Espectáculos

México está en todas mis canciones; en mí está el gen mexicano: Sabina

Hace casi cinco años, el cantautor español Joaquín Sabina, en uno de sus regresos a México dijo: “Quiero que sepáis los mexicanos que en Argentina, Uruguay o en Chile me dicen ‘les haces muchas canciones a los mexicanos y a nosotros no’, y es verdad. Yo creo que México está por ahí en todas mis canciones; en mí está el espíritu, el gen mexicano”.

Este fin de semana regresó al país para dar una muestra más de ese amor que año con año lo acoge en el Auditorio Nacional. La noche del sábado vestía de guinda con calcetas de rayas negras y blancas, cual personaje de Tim Burton, sobre su mollera estaba el bombín característico y resaltaba que por primera vez se le veía con lentes oscuros en un escenario: 

“A veces a uno le pasan cosas que no quiere que le pasen, así que voy a darles el parte médico: primero tuve una gripa que me hizo suspender un concierto, y luego, mientras me estaba curando, una noche en San Luis Potosí tuve una especie de mareo y me di una hostia con una puerta. Juro que sólo llevaba dos tequilas”, explica con gracia y continúa…

“Esta es la primera vez que salgo a un escenario con gafas oscuras, porque no soy tan moderno como Panchito (Varona); la razón es que tengo el ojo derecho entre negro y morado, y aunque me duele mucho privarlos a ustedes del espectáculo de mis hermosísimos ojos, he decidido que es mejor así (…) En realidad el médico me había recetado reposo absoluto durante más días, pero cómo se va a quedar uno en la cama estando anunciado en concierto en el Auditorio Nacional de México, que es mi casa”, declaró el intérprete ante un auditorio lleno.

Y es que de verdad que pocos músicos como él tienen una conexión tan especial con México, y se ha notado incluso en la evolución de su música: “Cuando yo empecé a venir empezaron a cambiar y a sonar un poco más a corrido y un poco más a son y un poco más a México”, añadió sobre sus canciones.

“Me gusta que no hay un México sino muchos Méxicos. Por suerte este oficio me ha dado la oportunidad de viajar a casi todos”, apuntó el músico originario de Úbeda, quien también se ha guardado esa canción que no ha podido terminar dedicada a la capital con un verso que dice “de todo, menos lo que buscaba, todo lo encontré en la Ciudad de México”.

Su amor es correspondido y después de las charlas cotidianas, el público acude a sus presentaciones con un aura de despedida; algunos en el público aseguran que sus visitas serán cada vez menos frecuentes “quizás ésta sea la última”. A las palabras sobre la salud del intérprete, en el público se escuchó el grito que lo despistó un instante: “Queremos Sabina para mucho tiempo, cuídate”, y el español respondía con música y un mensaje de complicidad con todo el país.

“Si acaso este muro que pretende construir el mentecato emperador del norte, mentecato es muy poco ¡verdad!; el imbécil, el hijo de p… quiero decir de puta… del norte, sepan ustedes que si eso alguna vez sucede, yo tengo muy elegido en qué lado de la frontera me quedaré”, dijo para cantar después “No tan deprisa”, con lo que recibió una ovación.

Unos días atrás Sabina se presentó en Monterrey y un periodista escribió sobre su presentación: “Joaquín no vino a decir adiós, pero si a avisar que está tramitando su retiro. Nos duele en el alma, pero ésta es la primera, primera llamada. Hay quienes no le creen, también hay quienes no le queremos creer”.

Y es que Sabina mismo parece dar señales de esas pretensiones de tomar distancia cada vez más de los escenarios. El disco de su gira misma lleva por título Lo niego todo, que es a la vez una canción que es una lontananza de su historia, con la que rompe con su propio mito, “lo niego todo, incluso la verdad”.

La canción suena en los escenarios, y también cada vez es más emotivo y memorioso. Recuerda, de cuando estudiante de Filología Románica en Granada, un incidente con una bomba molotov lanzada en 1970, lo obligó a exiliarse en Londres, donde escribió sus primeras canciones y organizó un cineclub con las cintas de Luis Buñuel, prohibido entonces en la España franquista:

“Me exilié en Londres buscando un mundo más en color y más libre. Pronto descubrí que era mucho más divertido cantar canciones en los restaurantes, en la calle o en el metro, que fregar platos; y más fácil tocarles el culo a las chicas… ahora me van a llamar acosador, es lo único que no me han llamado todavía”, dijo con su genio y figura; también habló de que entonces algo de México ya estaba presente en él: “El caso es que yo iba con un bagaje de cantautores en mi lengua: cantaba canciones de Serrat, de Violeta Parra y de José Alfredo Jiménez”.

En el repertorio suenan “Cuando era más joven”, “Tan joven y tan viejo” y luego se vuelve a tomar solo el pelo con “Pastillas para no soñar”, y este último es el Sabina que más se disfruta. Sobre todo cuando le hace guiños a México con sus temas célebres como “Y nos dieron las diez”, “Noches de boda”, “El boulevard de los sueños rotos” y hasta esos “Peces de ciudad”, con dedicatoria especial para su amiga Ángeles ­Mastretta, “quien ha vivido conmigo los mejores momentos de todos mis años de México… Le quiero dedicar esta canción porque sus novelas, y sobre todo ella, nos arrancan la vida”.

En el escenario se le ve feliz, disfruta de su público y cuando termina de cantar su célebre “Contigo”, con los versos modificados en “chilanga de ojos tristes: / yo lo que quiero es que mueras por mí”, al final se sonroja con una ovación que duró casi tres minutos. “Hasta siempre México”, son sus últimas palabras, pero no prometió volver, como en años pasados.

Mientras tanto este país lo espera con su historia. Con su tequila, con El Tenampa, con los recuerdos de cenas con presidentes y Chavela Vargas; con ese recuerdo del concierto cancelado en Tijuana que paralizó al mundo y con su promesa, presente, de verlo “envejecer sin dignidad” y con una sonrisa lejos de la “Calle Melancolía”.

Imprimir