El antijuarismo de López Obrador

José Fernández Santillán

Durante su toma de protesta como candidato presidencial del Partido Encuentro Social, Andrés Manuel López Obrador hizo hincapié en la falta de valores que impera en el país; prometió luchar para recuperarlos. Según su parecer, la carencia de valores es la principal causa de la crisis en el país.

“Durante su discurso, el tabasqueño planteó la elaboración de una constitución moral, además de que si gana las elecciones el próximo 1 de julio convocará a una asamblea constituyente. En ese proceso, acotó, participarán ‘filósofos, antropólogos, psicólogos, especialistas, escritores, poetas, activistas, indígenas y líderes de diferentes religiones. Será un diálogo interreligioso, entre religiones y no creyentes para moralizar a México’.” (Animal Político, 22-II-2018).

En su alocución, Andrés Manuel hizo énfasis en la corrupción política y moral, la cual, desde su óptica, está hundiendo al país, por lo que prometió acabar con ella.

De esta intervención saltan muchas dudas y preocupaciones. En primer lugar, si López Obrador habla de la conformación de una asamblea constituyente con el propósito de establecer una constitución moral ¿Qué relación tendría esa constitución moral, con la actual Constitución Política de la Nación?

Lo que es un hecho es que la propuesta de López Obrador de crear una constitución moral contraviene todo el entramado jurídico y político con base en el cual fue creado el Estado Constitucional moderno que hace una clara distinción entre el derecho y la moral. Para el caso de México, en especial, la iniciativa de El Peje va contra del espíritu y la letra de la Constitución de de 1857 y la de 1917.

Vale la pena recordar que en nuestro país la lucha en favor de los derechos individuales (entre ellos la libertad de conciencia) y la construcción del Estado soberano—luchas abanderadas por los liberales juaristas—marcharon juntas en contra de los conservadores. Los liberales derrotaron a los elementos ideológicamente retardatarios que querían confundir al derecho con la moral. La separación entre las dos esferas dio lugar, precisamente, al laicismo, el cual deja asentado que el derecho únicamente se ocupa de juzgar los actos externos de las personas, no las conciencias como lo habían hecho durante siglos las autoridades civiles y eclesiásticas.

De esta manera, el derecho regula las relaciones entre los privados y entre éstos y la autoridad pública (formalismo jurídico), en tanto que la moral queda reservada, exclusivamente, al ámbito privado. Dicho de otra manera: nadie puede entrometerse en los asuntos de conciencia que pertenecen a la esfera, inviolable, de cada persona. Ésa es una de las grandes conquistas de la modernidad y de los movimientos progresistas: la fijación de límites precisos, tanto a la autoridad pública como a la autoridad eclesiástica.

Con su constitución moral, López Obrador quiere retrotraernos a una época ya fenecida en la que los conservadores fueron vencidos en su afán de entrometerse en las conciencias de las personas para así controlar el comportamiento de la sociedad. Ése es un viejo cuento, en el que el tabasqueño nos quiere hacer caer con su intento de “moralizar a México.”

Sólo los estados totalitarios o los estados confesionales tienen, entre sus prioridades, inmiscuirse en la moral; cincelar en piedra una conducta homogénea para que se ciñan a ella todos los miembros de una nación. No es casualidad, en consecuencia, que en esa coalición estén el PT, admirador del régimen totalitario de Corea del Norte y, por contradictorio que parezca, el PES, un partido evangélico. Ambos partidos son antiliberales: no creen en la libertad de conciencia.

La autoridad civil no tiene por qué llamar a un diálogo con las autoridades eclesiásticas para extraer de allí esa moral pública para imponer a todo mundo. Al respecto recuerdo muy bien las palabras de despedida de Norberto Bobbio en el homenaje que se le rindió en octubre de 1984 con motivo de su jubilación: “Uno de los entrevistadores de ayer me preguntó: ¿Qué es lo que espera profesor? Y le respondí. No tengo ninguna esperanza. En cuanto laico, vivo en un mundo en el que es desconocida la dimensión de la esperanza. Aclaro: la esperanza es una virtud teológica. Cuando Kant afirma que uno de los tres grandes problemas de la filosofía es ‘qué es lo que debo esperar’ se refiere con esta pregunta el problema religioso. Las virtudes del laico son otras: el rigor crítico, la duda sistemática, la moderación, no prevaricar, la tolerancia, el respeto de las ideas ajenas, virtudes mundanas y civiles.” (L. Bonanante, M. Bovero (ed.), Per una teoria generale della política Florencia, Pasigli, 1986, p. 253). Por cierto, ninguna de esas virtudes laicas es distintiva de López Obrador.

Un dato más: hay que tomar en cuenta que el “padrino de los populismos” a nivel internacional, Vladímir Putin, ha reestablecido las relaciones con la Iglesia ortodoxa, en su afán por controlar las conciencias de los rusos e imponer un código moral en ese país, al tiempo que desaparece las libertades civiles.

Sería una tragedia que, justamente, en el 50° aniversario del ’68, movimiento que reivindicó las libertades públicas, nos viniera a imponer una constitución moral. Una vulgar argucia populista.

jfsantillan@itesm.mx

@jfsantillan

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