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Intrigas en la Nueva España: los encomenderos y los hijos de Cortés aspiran al poder

Las “Leyes Nuevas” causaron indignación en todos los reinos de la América Española. La corona española ordenaba la liberación de los esclavos, y las encomiendas, aquellas instituciones que constituían la recompensa, real y simbólica ganada por los conquistadores al extender el imperio, dejaban de ser una asignación heredable y a perpetuidad, y su duración se extendía a “una vida”. Los beneficiarios de aquel sistema decidieron rebelarse y lo pagaron muy caro

Corría 1542. No hacía sino 21 años que Hernán Cortés, sus hombres y las alianzas establecidas con pueblos diversos habían derrumbado el poderío mexica. Las ruinas de la poderosa Tenochtitlan dormían bajo el peso de las construcciones de la nueva ciudad, aquella que Cortés soñó y que comenzaba a echar raíces. Allí vivían los herederos de los conquistadores, disfrutando de lo que sus padres se habían ganando arriesgando el pellejo. La encomienda, además de ser timbre de orgullo, daba para que aquellos, ya llamados criollos, se diesen una buena vida. Las Leyes Nuevas amenazaron seriamente su tren de vida, y, encima, parecía despreciar el mérito de los hombres que habían ganado nuevos reinos para la corona.

Carlos V firmó las Leyes Nuevas hasta mediados de 1543. No se le escapaba el hecho cierto de que las disposiciones que contenían provocarían descontento en los reinos americanos, y no se engañaba: con toda seguridad, los herederos de los conquistadores harían una y mil maniobras para intentar frenar la aplicación de las leyes o negociar la permanencia de las encomiendas.

Pensando en todo eso, el emperador designó representantes especiales para que, en cada reino, publicaran  y supervisaran el cumplimiento de sus disposiciones. A la Nueva España fue enviado Francisco Tello de Sandoval, canónigo de Sevilla, Inquisidor de Toledo y Consejero de Indias. El enviado de Carlos V llegó a San Juan de Ulúa el 12 de febrero de 1544 y entró a la ciudad de México el 8 de marzo de ese mismo año.

LAS OBJECIONES DE LOS ENCOMENDEROS. Cuando el representante real pisó las calles de la capital del reino, la ciudad era ya un  hervidero de intrigas. Los conquistadores que aún vivían, los hijos de los ya fallecidos y los encomenderos, tenían semanas discutiendo en qué términos enfrentar la misión de Tello de Sandoval. Cinco días antes de su llegada, en una reunión del Ayuntamiento se resolvió otorgar poderes al Procurador Mayor, Antonio de Carvajal, para que a nombre de la ciudad entera solicitara la suspensión de las Nuevas Leyes.

Incluso, los encomenderos comenzaron a organizarse: acudirían a recibir a Tello de Sandoval vestidos con luto riguroso, para dar a entender su congoja, su indignación y su sentimiento, convencidos de que las Nuevas Leyes, además de afectar su patrimonio, era un gesto de desprecio hacia sus progenitores. Solamente la intervención del virrey, don Antonio de Mendoza, los disuadió de la ocurrencia. Dejaron atrás la idea del luto, pero de todos modos se apersonaron a media legua (poco más de 2 kilómetros) de la ciudad,  para recibir al enviado de la corona. El espectáculo debe haber sido impresionante pues era una comitiva de 600 hombres que acompañaron al visitante, al Virrey y a otros funcionarios, hasta las puertas mismas del convento de Santo Domingo, donde hospedarían a Tello de Sandoval. Era una no muy discreta demostración de fuerza, que no pasó desapercibida ni para el canónigo ni para el virrey.

Aquella peculiar recepción ocurrió en día sábado. Al lunes siguiente,  los encomenderos, exaltados, hicieron a un lado la discreción: entraron en Santo Domingo en gran número y con gran escándalo. Poco faltaba para que estallase un tumulto. Pero Tello de Sandoval no se amilanó: escuchó con paciencia las quejas de los encomenderos, por quienes hablaba uno de ellos, Alonso de Villanueva. Pero los desarmó momentáneamente con un retruécano. Aún no presentaba sus poderes al virrey, ni hacía pública la misión que lo enviaba a Nueva España, de manera dijo, que no entendía muy bien qué clase de agravios cuestionaban los encomenderos.

Con un recurso que incluso hoy día tiene aplicaciones, el visitador les indicó que salieran de Santo Domingo, que no regresaran armando bulla y que nombraran tres representantes a los que recibiría al día siguiente y que viajarían a España a presentar sus objeciones ante la corona.

Mientras los encomenderos discutían quiénes serían esos representantes, el virrey Mendoza y el visitador publicaron las Nuevas Leyes, y con eso oficializaron su vigencia en la Nueva España. Los encomenderos se sintieron “madrugados” y a punto estuvo de estallar un motín.

Tello de Sandoval logró calmar los ánimos con auxilio del obispo Juan de Zumárraga, y les dio garantía a los ofendidos encomenderos: viajando a Castilla, seguramente sus reclamos serían atendidos.

Y así ocurrió. Funcionó aquella famosa expresión: “Obedézcase pero no se cumpla”. En los hechos, en 1546, el virrey Mendoza recibió instrucciones de no crear nuevas encomiendas, pero las que ya existían tendrían una ampliación en su vigencia: en vez de “una vida” (la de los conquistadores en cuestión), se extendía a “dos vidas”, es decir, el beneficio se extendía a los hijos de los conquistadores. En los hechos, las Leyes Nuevas no se aplicaron como planeó Carlos V, y en cierta medida mejoró la condición de los indios. Pero los encomenderos no se resignaban: seguirían quejándose, y mucho. La tentación de conspirar se volvió una realidad y casi un ejercicio cotidiano.

LA CONJURA DEL MARQUÉS DEL VALLE. A mediados del siglo XVI, los encomenderos inconformes eran, o bien, criollos, o bien, mestizos. Nacidos en estas tierras, comenzaban a sentir una natural molestia: su destino como colectividad no se resolvía allí mismo, sino que siempre estaba supeditado a las disposiciones de un monarca que estaba al otro lado del mar y al que no le había costado ningún esfuerzo hacerse de los vastos reinos americanos.

Estos orgullosos encomenderos tenían un defecto: a muchos de ellos, hijos de conquistadores, tampoco les había costado esfuerzo la encomienda de la que vivían. Se habían convertido en una clase haragana, que se limitaba a darse una buena vida con los beneficios de su herencia. Aunque les molestaba saber que con ellos las encomienda se extinguirían sin que la tercera generación ganase algo, no por ello moderaron su tren de vida.

Así siguieron las cosas hasta la llegada de Martín Cortés a la ciudad de México, en 1563. Los encomenderos vieron en el hijo legítimo y heredero de Hernán Cortés al líder ideal para sus reclamos. Fue recibido con grandes fiestas y agasajos, como si fuera un príncipe, nada menos.

Pero las autoridades virreinales estaban muy al pendiente del comportamiento de los encomenderos. No era para menos. Lo que la habilidad política del virrey Mendoza y el visitador Tello de Sandoval había contenido, en otros reinos americanos terminó en violencia y tragedia. En Perú se había dado un violento levantamiento que terminó con la muerte por decapitación el virrey Blasco Núñez de Vela, en 1546.

A raíz de aquel suceso, en una taberna de la ciudad de México, tres hombres, con las lenguas sueltas por el alcohol, entre ellos uno apellidado Venegas, hablaron en voz alta de sus inconformidades. La respuesta fue contundente: se les juzgó por intento de sedición y se les ejecutó. La señal era clara. No se toleraría una sublevación ni siquiera de palabra, ni siquiera en proyecto.

Ése es el contexto en el que Martín Cortés y Zúñiga, segundo marqués del Valle e Oaxaca, y su medio hermano, llamado también Martín, pero mestizo, hijo de don Hernán y doña Marina, se vieron envueltos en una conspiración e grandes vuelos.

Ya gobernaba en la Nueva España el virrey don Luis de Velasco, al que llamarían “El Viejo”. Recibió con cordialidad al marqués, pero muy pronto afloraron las diferencias. Además, la pompa y el boato con el que el hijo de Cortés se movía por la Nueva España, parecía competir con la investidura del virrey. Detrás del marqués se estaba formando un grupo amplio que soñaba con impulsar al hijo de Cortés como líder que defendiese y ganase la permanencia de las encomiendas. La muerte del virrey en 1564 agravó la situación. El Cabildo novohispano escribió a España: no había necesidad de nombrar virrey. Se las podían arreglar perfectamente con el presidente de la Audiencia como gobernador y con el Marqués del Valle con nombramiento de capitán general.

Así pasaron dos años. Hacia julio de 1566 era un rumor a voces que los encomenderos pretendían hacerse con el poder el 13 de agosto, día de San Hipólito, y asumir así la conducción de los destinos del reino.

No faltaron los soplones y los delatores. La Audiencia actuó rápido: prendió al Marqués del Valle, a sus hermanos Luis y Martín el mestizo y los condenó a muerte, junto con sus principales seguidores. Salvaron la vida y fueron enviados a España por mediación del nuevo virrey, Gastón de Peralta. Pero sus seguidores no tuvieron tanta suerte.

Los hermanos Gil de Ávila fueron las víctimas del feroz ejercicio de la autoridad virreinal. Confiscados sus bienes, fueron decapitados en la Plaza Mayor, sus casas derruidas y el terreno regado con sal para que nada creciese allí de nuevo. Así acabó la conspiración del Marqués del Valle.

Martín Cortés, en el destierro, siempre juró que era inocente.

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