PRD: Derrota anunciada

René Arce

En 1997 el PRD enfrentó electoralmente al PRI en la Ciudad de México en difíciles condiciones. Venía de dos estrepitosas derrotas consecutivas: la primera en 1991, cuando Marcelo Ebrard dirigió al PRI del entonces Distrito Federal y ganó todas las diputaciones federales y asambleístas locales.

En 1994, Carlos Salinas terminaba su sexenio con una gran popularidad como Presidente de México, a pesar del levantamiento zapatista y el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato a la Presidencia de la República, llevó a su partido a una victoria sobre Cuauhtémoc Cárdenas y Diego Fernández de Cevallos, en ambos procesos el PRD no alcanzó a rebasar los dos dígitos en las preferencias electorales. En 1994, en el entonces Distrito Federal, el PRI volvió a tener la gran mayoría de los escaños tanto federales como locales; al presidente Zedillo le correspondió nombrar Regente de la ciudad.

La reforma electoral posterior a las elecciones de 1994 legalizó el financiamiento público de los partidos, ciudadanizó al Instituto Federal Electoral y abrió el camino a la democratización del Distrito Federal con la elección mediante sufragio del Jefe de Gobierno, transformando la Asamblea de Representantes en Asamblea Legislativa.

Para 1997, el PRI gobernaba la Regencia de la ciudad, las 16 delegaciones, tenía absoluta mayoría en la Asamblea de Representantes, así como la totalidad de los diputados federales capitalinos. Tenía control sobre el Poder Judicial de la ciudad y de los órganos de control presupuestal y electoral.

El corporativismo sobre las organizaciones populares, sindicales, empresariales, así como enormes recursos económicos para propaganda y compra de amplios espacios en los principales medios de comunicación prefiguraban una contienda muy desigual entre el partido en el poder y la oposición.

El PRD en ese entonces, vivía una lucha grupal intensa, las expresiones moderadas habían obtenido una victoria al convenir con el PRI y el gobierno una reforma político electoral más democrática; los grupos radicales de origen marxista o cardenista buscaban la revancha, con la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas por la Jefatura de Gobierno del D. F., la veían cercana. Nada auguraba que el PRD obtuviera la victoria electoral, salvo la siempre figura honorable del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas a quien a pesar de su fallida estrategia de derrotar al salinismo durante todo el sexenio, nunca pudieron, desde el gobierno, denigrarlo en su rectitud y honradez.

El enfrentamiento entre el presidente Zedillo y Carlos Salinas; la devaluación del peso en 1994 y la reclusión por corrupción del hermano mayor del expresidente, generaron la irritación de muchos ciudadanos, quienes el día de las elecciones lo canalizaron en votos anti PRI, permitiendo una copiosa votación a favor del PRD y su candidato, el ingeniero Cárdenas, ganando la Jefatura de Gobierno y la absoluta mayoría de las diputaciones federales y de la recién estrenada Asamblea Legislativa.

En el 2018 ese fenómeno electoral está a punto de repetirse, un PRD que durante 20 años ininterrumpidos de gobierno ha logrado muchas acciones positivas, como ampliar las libertades y los derechos humanos, ha generado leyes más justas y equitativas, ha cambiado el rostro de la ciudad con obras e infraestructura pública, pero no ha podido contrarrestar la cultura priista del corporativismo y la compra abierta y simulada del voto electoral; continúa con el control absoluto sobre otros poderes y órganos autónomos e independientes, pero sobre todo, ha llegado a niveles irritantes de corrupción desde las instituciones, expresado, entre otras cosas, con el crecimiento desmedido de las construcciones de vivienda y edificios, con un parque vehicular público y privado con el cual se han hecho grandes negocios por funcionarios que conceden licencias, placas y permisos, imponiendo multas y fotomultas que les reditúan grandes ingresos ilegales.

Es un rumor generalizado que la corrupción en la Ciudad de México crece día a día, son pocos los funcionarios a los cuales se les tiene respeto y credibilidad. A ello hay que agregar que el fenómeno de la inseguridad está creciendo en varias de sus modalidades.

Corrupción e inseguridad es el coctel que presagia la derrota del PRD en la próxima elección. Lástima que el remedio quizá sea peor que la enfermedad.

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