Licenciados desempleados

Manuel Gómez Granados

En fechas recientes, el Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico (IDIC) publicó un estudio muy interesante que da cuenta de la manera en que, en nuestro país, tener estudios de licenciatura está lejos de garantizar que una persona tendrá un empleo y menos aún que esa persona tenga un empleo bien remunerado. El estudio Empleo precario y mala educación, disponible en http://bit.ly/EmpleoEducaciónMx2018, deja ver que hay estados, como Chiapas, en los que en el año 2000 había 55 por ciento de personas con estudios de bachillerato y superior que estaban desempleadas. Al pasar de los años, esa cifra lejos de reducirse aumentó a 62 por ciento.

Ello prueba varias cosas. En primer lugar, las familias mexicanas realizan esfuerzos serios para que sus hijos acudan a la escuela, cumplan con los requisitos y se gradúen. En segundo lugar, prueba que—a pesar de la falta de incentivos—los jóvenes de nuestro país, al menos quienes pueden hacerlo, cumplen con los que se les dice que son los requisitos para ser un buen ciudadano, una buena persona: estudian, se preparan, aprueban sus exámenes y obtienen los documentos que acreditan que lo hicieron. Lo que también demuestra, sin embargo, es que el país no tiene los mecanismos para retribuir a quienes cumplen, de modo que muchos de esos jóvenes, lejos de contar con un empleo al terminar sus estudios, enfrentan una realidad difícil de sueldos extremadamente bajos, que no les permiten satisfacer sus necesidades básicas y que, en cambio, los obliga a buscar otro tipo de actividades.

Alguien dirá que es un problema de Chiapas, por su atraso secular. Pero, en la Ciudad de México, en 2000, había 46 por ciento de personas con bachillerato o superior sin empleo y para 2017 la cifra era ya de 58 por ciento. Incluso uno de los estados modelo en materia de educación y creación de empleos, como es Aguascalientes, reporta un empeoramiento de las condiciones que enfrentan las personas con educación superior al bachillerato. En 2000, sólo 29 por ciento de los graduados del bachillerato o que tenían mayor escolaridad estaban desempleados. En 2017, la cifra había crecido a 47 por ciento. Incluso, estados que solían ser verdaderas locomotoras del empleo formal, como Nuevo León, reportan el empeoramiento de las condiciones. En 2000, Nuevo León tenía sólo 21 por ciento de personas con bachillerato o más en el desempleo. Diecisiete años después, la cifra ya era de 32 por ciento.

Esto ha ocurrido en un contexto dominado por el supuesto éxito del Tratado de Libre Comercio que el Gobierno de México defiende con 20 uñas en la actualidad, por lo que tendríamos que preguntarnos qué ocurrirá si, finalmente, el gobierno de Estados Unidos decide levantarse de la mesa e invocar las cláusulas del TLC que permiten que se cancele el instrumento. Más aún, ha ocurrido en un contexto en el que México ha presumido ser el país con mayor número de instrumentos de libre comercio en todo el mundo, pero que no ha logrado traducirse en menor desigualdad y en una reducción seria de la pobreza.

Esto ocurre porque México no ha garantizado un mejor funcionamiento de la seguridad pública, de modo que las empresas no gasten tanto en seguridad privada; tampoco somos un país en el que se garanticen cabalmente los derechos de propiedad privada o de libre empresa y, lo que es peor, tampoco se ha impedido, más bien ha aumentado, la incidencia de delitos como la extorsión, que desalientan la inversión productiva, además de que la corrupción campea, especialmente cuando se trata de conseguir contratos de gobierno.


manuelggranados@gmail.com

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