Hasta dónde se llega?, dependa de cada quien.

—¿Cuáles son los caminos que ve para mejorar la educación en México?

—Lo primero es que todo el mundo debiera tener acceso a la educación en un mismo nivel de calidad, que fuera el mejor posible, impartido por profesores que están ahí por su vocación. El profesorado no es una chamba, es la función más importante que nos hemos dado como especie para la transmisión del conocimiento. Nuestra especie es diferente a las demás, porque tiene la generación y transmisión de conocimiento desde hace cientos de miles de años. Y quien ahora es maestro, debiera ocupar un lugar privilegiado en la sociedad, porque son los encargados de continuar este proceso de conocimiento y formación de nuevas generaciones. A lo mejor lo que digo es un poco utópico, pero creo que la docencia eminentemente es una cuestión de vocación, que si lo lleva uno adentro lo va hacer maravillosamente. Tengo una esposa que dio 50 años clases de biología y aún llegan personas que le agradecen la cátedra que les dio. Ese tipo de maestros son los que queremos, sé que no todos pueden ser así, pero debemos entender que los profesores deberían ser el sector más reconocido y privilegiado de la sociedad. En muy pocos países pasa esto, porque no le damos al proceso educativo el papel absolutamente central que tiene en el desarrollo de una sociedad.

En este punto el integrante de El Colegio Nacional explica que no se trata de que cada individuo sea un Premio Nobel, se trata de que cada individuo tenga una percepción amplia y rica de sus entornos social, histórico y natural, y esto solamente se logra con profesores que impartan fundamentos centrales de la educación. “A lo mejor habría que reducir materias y poner aquellas que permitan que los estudiantes tengan un aprecio por la belleza, una tolerancia hacia sus compañeros y compañeras, y además un sentimiento de inquisición, en el buen sentido de la palabra: de búsqueda,  de no satisfacerse con una opinión, sino conocer varias.

—Los Domingos de Ciencia, con ya 35 años exitosos, ¿por qué este tipo de eventos no son rutinarios en el país?

—Otra vez viene la cuestión cultural. No hay esa costumbre. Domingos en la Ciencia empezó con la iniciativa de Jorge Flores y me invitó, en ese momento era presidente de la Academia Mexicana de Ciencias, y me dijo: ¿por qué no hacemos esto con apoyo de la Academia? Siempre tengo afinidad por la difusión de la ciencia, del conocimiento. Cuando regresé de mi doctorado organicé las conferencias de la Sociedad Botánica para el público en La Casa del Lago. Los domingos teníamos una reunión: invitábamos a poetas, a farmacólogos, artistas… para hablar de plantas y teníamos llenos. Esto lo comentamos con Jorge y las primeras tres sesiones de Domingos de Ciencia, casi no hubo público. Las hicimos en el Museo de Tecnología y la gente iba a manipular dos o tres aparatos y luego se iban. Pero a la cuarta sesión se llenó el auditorio y ya no tuvimos que ir a reclutar público. ¿Por qué?: hay una gran sed de estas cosas. Lo veo con las conferencias de El Colegio Nacional, la gente está ansiosa de oír temas de todo tipo: ecología, arqueología, historia, literatura, música…, siempre ha existido, lo que pasa es que si uno no le rasca, no brota. Y no son sólo los adultos, son también los jóvenes. Me emociona ver el interés y escuchar las preguntas de muy buen nivel que hacen los chicos. Lo que tenemos que hacer es multiplicar esto por mucho, aunque debemos reconocer que el país no lo ha hecho mal en difusión del conocimiento, como una prueba es que tenemos la serie de libros más grande: La ciencia desde México, y ahora se llama La ciencia para todos, del FCE, con ya más de 250 títulos.

Desde el sexto piso es una narrativa de sus ocho años de rectorado, ¿cómo define esta crónica de logros y desencuentros?

—El libro es una narración subjetiva de lo que me pareció importante en el proyecto que fue fortalecer la academia, y para fortalecerla habría que fortalecer a los académicos que a su vez tengan efecto en los alumnos. Estos son los temas que toco básicamente. Traté de no ponerle adjetivos, sino una relatoría histórica. Para mí representa cosas importantes: primero, el hecho de ser electo rector, que me dio la oportunidad más importante, desde mi punto de vista, que un mexicano puede tener en el país: dirigir la UNAM; alguien podría decir: Presidente, no, eso es otra cosa, porque si lo vemos desde la formación de la gente para el futuro de la nación, ésa para mí es la parte más importante. Además la oportunidad de conocer una institución única, en el sentido de la influencia que ha tenido a lo largo de la historia, espero que sigan siendo única en cuanto a su mejoramiento permanente para bien del país.

—Y fue un periodo en el que hice las mejores amistades que he tenido, no llevé amigos a la Rectoría, ni tampoco vengo de un grupo X o Y, pero haber podido colaborar con gente que tenía como primer motivo el bienestar de la Universidad  y no otro, ¡ufff!, fue realmente un enorme privilegio.

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