Napo, uno entre mil

Aurelio Ramos Méndez

Levantó polvo la inscripción en la lista de Morena para el Senado, por la vía plurinominal, de ese pájaro de cuentas que es Napoleón Gómez Urrutia. No podía ser de otro modo.

Eso de heredar un sindicato charro, formarse en la UNAM y las universidades de Oxford y de Ciencias Económicas de Alemania no para servir al país sino para cohonestar cochupos del PRI por dos generaciones, y robarles luego a mineros 55 millones de dólares, resulta sencillamente inadmisible.

Añádase el hecho de que se consigue refugio —o se acude, como en la ranchera, “a servirle al patrón que me mandó llamar”— en el país sede de las poderosas empresas con las cuales se forcejea —es un decir— por el bienestar de los trabajadores.

Y si, encima de todo, inalcanzable para el indolente brazo de la ley por virtud de complicidades al más alto nivel del poder público en nuestro país, se finca residencia en una de las ciudades con mayor calidad de vida en el mundo, la cosa equivale a una patada en la parte más vulnerable.

Asignarle a Napito un escaño y dotarlo del grueso caparazón del fuero constituye, a la luz de esas circunstancias, un insulto a los mexicanos.

El agravio es mayor, si se considera que del ladrón uno espera que robe; pero no así de quien se ufana de una moral indúctil. Y a esta inversión de papeles equivale la nominación de Napo por un partido cuyo líder, Andrés Manuel López Obrador, se precia de honestidad a prueba de todo.

Dicho esto, también es indispensable señalarlo con toda claridad: En materia de corrupción, ¡caramba!, Gómez Urrutia está en parvulitos frente a los protagonistas de algunos escándalos ventilados por estos días en que los políticos se atacan aun con las peores infamias.

¿Opera en la Sedesol y la Sedatu una banda de delincuencia organizada que, con conocimiento o sin él de Rosario Robles —o peor, capitaneada por ella— ha desviado a una red de empresas fantasma casi cuatro mil millones de pesos birlados a los mexicanos más pobres?

¿Chapalea en un pozo de corrupción Ricardo Anaya, acusado —en curioso rapto de arrepentimiento, en pleno proceso electoral, por sus propios presuntos cómplices— de millonarias trapacerías que él descalifica con el socorrido recurso de considerarlas fake news?

Con amparo en la bolsa y en busca de fuero, ¿capitanea Manlio Fabio Beltrones, escoltado por Alejandro Gutiérrez, César Duarte y José Antonio González, una asociación delictuosa que despojó a Chihuahua y otros estados de centenares de millones de pesos para dárselos al PRI y de paso engordar las carteras de estos mismos políticos?

¿Es el aforado e impune Carlos Romero Deschamps la antítesis de Napo en términos en probidad y transparencia sindical, o son ambos hormigas de la misma cueva, el primero todavía paradigma de honradez e intocable gracias a su docilidad y servicios prestados en los últimos años al PRI y el PAN?

¿Avergüenza siquiera a los líderes priistas su padrinazgo durante lustros a Javier Duarte? ¿Cuántas veces lo robado por Napito cabe en lo hurtado por el ex gobernador de Veracruz?

Más todavía. ¿Causa siquiera sonrojo a los dirigentes panistas —calderonistas, anayistas y de otras capillas— el respaldo que brindan a Miguel Ángel Yunes Linares y su insaciable dinastía, señalado por sus adversarios de ser tanto o más corrupto que Duarte?

¿Algún dirigente del blanquiazul, por ejemplo Luis Felipe Bravo Mena, reprendió así fuese levemente a Yunes por el insultante lucimiento, en una conferencia de prensa, de un reloj con valor de seis millones de pesos? ¿Le preguntaron cómo se hizo de vacas Pedro?

¡Deberían ser menos cínicos quienes por estos días ponen el grito en el cielo por la postulación del indefendible hijo de Napoleón Gómez Sada! Este junior ciertamente es arquetipo del sindicalista venal; pero fue forjado al amparo no de quienes ahora lo han acogido amorosamente, sino de quienes por décadas lo han solapado.

Lo verdaderamente triste de este episodio es que son numerosos los especímenes idénticos que, en razón de su aguda corrupción, ya tienen lugar garantizado en las listas de los partidos para las cámaras tanto de Diputados como de Senadores.

El antídoto contra tanta alimaña no puede ser otro que el voto. Corresponde a los ciudadanos mantenerse atentos y ponderar con la mayor información posible la trayectoria e idoneidad de los aspirantes a escaños y curules.

De otro modo, se acabará avalando y recubriendo con fuero a personajes para quienes debería estar reservado un lugar no en el Congreso sino en un reclusorio.

Durante décadas, en los tiempos en que la dinastía de Napito era útil y funcional para el sistema, el dirigente de mineros refugiado en Vancouver –al igual que todos los líderes del sindicalismo oficial-- fue protegido de presidentes de la República, secretarios de Estado, procuradores de justicia, ministros de la Corte, líderes legislativos, y en primer lugar dirigentes del PRI.

Fue tratado no con obsecuencia sino con respeto, admiración y hasta adoración, principalmente por los sucesivos secretarios del Trabajo. Prueba de lo cual acaba de darla, con alarde de descaro, el vocero de la campaña presidencial priista, Javier Lozano Alarcón.

El heraldo del candidato José Antonio Meade aseguró –tal como ya había hecho, sin la menor prueba, en 2010 en el Senado-- que cuando él fue secretario del Trabajo Gómez Urrutia “pidió 100 millones de dólares para levantar tres huelgas que hizo estallar el mismo día y bajo los mismos supuestos”.

Atrincherado en el fuero de senador, Lozano no explicó las razones por las cuales él incurrió en prevaricación, al no haber denunciado el hecho –tal como era su obligación hacer-- en su momento, ni haber procedido judicialmente en contra de Napito y quienes operaron el intento de extorsión.

El vocero de la coalición Todos por México se limitó a decir que le consta la manera mafiosa de conducirse de Gómez Urrutia.

No seamos ingenuos. En un ámbito donde reina la corrupción, hay razones para presumir que el prevaricato de Lozano Alarcón fue motivado por una exigencia de moche. Y la posterior denuncia, por la falta de acuerdo sobre el porcentaje de participación en el botín para el poblano.

En el colmo de la impunidad, tan combatida de dientes para afuera durante el presente gobierno, tampoco ha habido autoridad alguna –ni Meade, ni Enrique Ochoa, ni Alberto Elías Beltrán ni Enrique Peña Nieto-- capaz de encaminar a Lozano hacia los estrados judiciales, o, al menos, exigirle probar sus dichos o cerrar el pico.

Gómez Urrutia no ha sido el único amparado en la impunidad. Es cosa de revisar las listas de esa figura enteramente pervertida que son los plurinominales. Listas reservada para amigos, cómplices, parientes, recomendados de la élite del poder.

Deplorable prueba de que para participar en la actividad política en México se debe ser hijo, esposo, hermano, sobrino, nieto o pariente de algún político de renombre.

Lo dicho: La solución está en manos de los votantes.


aureramos@cronica.com.mx

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