El secreto - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 02 de Marzo, 2018

¿Para qué sirve el lenguaje? La pregunta parece obvia, no lo es. Algunos responden de manera inmediata con una afirmación contundente: comunicar es la única función del lenguaje y repiten ese viejo modelo donde un emisor trasmite un mensaje a un receptor pasivo. Esta conclusión me parece apresurada. Las palabras no son unívocas. A pesar de lo que a veces se piensa, no hay una relación directa entre el significado y las cosas. Al contrario, el sentido se construye en un entramado de relaciones, que podría visualizarse como una telaraña, donde las letras necesitan de un contexto para decir algo.

Jacques Derrida ha sugerido que “no siempre se escribe con el deseo de que a uno lo entiendan”. ¿Por qué? La transparencia, la total inteligibilidad del texto, destruye su porvenir, lo ancla al presente. La resistencia de la literatura consiste en eludir la primera lectura y provocar la relectura: los juegos de la interpretación.

Como los seres humanos, las palabras son ambiguas. Imaginar que tienen una interpretación literal es tanto como ignorar el poder de la literatura. Esa ambigüedad propia de la comunicación hace que las relaciones personales enfrenten un grado de complejidad enorme. El malentendido es la expresión.

Recuerdo una novela de Ian McEwan, El Inocente donde relata el origen del lenguaje. Su disertación literaria invita a pensar en los distintos usos del lenguaje, que no buscan comunicar, sino ocultar, confundir y adquirir poder.

La narración podría ser una fábula. Inicia en una especie de manada, donde la comunidad permanece junta y hace las mismas cosas. No hace falta comunicarse porque todos aprendían por imitación.

“Por eso no había necesidad del lenguaje. Si venía un leopardo, no tenía sentido decir: ‘Eh, tú, ¿qué viene por el sendero?’ ‘Un leopardo’. Todos podían verlo, todos estaban dando saltos y chillando para tratar de ahuyentarlo. Pero ¿qué ocurre cuando alguien se va solo para tener un momento de intimidad? Cuando ve venir un leopardo, sabe algo que los otros no saben. Tiene algo que ellos no tienen, tiene un secreto, y éste es el comienzo de su individualidad, de su conciencia. Si quiere compartir su secreto y correr por el sendero para advertir a los otros, entonces va a tener que inventar el lenguaje. De ahí nace la posibilidad de la cultura. También puede quedarse quieto y confiar en que el leopardo se coma al jefe que tanto le está incordiando. Un plan secreto, eso supone más individuación, más conciencia”.

El secreto, el lenguaje y el individuo están íntimamente conectados. El origen de la vida privada se entrelaza con la habilidad para engañar y preservar un secreto.

Otro novelista, Javier Marías en Corazón tan blanco indaga en los misterios que entraña el secreto. ¿Por qué ocultar lo que ha sucedido? ¿Por qué no contarlo?

 “–Mira –le dije–, las personas que guardan secretos durante mucho tiempo no siempre lo hacen por vergüenza o para protegerse a sí mismas, a veces es para proteger a otros, o para conservar amistades, o amores, o matrimonios, para hacer la vida más tolerable a sus hijos o para restarles un miedo, ya se suele tener bastantes. Puede que simplemente no quieran incorporar al mundo la relación de un hecho que ojalá no hubiera ocurrido. No contarlo es borrarlo un poco, olvidarlo un poco, negarlo, no contar su historia puede ser un pequeño favor que hacen al mundo. Hay que respetar eso. Tal vez tú no querrías saberlo todo de mí, tal vez no querrás con el paso del tiempo, más adelante, ni que yo lo sepa todo de ti. No querrás que lo supiera todo sobre nosotros un hijo nuestro. Sobre nosotros por separado, por ejemplo, antes de conocernos. Ni siquiera nosotros lo sabemos todo sobre nosotros, ni por separado antes ni juntos ahora”.

@ccastanedaf4

 

Imprimir

Comentarios