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Cine Fantástico en México: Tiempos dorados en momentos oscuros

Especial. Segundo de tres textos que Crónica publica cada viernes a propósito de la historia del cine de género en el país. Los momentos gloriosos llegan al finalizar la Época de Oro

Resulta particularmente curioso pensar, que sea en la penumbra del cine mexicano cuando el género fantástico y de terror goza de sus mejores tiempos. Termina la Época de Oro del cine mexicano y en su periodo de transición hacia el cine de autor, y en los tiempos de crisis de producción del cine nacional, en términos generales, sea cuando el terror comienza su época dorada, como si fuera una especie de venganza contra los tiempos en los que casi desaparece.

No obstante, estos tiempos también están marcados por una influencia importante. Los primeros filmes de terror de los años 30 se habían nutrido de las leyendas mexicanas y no de su literatura, como ocurría en el cine estadunidense y británico, para su resurgimiento tropicaliza los conceptos del cine mundial y casi se olvida de sus propias raíces culturales. Son Fernando Méndez, Abel Salazar y Chano Urueta algunos de los que no dejaron que desapareciera el cine de terror durante 20 años, y al mismo tiempo los iniciadores de los filmes más emblemáticos:

“Con películas importantes como El ladrón cadáveres o El vampiro, ambas de Fernando Méndez; como el surgimiento de ABSA films, la productora de Abel Salazar, que tiene una serie de películas entre 1958 y 1973, que son elementales, como La maldición de la llorona, El mundo de los vampiros, El hombre y el monstruo o La cabeza viviente… ahí está la Época de Oro del cine de terror”, expresó José Luis Ortega, investigador sobre el cine de género.

El auge del cine fantástico que comenzó en la segunda mitad de los años 50 tuvo como precedente también filmes como Ella, lucifer y yo (1952), de Miguel Morayta, sin embargo fueron otros realizadores como Rafael Baledón con El pantano de las ánimas (1956) y El hombre y el monstruo (1959); Rogelio A. González con El esqueleto de la señora Morales (1959) y, desde luego los filmes de Fernando Méndez como el inicio de los tiempos gloriosos.

Fue este último quien llevaría al cine de género a un nivel más grande con el éxito de El Vampiro (1957), obra cumbre del terror mexicano en blanco y negro, protagonizada por Germán Robles, actor principal del género por las siguientes dos décadas, quien introdujo por primera vez los típicos colmillos del vampiro un año antes de que Christopher Lee se los colocó en el Drácula de la británica Hammer. A este le seguiría su secuela El ataúd del vampiro (1957) y Misterios de ultratumba (1959), además de algunos títulos dedicados al terror western como El grito de la muerte y Los diablos del terror (ambas de 1959). A partir de entonces para el cine de género todo cambió:

“Eran tiempos en los que no existía un prejuicio sobre el cine de terror. Había figuras de primer nivel como David Silva o Roberto Cañedo, o un gran villano del cine mexicano como Carlos López Moctezuma, quienes actuaban en películas de cine de terror. El público tenía así películas divertidas y por el otro tenía actores de calidad que lo mismo habían ganado algún Ariel en actuación, que los veías interpretando a un científico loco o un monstruo degenerado”, dijo Ortega.

Benito Alazraki, también incursionó en el género de terror, en el que ofrece una visión innovadora sobre el ritual vudú, cuando nos cuenta que cuatro hombres fueron malditos por un sacerdote de estas creencias por robar un ídolo sagrado de su templo. El conflicto desemboca en muerte y dolor. El filme fue titulado como Muñecos infernales y se estrenó en 1961.

A partir de los años 60, los espectadores crearon una fascinación por el cine de los géneros del miedo que aprovecharon de la mejor manera algunos cineastas para plasmar sus proyectos. El chihuahuense Chano Urueta aportó filmes como La cabeza viviente (1961), una profanación a una tumba azteca, y El barón del terror (1962) sobre un criminal hereje que es condenado a la hoguera y que 200 años después regresa para vengarse. Por su parte, la cinta El escapulario (1968), obra de Servando González, llamó la atención por el guión.

Otros como, el mencionado Rafael Baledón se mantuvieron con aportaciones constantes con filmes como La loba (1965) y Museo del horror (1963); Miguel Morayta con El vampiro sangriento (1962) y Doctor Satán (1966). A quienes se unió Federico Curiel con una saga de cintas sobre el profeta Nostradamus y su propia versión de vampiro en El imperio de Drácula (1966).

“Hay nombres muy importantes como el productor Abel Salazar, es considerado como el Val Lewton mexicano, quien fue un productor de cine fantástico muy importante en Estados Unidos, incluso antes de Roger Corman”, destacó el investigador y añadió a “Chano Urueta o Rafael Baledón, quien es mucho más recordado como actor galán del cine mexicano, también hizo cine y tiene más de 100 películas como director, muchas de ellas, quizás la tercera parte, son de terror como La loba, que es uno de los clásicos”.

Luchadores contra monstruos. A la par que el cine de terror cobraba un auge, México aportaba también el cine de luchadores, que era un deporte de gran popularidad. En 1952, se realiza la cinta La bestia magnífica, de Chano Urueta, la primera película del cine de luchadores:

“El cine de luchadores surge en 1952, en dos vertientes, la primera en melodrama, donde los luchadores son figuras trágicas, un poco como el cine de boxeadores, con esta imagen del deportista trágico que lo pierde todo, que lucha para encontrarse; y por el otro lado por películas cómicas como El luchador fenómeno, con Resortes (Adalberto Martínez)”, dijo el investigador, a propósito de filmes como La sombra vengadora (1954), de Rafael Baledón

“Más tarde los luchadores se metieron en el cine de aventuras. Los primeros personajes eran Ultrón o El Enmascarado de Plata, que al principio no era El Santo. Pasaron de luchar contra criminales y la mafia, a pelear contra científicos locos, a casos sobre la energía atómica, porque en los años 50 estaba el boom del cine de ciencia ficción a nivel mundial. Los primeros luchadores la hacen de investigadores, de justicieros al servicio de la policía, como espías; luego ya los vemos enfrentándose a vampiros, extraterrestres y momias”, añadió.

Si bien en 1952 El Santo ya era un personaje popular en el mundo de la lucha, en la Arena México y en lo fantástico de las historietas, la película El Enmascarado de Plata fue protagonizada por El Médico Asesino, otro famoso de la lucha libre de la época, y sólo hasta 1958, en Santo contra el cerebro del mal, de Joselito Rodríguez y filmada en Cuba, la leyenda comienza a cobrar vida.

“Fue El Santo a quien comienzan a crearle las historias en cine a partir de las historietas gráficas que eran una creación de José Guadalupe Cruz, en esos cuentos y comics El Santo se enfrentaba a todo tipo de figuras, y como la gente empezaba a pedir esas historias en películas, no les interesaba tanto verlo en una película peleando en un cuadrilátero como en la vida real, entonces le crearon argumentos que salen de lo cotidiano y así es como surge su incursión al cine fantástico”, dijo.

El Santo alcanza la cima con la afamada Santo contra las mujeres vampiro (1962), de Alfonso Corona Blake, pero luego ya no sólo él aparecía en el cine de luchadores, en 1964 también apareció otro ícono de la lucha mexicana: Blue Demon, alcanzando una aceptación increíble al grado de combatir en 1969 contra el enmascarado de plata, en la película Santo vs Blue Demon en la Atlántida. Mil Máscaras, Tinieblas, el Rayo de Jalisco y diversos luchadores se unirán a las apariciones en la pantalla, en un cine de luchadores que poco a poco se fue desgastando hasta opacarse a inicios de la década de 1980.

“Los luchadores le dieron un sabor propio al cine de terror. En ningún cine del mundo había cine de terror con las características de estas películas. Lucha libre había en todo el mundo, pero en ningún país se había llevado la figura del luchador al cine y menos en el cine fantástico, y ese es uno de los grandes aportes, junto con la comedia ranchera, que México le ha dado al mundo”, enfatizó José Luis Ortega.

Rarezas del cine fantástico. La mezcla de géneros como el cine de luchadores también desembocó en otras cintas que llegaron a tener buena aceptación en el gusto popular. Chabelo y Pepito contra los monstruos (1973), y filmes por el estilo, se convirtieron en rarezas dentro del género pero que tienen un antecedente interesante:

“No es algo que surgió en el cine mexicano. En Estados Unidos, la pareja de comediantes Abbott y Costello, cuyos contratos pertenecían a la Universal, la misma casa productora de Drácula y Frankenstein. Durante los años 40, ellos comenzaron a filmar películas de comedia protagonizadas por distintos monstruos, incluso hay una con Lon Chaney Jr., quien es el actor del Hombre Lobo más emblemático de la historia y aparece con ellos en su papel de hombre lobo pero en un contexto humorístico”, explicó Ortega.

Esa fórmula se repitió en México con una película que se llama Frankenstein, el Vampiro y Compañía (1962), de Benito Alazraki, en donde se ve la figura del vampiro con un contexto humorístico al lado de Manuel El Loco Valdés: “Esa forma de mezclar los géneros es algo que México adopta del extranjero y lo hace a partir de querer hacer taquilla y películas que tuvieran un dos por uno. Por un lado, las películas de monstruos que siempre han sido queridas por el público, porque muchas veces, lejos de ser terroríficas terminan siendo entrañables, y por el otro los comediantes de éxito de ese momento. Incluso Germán Valdés Tin Tan filma una película con el mismo Lon Chaney Jr. (La casa del terror, 1960)”, añadió.

Era Taboada. A finales de los años 60 el cine pasó del blanco y negro al color. La cinematografía nacional estuvo marcada por temas políticos y el cine de ficheras, producciones con las que tuvo que competir el género de terror que ofreció sus mejores obras de la mano de Carlos Enrique Taboada.

“En los años 60 se comienza a hacer la idea de un cine autoral. En México comenzó a llegar ese cine de autor que venía de Francia y se volvió tendencia mundial, aquí tuvo repercusión. Hubo movimientos cinematográficos que intentaron replicar este modelo. En ese sentido hubo cineastas que buscaron hacer en México ese tipo de cine para darle unos toques personales. El principal de ellos era Carlos Enrique Taboada, quien era un tipo que escribía sus propias historias, era el autor”, dijo el investigador.

A través de películas como El libro de piedra (1969), Hasta el viento tiene miedo (1968) y Más negro que la noche (1975) y Veneno para las hadas (1984), Taboada es considerado el principal exponente de películas en torno al cine de horror y terror: “Hoy en día podemos analizar su obra y descubrir cosas como que el cine de Taboada está marcado por un universo femenino, en el cual la misma feminidad es la que desata las situaciones fantásticas”, dijo.

Junto con él aparecieron otros cineastas que compitieron como René Cardona con La noche de los mil gatos (1970) y Tintorera (1972); Alucarda, la hija de las tinieblas (1975), de Juan López Moctezuma, y Doña Macabra (1972) de Roberto Gavaldón: “Juan López Moctezuma, que hace un tipo de terror influenciado en el cine pánico, que es una corriente que vino a instaurar Alejandro Jodorowsky; sus películas, como Alucarda o La mansión de la locura, incluso llegaron a editarse hasta Europa”, concluyó.

A partir de los años 80, la cinematografía de terror se vio limitada en cuanto a la calidad de sus producciones que duró casi 20 años… Pero esa es otra historia.

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