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Cine fantástico en México: Su llegada y su casi desaparición en la Época de Oro

Especial. Primero de tres textos que Crónica publicará cada viernes a propósito de la historia del cine de género en el país. La llorona, dirigida por el cubano Ramón Peón, da inicio al cine de terror en México

La historia oficial ubica a La llorona, dirigida por el cubano Ramón Peón, como el inicio del cine de terror en México. Sin embargo, antes de este filme hay dos antecedentes que podrían haber inaugurado el cine de género: Por un lado está el cortometraje Don Juan Tenorio, dirigido en 1898 por Salvador Toscano, en el que hay algunos elementos fantásticos, y por el otro está la influencia europea, cuando durante el rodaje de Drácula (1931) de Tod Browning, como era habitual en la época, de noche se rodaba la versión en español dirigida al público hispano.

El equipo a cargo de la versión hispana estaba dirigido por George Melford y, aunque menos conocida, resulta superior en muchos aspectos a la versión anglosajona protagonizada por Bela Lugosi. El filme fue rodado en Los Ángeles y contó con un reparto de estrellas latinas difícil de olvidar:

“Lupita Tovar en el papel de Mina Harker, quien era el segundo personaje en importancia; mientras que el personaje de Van Helsing lo interpreta Eduardo Arozamena, un actor de prestigio en la Época de Oro del cine mexicano y el conde Drácula lo hizo el actor español Carlos Villarías, quien se incorporó al cine mexicano años más tarde”, explicó en entrevista José Luis Ortega, investigador y coautor del libro Mostrología del cine mexicano, que hace un recuento de las criaturas que han aparecido en el cine nacional.

“Si bien, Drácula es una producción 100 por ciento estadunidense, tiene todos los méritos para ser considerada el principal antecedente del cine de terror mexicano. No es mexicana, pero es la raíz del género en México”, explicó.

En el mundo, el cine de terror ya había conocido sus primeras grandes joyas: Nosferatu, el vampiro (1922), de Friedrich Wilhelm Murnau; El fantasma de la ópera, de Lon Chaney, Rupert Julian, Edward Sedgwick y Ernst Laemmle; El gabinete del doctor Caligari (1920), de Robert Wiene o incluso M, El Vampiro de Dusseldorf (1931), de Fritz Lang. El cine de terror en el mundo era visto con una marcada relación entre el filme y la literatura, mientras que en México La llorona era un caso excepcional:

“El cine de terror universal tiene una base muy sentada en clásicos literarios, en leyendas autóctonas de regiones europeas, sobre todo, y después asiáticas. Y el género de terror mexicano carecía de la semilla literaria; si bien es cierto que existe la literatura fantástica mexicana desde los años 40, ha sido una literatura muy poco difundida”, expresa el especialista.

Habían pasado dos años desde que en 1930 llegó el cine sonoro a México, de la mano del Gobierno nacional cuando mandaron traer un equipo cinematográfico moderno para la toma de posesión de Pascual Ortiz Rubio. Un año más tarde se filmó Santa, del español Antonio Moreno, y en la que participó también Lupita Tovar.

Para 1933 llegó La llorona que, a diferencia del cine de terror que se veía en el mundo, no era un personaje de una novela como lo fue Drácula o Frankenstein, “de lo único que pudo beber en un principio este cine fue del vox populi y de las leyendas de boca en boca de las tradiciones mexicanas”.

La película, que “inaugura al fantasma más legítimamente mexicano del género”, según escribieron otros críticos como Emilio García Riera y Fernando Macotela, cuenta dos historias enmarcadas por una fiesta de cumpleaños que es interrumpida por un asesinato y un secuestro. Una mujer maldice a una familia por haber perdido a su hijito y eventualmente se suicida, convirtiéndose en la fantasmal figura que llora.

 

La particularidad con este filme es que, más allá de los detalles sobrenaturales como el desprendimiento del alma de La llorona, tiene un tono de remordimiento por situaciones morales, nostalgia y emotividad, muy en congruencia con el género de drama: “Al no existir, un compendio literario, el cine se tuvo que nutrir de lo que venía de afuera. Conceptos como el científico loco, el vampiro, el hombre lobo… son más del cine anglosajón, y se tuvieron que adaptar al concepto mexicano”, expresó el especialista José Luis Ortega.

“Yo diría que las únicas aportaciones autóctonas del cine de terror son, por un lado La llorona, y por el otro lado La momia azteca, que no es la momia que acostumbramos con el cine de Universal, con vendas en el cuerpo, sino que es más una momia al estilo de las de Guanajuato y las leyendas de momias aztecas”, añadió.

El género de terror, después de ese filme en 1933, dio algunos de sus títulos más representativos de la mano de otros exponentes que se acercaron con mucho virtuosismo. Eran tiempos en los que había una diversidad de propuestas en las que cabían desde dramas como La mujer del puerto (1933), el nuevo cine de terror o las nuevas propuestas de cine ranchero que llegaron con el éxito de los filmes de Fernando de Fuentes.

“En la primera mitad de los años 30 hay todo tipo de películas en el cine mexicano, desde el terror al drama, a la comedia o las películas campiranas, incluso algunos de cine cosmopolita, y dentro de todo este crisol cinematográfico existen películas como: El fantasma del convento, como Dos monjes o El misterio del rostro pálido, que se convirtieron en clásicas del cine de terror mexicano”, expresó el investigador.

“Hay películas como El baúl macabro que es menos conocida pero también interesante. Sin embargo, con el éxito de la trilogía revolucionaria de Fernando de Fuentes, que fueron: Prisionero 13 (1933), Vámonos con Pancho Villa (1936) y Compadre Mendoza (1933), y sobre todo con el éxito internacional de la comedia ranchera Allá en el rancho grande (1936), casi todo el cine mexicano se va hacia el cine revolucionario y de comedia ranchera. Se olvidan así del cine de terror”, añadió.

El mismo Fernando de Fuentes hace su aporte al género con El fantasma del convento (1934), rodada en el convento de Tepoztlán “pese a una atmósfera inquietante que pocas veces se volvería a conseguir en el cine nacional de horror”, según Jaime García Estrada en el libro colectivo Dirección artística (CUEC). El filme aborda la historia de dos hombres y una mujer que tienen un accidente y se encuentran perdidos en la noche, hasta que un misterioso sujeto les señala que pueden refugiarse en un convento de las cercanías, que pertenece a monjes enclaustrados de la Orden del Silencio, en donde viven una velada de terror.

Juan Bustillo Oro se vuelve un director recurrente en el cine de terror mexicano y comienza su historia con un filme frío y lúgubre, con muchos elementos del expresionismo alemán, llamado Dos monjes, de 1934, en el cual nos ubica en un monasterio del siglo XIX en el que dos monjes inician una pelea y cada uno da su versión del conflicto, sus versiones son distintas, sólo tienen en común la mención de una mujer de la que ambos están enamorados.

El mismo realizador haría El misterio del rostro pálido (1935), la historia de un científico que busca la cura para una enfermedad extraña y durante ese proceso mata a muchas personas al experimentar en ellas. Después de ocho años de su retiro, el científico vuelve con una rara mujer que se caracteriza por tener un color extremadamente pálido en el rostro. El filme, protagonizado por Carlos Villarías, Beatriz Ramos y Natalia Ortiz, sirve a los intereses del director, más en el plano estético que en el narrativo, el cual perfeccionaría todavía más en Nostradamus, pero hasta 1937.

Dentro de los primeros exponentes del cine de género se encuentran: Chano Urueta, cuyas tablas en la dirección le permitieron aportarle a su cinta Profanación (1933) y El signo de la muerte (1939). En 1936, llega a la pantalla grande El baúl macabro (1936) dirigida por Miguel Zacarías, que cuenta las actividades de un médico loco llamado Maximiliano Renán, quien rapta mujeres del hospital y las descuartiza para intentar salvar a su mujer de una extraña enfermedad.

“El género literario mexicano por antonomasia, al igual que el cine, fue el revolucionario. Así como fue la comedia revolucionaria en el cine o las películas sobre la revolución que dieron paso a la comedia ranchera. Este tipo de literatura, de alguna manera se amalgamaba con el cine, pero el cine fantástico no tenía ese espejo en la literatura”, explicó José Luis Ortega.

“Durante la siguiente década, en los años 40, que es el boom de la Época de Oro, el cine de terror casi desaparece. Son contadas las películas que tienen un acercamiento al cine fantástico como las cinco películas que protagonizó el mago británico David Bamberg y su Fu Manchu, con filmes como La mujer sin cabeza, y que tienen un poco de cine de género”, enfatizó.

Mientras el cine mexicano gozaba de su mayor esplendor con las películas de Ismael Rodríguez y compañía; el cine de terror se sostuvo en un hilo, que no era sino el extraño interés de algunos cineastas por hacer algo diferente. El caso más representativo de la década de los 40 es el de La herencia de la llorona (1947) de Mauricio Magdaleno, que nos cuenta el retorno de un joven del extranjero, luego de años de ausencia, a la hacienda de su familia con la intención de apoderarse de la propiedad, aunque la Llorona comienza a reaparecer en la hacienda embrujada.

La venganza del charro negro (1942) es una película que es secuela de El charro negro (1940), de Raúl de Anda; pero básicamente son cosas perdidas, como el caso de El monje loco (1940), una serie de historias cortas que se hicieron un largometraje, creo que son cuatro historias que se compilaron para una película que se encuentra perdida. Todos esos esfuerzos fueron mínimos y decayeron por el auge de otras películas y géneros”, comentó Ortega.

El cine de terror estaba en medio de una maldición que no paró hasta que la comedia ranchera dejó de ser rentable y se decidió probar con nuevos géneros; hasta que el cine mexicano entró en crisis, pero, sobre todo, hasta que un grupo de entusiastas mexicanos decidió hacer cine de género.

Fernando Méndez nació y creció en una familia que probó suerte desde primera hora en la distribución y exhibición fílmica, no en la Ciudad de México ni en otro centro urbano considerable, sino en la pintoresca Zamora michoacana. Fue entusiasta del cine de monstruos de la Universal y gracias a eso llegó a rodar el filme más emblemático de vampiros en México.

También reaparece Chano Urueta, con Ladrón de cadáveres (1956), película de terror con luchadores; y Abel Salazar, “considerado como el Val Lewton mexicano, quien fue un productor de cine fantástico muy importante en Estados Unidos, incluso antes de Roger Corman”, aparece para iniciar una nueva época.

“Es hasta mediados de los años 50 cuando el género de terror vuelve a surgir y con una fuerza impresionante. Con películas importantes como El ladrón de cadáveres o El vampiro, ambas de Fernando Méndez; como el surgimiento de ABSA ­films, la productora de Abel Salazar, que tiene una serie de películas entre 1958 y 1973, que son elementales, como La maldición de la llorona, El mundo de los vampiros, El hombre y el monstruo o La cabeza viviente… ahí está la época de oro del cine de terror”, concluyó el investigador.


➣ Los autores del libro Mostrología del cine mexicano, impartirán del 3 de marzo al 28 de abril un diplomado en la Facultad del Cine.

 

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