¡Qué sabroso es conversar!

Carlos Matute González

¿Por qué hay una propensión a debatir y a confrontarse, si es tan sabroso conversar? Todavía no lo sé. Toda mi vida me ha apasionado la cosa pública. El derecho me ayudó a organizar mis pensamientos para analizarla con cierto sentido. Hoy, cuando alguien me invita a platicar sobre lo que se proyecta en lo jurídico y la política en el futuro inmediato, me entusiasma. Por eso, acepté gustoso la invitación del Presidente del Instituto de Administración Pública del Estado de México, el Maestro Mauricio Valdés, a cotorrear con Diana Mancilla Álvarez, directora General del periódico DigitalMex.

El formato académico exige que exponga algunas ideas y recurrí a mi colaboración en La Crónica de Hoy (10-febrero-2018) para cubrir ese requisito donde exponía los tres escenarios constitucionales que se plantean para el 2018: el nuevo, el viejo y el renovado, pero lo atractivo fue el enfoque que introdujeron en la conversación mis contertulios.

¿Cuál es la mejor opción para México en 2018? Vaya pregunta, pero la respuesta es muy sencilla: lo que los ciudadanos determinen en las urnas. Cualquier otro escenario es inviable jurídica y políticamente. Con el resultado de la expresión popular todos tendremos que abandonar nuestras ambiciones personales o de grupo y apoyar a quien sea el presidente electo. Esa es la ruta para que nos vaya bien como sociedad.

Esta afirmación exige —como lo recalcó el Maestro Valdés— el compromiso de la ciudadanía a emitir su voto pensando en el bienestar colectivo, no sólo en las conveniencias propias. Lo interesante fue que en el intercambio sabroso de puntos de vista coincidimos en que la gente no es tonta, ni ignorante, sabe lo que quiere para su país, su comunidad, su familia y su propio bien, sólo está esperando ver quién lo acaba de convencer o quién no lo desilusiona durante las campañas.

La indecisión que se refleja en las encuestas tiene muchas explicaciones, pero es soberbio considerar que es falta de interés en lo político o ignorancia. Los ciudadanos observan, sienten, opinan, reflexionan y votan. Este proceso lo realizan con base en sus valores, experiencias, frustraciones, expectativas y circunstancias. Este proceso puede ser largo (6 años) o breve (un minuto), pero siempre considera las vivencias inmediatas.

Hay candidatos, militantes, activistas o ciudadanos que sólo actúan motivados por su conveniencia, carecen de espíritu solidario, incluso son expertos en el arte del disimulo y la falsedad, pero eso es el riesgo de la democracia que vale la pena correr, ya que la mayoría acude a las urnas convencido de que, si bien su realidad no va a cambiar con el sufragio, éste es un momento privilegiado para manifestar lo que siente, lo que piensa.

Tan válido es el voto emitido a favor de un candidato, como la anulación del mismo. Hay que señalar que la abstención también es un mensaje político. Lo importante es que haya una conciencia compartida que cualquiera de los escenarios futuros pasa por las urnas y no por la violencia o la presión desde los medios de comunicación, las posiciones de poder o la acumulación de riqueza.

Vale no coincidir con las listas de candidatos plurinominales al Senado o la Cámara de Diputados —en lo particular soy partidario de las listas abiertas y no cerradas, en las que el elector determina con su voto el orden de los candidatos—. Sin embargo, no es correcto exigir desde las organizaciones de la sociedad civil que éstas sean modificadas. Esa tarea corresponde al votante con las limitaciones que impone la llamada partidocracia.

Eso es lo sabroso de la conversación. Nadie quiere imponer su punto de vista, sólo lo expresa, y no hay un interés en que el otro lo comparta. Eso provoca que el otro sea más receptivo a las ideas y que ambos se lleven algo que se acumulará y, evidentemente, influirá en mayor o menor medida —nadie lo puede precisar— en el momento de emitir el voto.

En cambio, el debate confronta visiones, resalta virtudes y desnuda carencias. Eso explica que unos lo rehúyan y otros lo busquen, pero es la práctica más avanzada para que el ciudadano conozca a los candidatos. Este ejercicio distingue al optimista del pesimista, al culto del ignorante, al propositivo del reaccionario, al inteligente del necio o terco, al hombre de bien del demagogo, entre otros aspectos.

El discurso político se caracteriza por ser un monólogo y suele cansar y alejar a quien no lo entiende o no lo comparte. Éste contribuye a aglutinar a los fieles y dotarles de elementos para el debate, pero difícilmente convence y establece patrones que le ayudan a decidir al votante a quien dará su voto o a quien nunca se lo otorgará. La congruencia suele ser más efectiva que la ocurrencia, pero las circunstancias mandan. Para muestra un botón, Trump y sus constantes dislates y tropiezos no le impidieron ganar la presidencia de E.U.A.

Por todo eso, ¡qué sabroso es conversar! Uno aprende, se divierte y comparte. El debate tensa el alma. El monólogo aburre. Hago voto para que en las campañas haya más conversaciones, que debates, más intercambio de ideas que monólogos. Si eso sucede, en las urnas habrá un mejor resultado para todos. Vale.


Profesor del INAP
cmatutegonzalez@yahoo.com.mx

 

Imprimir

Comentarios