Para discernir la diferencia

Fernando de las Fuentes

“Siempre hay un momento
en que la vida se descarrila”

Gillian Flynn

En cuestiones de control, sólo hay dos clases de personas: el que controla y el que cree que controla. La mayoría pertenece a la ­segunda categoría.

Decía el autor y orador motivacional Jim Rohn: “Es irónico que una de las pocas ­cosas sobre las que tenemos control es sobre nuestras propias actitudes, y aun así la mayoría de nosotros vive la vida entera comportándose como si no tuviera ningún control”. Y eso es, claro, porque no lo tienen.

Esta idea de Rohn nos ubica ahí donde el control sí es factible, completamente real, verdadero y necesario: nuestro interior, siempre y cuando lo entendamos como una autorregulación emocional y mental, no como una forma de evitar sentimientos o pensamientos indeseados.

Quien tiene autodominio, sabe lo que puede y no puede controlar fuera de sí mismo. En cambio, el que no lo tiene, intenta controlar –y cree que puede– personas, situaciones, circunstancias y cosas. Este autoengaño es denominado ilusión de control y quien la padece es ­mejor conocido como controlador.

La sensación de control sobre lo que nos rodea es prácticamente una droga: dopamina. Nos quita momentáneamente el miedo y nos da seguridad. Por eso no importa que sea mentira y que la realidad nos sacuda con frecuencia.

Un ámbito en el que a casi todos nos ha poseído el controlador, es el de las relaciones afectivas, parentales, ­f­iliales, de pareja, o hasta de amistad. Cuando alguien se preocupa por otro o sospecha de él o ella, entre otras emociones, intenta controlarlo. Le ordena o “sugiere” con quién estar, qué pensar, cómo actuar, o simplemente critica lo que dice, piensa y hace. Señala con desagrado aquello que quiere que cambie. Al final, la gente a la que se desea someter se cansa, y cuando deja de serle útil, el controlador lo desecha. Éste, por su parte, es quien se quiebra.

Zygmunt Bauman, filósofo y sociólogo inglés, aseguraba, con toda razón, que “los intentos de superar la dualidad, de domesticar lo díscolo y domeñar lo que no ­tiene freno, de hacer previsible lo incognoscible y de encadenar lo errante son la sentencia de muerte del amor”.

Del pequeño controlador que todos llevamos dentro ­nacen la intolerancia, la ira, el odio, la envidia, la injusticia y todas las actitudes humanas que están destruyendo al planeta y denigrando a la especie.

El controlador puede incluso apoderarse de nuestras ­vidas. Así encontramos al eterno criticón, al perfeccionista, al conflictivo, al chantajista, al manipulador, al ­reclamante, al agresivo y al concentrado de todos ellos: el tirano emocional. Todos son niños asustados con el poder de un adulto inseguro y descontrolado. Peligrosos, sin duda. Se trata de una patología que no es, desafortunadamente, poco frecuente. Échele cuentas a su alrededor.

El pequeño controlador —esta distorsión de la personalidad que en algún momento terminamos manifestando todos en un área de nuestra vida o en todas, durante una temporada— es por supuesto, y valga la paradoja, controlable. Lo primero, e indispensable, es aceptar el miedo que estamos sintiendo, porque lo que aceptamos nos transforma y lo que negamos nos posee.

Ese miedo viene acompañado por sentimientos de ­culpa, inferioridad, inmerecimiento, insuficiencia, entre otros con un gran poder para derrumbarnos; abrumadores, ciertamente, tanto que preferimos deformar la realidad, haciéndola más agradable, lo cual incluye la ilusión de control, que a cada rato, por cierto, se nos cae. Aun así, la reconstruimos y seguimos haciendo lo mismo esperando diferentes resultados.

Quizá sea hora de aprender dos conceptos: sincronía y fluidez, dos habilidades que nos permitirán soltar el control y deshacernos de la inmensa carga que no sabemos que llevamos. Nos sería muy útil para comprenderlas y desarrollarlas, reflexionar en el significado de la oración: “Señor, concédeme serenidad, para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo, y sabiduría para discernir la diferencia”.

(Militante del PRI)

delasfuentesopina@gmail.com

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