Babel electoral

Wilfrido Perea Curiel

La desconfianza es el principio sobre el cual está edificada toda la institucionalidad electoral en el país. No podía ser de otra manera, ya que hasta hace pocas décadas parecía inalcanzable que la sociedad mexicana accediera a un esquema creíble y fiable, bajo el cual el sufragio ciudadano se respetara y se computara adecuadamente. En México el fraude electoral tiene amplio arraigo. En este sentido, el actuar de la oposición tuvo un carácter cuasi quijotesco.

En los años dorados del presidencialismo imperial, aquel ogro filantrópico explicado por Octavio Paz, electoralmente hablando, era imbatible, era juez y parte, tenía control de la prensa y destinaba todos los recursos estatales para manipular las elecciones, no había de otras, todas eran elecciones de Estado. El PRI era algo así como la Secretaría de Asuntos Electorales del presidente en turno. Se trataba de toda una mascarada, misma que con el tiempo se volvió sumamente grotesca, al grado que para 1976, José López Portillo se presentó a las urnas sin adversario alguno. El expresidente llegó a decir con ironía que bastaba con que su señora madre hubiera votado por él para haber ganado aquella “contienda”.

Así funcionaban las cosas, se torcía la ley, y se echaba mano de todo aquello que tuviera que moverse para ganar la elección, en realidad, no había competencia, las campañas eran cosméticas y meramente servían para legitimar al abanderado del tricolor, o bien, para que finalmente la sociedad mexicana conociera al burócrata gris, sacado del algún escritorio de alguna secretaría para dirigir los destinos de la Nación.

Si se tenía que amedrentar a alguien, ahí estaban las fuerzas de seguridad pública o la PGR. Si se tenía que enlodar la personalidad de algún opositor, faltaba más, para eso estaba la prensa cortesana y el “chayote golpeador” hacía trozos el capital político de cualquier “disidente”.

Cabe preguntarse, ¿son más confiables las elecciones en curso con respecto a aquellas de triste memoria? En sentido estricto sí lo son, particularmente en lo que hace a la organización electoral y al cómputo de los votos, empero persisten muchos vicios que merman la credibilidad de la autoridad electoral.

En este 2018 se lleva a cabo el proceso electoral más grande en la historia del país. Hay 3 mil 406 cargos en disputa: tres elecciones federales, Presidente de la República, 128 senadores y 500 diputados. 30 elecciones en las entidades federativas, nueve gobernadores y 2 mil 768 cargos locales, diputados locales, ayuntamientos, juntas municipales, alcaldías y concejales. La lista de electorres asciende a 87 millones 895 mil 313 ciudadanos y las casillas que se instalarán serán 156 mil 099.

El volumen de esta contienda hace que su organización sea muy compleja. Además, en la historia del IFE e INE, nunca ha habido un Consejo General tan militante como el actual y éste no es un buen principio.  Particularmente llama la atención el papel de aquellos consejeros involucrados con el PRI, quienes sin rubor en el seno del Consejo cuidan los intereses del tricolor.

La ley electoral vigente es muy barroca e incomprensible, no abona a la claridad. El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación ha chocado con el propio INE y se ha dado a entender que la noche del próximo 1 de julio no se contaría con un fiable resultado preliminar, es decir, se incrementa la incertidumbre. Los candidatos cotidianamente presionan al INE, uno de ellos, AMLO, ha incluso aseverado que el árbitro no le resulta confiable.

La sucesión presidencial ya está atravesada por la duda. Se prevé una contienda cerrada y no parece que el INE posea la fortaleza para seguir soportando la presión de unas campañas altamente beligerantes. Menos aún si se diera un escenario de conflicto poselectoral. Pero lo que definitivamente le daría al traste al proceso en curso es que el Ejecutivo Federal se meta en la elección; reeditar aquellas prácticas, supuestamente superadas, sí que nos metería en un problema a todos y sus consecuencias podrían ser dramáticas.

pereawilfrido@me.com

 

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