Memorias con cafeína

José Carlos Castañeda

El café no como bebida, sino como un lugar de convivencia, donde se intercambian conversaciones y disputas; como centro del espacio público moderno. Con la hospitalidad para recibir a amigos y adversarios, para dirimir en su seno las más despiadadas diferencias artísticas o políticas. Un campo donde se reúnen las ideas en sus versiones más radicales, gracias al gusto por un brebaje oriental que dio refugio a la vida privada para poder discutir la vida pública. El café como refugio de la disidencia y del descontento, como foco de la conspiración revolucionaria y de la polémica democrática; como un territorio sembrado con ideas.

Jürgen Habermas imaginó a estos rincones de la inteligencia como parte de los escenarios principales del debate público Este pequeño establecimiento con cafeína, tabaco y conversaciones se define en términos teóricos como la esfera pública y significa “un ámbito de nuestra vida social, en el que se puede construir algo así como opinión pública. La entrada está fundamentalmente abierta a todos los ciudadanos. En cada conversación en la que los individuos privados se reúnen como público se constituye una porción de espacio público”. Pero esta concepción filosófica tiene un rostro, un cuerpo y una personalidad. Para trasladar la idea abstracta de esfera pública al mundano territorio de la vida, propongo una lectura básica que no suele incluirse en los cursos de comunicación.

La costumbre de ir al café a leer el periódico fue más que una rutina digna de los estudios sociológicos. A principios del siglo XX, en Viena, la estancia en los cafés era una forma de resistencia ante la adversidad del futuro. El relato de esos días amargos y su contraste con el optimismo de una generación que confió en el progreso está narrado con una gran belleza en la autobiografía de Stefan Zweig, titulada El mundo de ayer. Una obra que más que retratar una época con sus ilustres y siniestros epígonos, busca penetrar en una atmósfera espiritual. No bastan los hechos en esta historia trágica de tiempos de guerra, la memoria de un escritor captura el sentimiento de orfandad y exilio, que vivió una generación durante el ascenso del nazismo. Apenas las palabras de Grillparzer describen esa sensación encarnada: “Soy alguien que camina vivo detrás de su propio cadáver”. Este ánimo pesimista fue el legado de una época que enfrentó la disolución de los ídolos de la modernidad.

En sus memorias, Stefan Zweig narra la vida de los protagonistas de la esfera pública de la Europa Central en medio de dos Guerras Mundiales. El relato de esa biografía cultural rememora los días cuando el arte domina la plaza pública y las conversaciones callejeras, pero también remite al momento en que ese espacio común se destruyó. El fracaso de esa institución cultural abrió las puertas a la invasión nazi. Al leer El mundo de ayer vivimos dentro de esa región que la teoría llama esfera pública. Observamos de cerca su potencia creativa en la cultura y su vulnerabilidad ante las pasiones demasiado humanas.

Su lectura es una enorme enseñanza sobre el valor de ese campo de confrontación básico para la sobrevivencia de la democracia. Mientras la idea del progreso ilustrada se sustenta en confianza en la educación como eje principal crear una sociedad armónica; la lección del nazismo es cruel: la educación no extirpa el odio. Cuando se derrota o desaparece la polémica, cuando es aplastada por la fuerza del poder, es el fin de la opinión pública, del pluralismo y de la democracia. Como advierte, Zwieg: “Tuvimos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en la cultura y en nuestra civilización tan solo una capa muy fina de que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras del infierno”.


@ccastanedaf4

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