Para discernir la diferencia - Fernando de las Fuentes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 26 de Febrero, 2018
Para discernir la diferencia | La Crónica de Hoy

Para discernir la diferencia

Fernando de las Fuentes

“Siempre hay un momento
en que la vida se descarrila”

Gillian Flynn

En cuestiones de control, sólo hay dos clases de personas: el que controla y el que cree que controla. La mayoría pertenece a la ­segunda categoría.

Decía el autor y orador motivacional Jim Rohn: “Es irónico que una de las pocas ­cosas sobre las que tenemos control es sobre nuestras propias actitudes, y aun así la mayoría de nosotros vive la vida entera comportándose como si no tuviera ningún control”. Y eso es, claro, porque no lo tienen.

Esta idea de Rohn nos ubica ahí donde el control sí es factible, completamente real, verdadero y necesario: nuestro interior, siempre y cuando lo entendamos como una autorregulación emocional y mental, no como una forma de evitar sentimientos o pensamientos indeseados.

Quien tiene autodominio, sabe lo que puede y no puede controlar fuera de sí mismo. En cambio, el que no lo tiene, intenta controlar –y cree que puede– personas, situaciones, circunstancias y cosas. Este autoengaño es denominado ilusión de control y quien la padece es ­mejor conocido como controlador.

La sensación de control sobre lo que nos rodea es prácticamente una droga: dopamina. Nos quita momentáneamente el miedo y nos da seguridad. Por eso no importa que sea mentira y que la realidad nos sacuda con frecuencia.

Un ámbito en el que a casi todos nos ha poseído el controlador, es el de las relaciones afectivas, parentales, ­f­iliales, de pareja, o hasta de amistad. Cuando alguien se preocupa por otro o sospecha de él o ella, entre otras emociones, intenta controlarlo. Le ordena o “sugiere” con quién estar, qué pensar, cómo actuar, o simplemente critica lo que dice, piensa y hace. Señala con desagrado aquello que quiere que cambie. Al final, la gente a la que se desea someter se cansa, y cuando deja de serle útil, el controlador lo desecha. Éste, por su parte, es quien se quiebra.

Zygmunt Bauman, filósofo y sociólogo inglés, aseguraba, con toda razón, que “los intentos de superar la dualidad, de domesticar lo díscolo y domeñar lo que no ­tiene freno, de hacer previsible lo incognoscible y de encadenar lo errante son la sentencia de muerte del amor”.

Del pequeño controlador que todos llevamos dentro ­nacen la intolerancia, la ira, el odio, la envidia, la injusticia y todas las actitudes humanas que están destruyendo al planeta y denigrando a la especie.

El controlador puede incluso apoderarse de nuestras ­vidas. Así encontramos al eterno criticón, al perfeccionista, al conflictivo, al chantajista, al manipulador, al ­reclamante, al agresivo y al concentrado de todos ellos: el tirano emocional. Todos son niños asustados con el poder de un adulto inseguro y descontrolado. Peligrosos, sin duda. Se trata de una patología que no es, desafortunadamente, poco frecuente. Échele cuentas a su alrededor.

El pequeño controlador —esta distorsión de la personalidad que en algún momento terminamos manifestando todos en un área de nuestra vida o en todas, durante una temporada— es por supuesto, y valga la paradoja, controlable. Lo primero, e indispensable, es aceptar el miedo que estamos sintiendo, porque lo que aceptamos nos transforma y lo que negamos nos posee.

Ese miedo viene acompañado por sentimientos de ­culpa, inferioridad, inmerecimiento, insuficiencia, entre otros con un gran poder para derrumbarnos; abrumadores, ciertamente, tanto que preferimos deformar la realidad, haciéndola más agradable, lo cual incluye la ilusión de control, que a cada rato, por cierto, se nos cae. Aun así, la reconstruimos y seguimos haciendo lo mismo esperando diferentes resultados.

Quizá sea hora de aprender dos conceptos: sincronía y fluidez, dos habilidades que nos permitirán soltar el control y deshacernos de la inmensa carga que no sabemos que llevamos. Nos sería muy útil para comprenderlas y desarrollarlas, reflexionar en el significado de la oración: “Señor, concédeme serenidad, para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo, y sabiduría para discernir la diferencia”.

(Militante del PRI)

delasfuentesopina@gmail.com

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