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Magnicidio: apuñalan al general Ramón Corona

En una fotografía tomada en el Querétaro de junio de 1867, posaron tres personajes que estaban llamados a figurar por años en la vida pública del México decimonónico: los tres eran hombres talentosos, se habían distinguido por su participación en la guerra de Intervención. Uno de ellos llegaría a gobernador y moriría en extrañas circunstancias

Se terminaba 1889. Soplaba el viento frío de noviembre en las calles de Guadalajara y el señor gobernador, el general Ramón Corona,  un militar que a sus 52 sabía de cierto lo que había costado llevar a México a una pacificación que no dejaba de ser polémica,  salió a la calle: iba al Teatro Principal, atendiendo la invitación de una compañía de actores. La obra en cuestión trataba uno de los grandes temas, dolorosos y polémicos de la guerra de Reforma, que treinta años después permanecía en la memoria de los mexicanos con la forma de diversos tratamientos literarios: los Mártires de Tacubaya.

Era domingo y el tiempo corría con placidez. El gobernador Corona decidió caminar hasta el teatro, del brazo de su esposa. Unos pasos adelante de la pareja, caminaba el pequeño hijo del matrimonio, de la mano de su nana. Por toda seguridad llevaba detrás a un par de guardianes. Pero nada parecía perturbar la tarde.

De repente, todo cambió: un hombre se abalanzó contra él y le clavó un puñal en el cuello. Tan rápido como pudo, el agresor repitió la acción e hirió al gobernador en un hombro, Corona se volvió hacia su atacante, e intentó echar mano del pequeño estoque de su bastón. Pero el brazo ya no le respondía. Al tenerlo frente a frente, el criminal le clavó el puñal en el vientre. Habría herido a la esposa del general, que intentó interponerse, de no ser porque las varillas del corsé de la dama atajaron el ataque. Ramón Corona no tuvo tanta suerte.

El agresor echó a correr. Después se dijo que, a unos pocos metros de la escena, se detuvo y se asestó a sí mismo cuatro puñaladas que le costaron la vida. Otros dijeron que, en su escape, se cruzó con otros hombres y que ellos lo apuñalaron.  Después se le identificaría como Primitivo Ron, a quien unos llamaron gendarme y otros un simple “desequilibrado mental”.

Corona aún tuvo fuerzas para caminar hacia el Palacio de Gobierno, dejando tras de sí un reguero de sangre. Se desmayó a las puertas de la Inspección de Policía. Lo subieron cargando a sus habitaciones.

Llegaron a poco, corriendo, tres médicos, Garciadiego, Arce y Bustamente. Coincidieron: el gobernador se estaba muriendo. Si bien las tres heridas eran de gravedad, la puñalada en el cuello lo hizo desangrarse. Ramón Corona murió al día siguiente,  el 11 de noviembre de 1889.

LA NOTA ROJA Y EL ALUCINANTE CASO DEL BRAZO DE PRIMITIVO RON. Al conocerse el asesinato del general Corona, el periodista Manuel Caballero, que en esos días editaba en Guadalajara el periódico El Mercurio Occidental, actuó con rapidez: preparó una edición extra con la narración de los hechos, como el reportero moderno que ya era. Imprimió en cada ejemplar una mano, chorreante de tinta roja, en clara alusión a la mano homicida de Primitivo Ron. La ocurrencia provocó un fuerte impacto visual en la ya de por sí impresionada sociedad tapatía.

Si en aquellos años las narraciones periodísticas de hechos de sangre causaban polémica por el tratamiento e importancia que los primeros reporteros les daban, convirtiéndolos en noticias de primera plana en vez de publicarlos en páginas interiores, la iniciativa de Manuel Caballero terminó de darle identidad y personalidad a tales informaciones. Poco a poco se les conocería por el color de aquella mano chorreante, estampada en las páginas de los periódicos. Ese nombre sobrevive hasta nuestros días y a nadie le queda duda de qué se trata: es la nota roja.

Algunos objetos, que hoy identificaríamos como elementos de la escena del crimen, los conservó la familia del general Corona y luego pasaron a ser parte de las piezas de lo que hoy es el Museo Regional que está en Guadalajara: el chaleco que llevaba puesto el gobernador, con las marcas del arma homicida, y el cuchillo de Primitivo Ron. Pero lo que debió ser alucinante es una pieza de la que sobreviven fotografías: el brazo disecado del asesino de Ramón Corona, y que, según testimonios orales, permaneció en el museo hasta el siglo XX.

Tétrica antirreliquia, pues usualmente la conservación de restos humanos fue una práctica que se realizaba sobre los restos de próceres, gobernantes y santos y beatos católicos. De esa manera, templos y museos tenían, tanto en México como en otros países, bonitas colecciones de corazones, manos, huesos cortos y largos, gotitas de sangre. ¿Por qué en este caso, se conservó el brazo del homicida?  Quien vea el asunto a la distancia verá en ello una macabra ocurrencia, de esas que a muchos habitantes del siglo XXI les parecen perturbadoras y que hace siglo y medio no eran tan extrañas. Pero había algo más; la incógnita que nunca se despejó por completo, y que no es inusual cuando se habla de magnicidios: ¿quién estaba detrás del asesino material? ¿Primitivo Ron actuó solo? ¿era un asesino solitario o mero instrumento de una conspiración?

EPÍLOGO CON ENIGMA. Por años se especuló acerca de la fuerza que realmente movió el brazo de Primitivo Ron. Se insinuó que los autores intelectuales del crimen venían de España a vengar una honra. Era un chisme muy viejo, según el cual, en sus años de embajador en España (1874-1886), el general Corona tuvo un apasionado romance nada menos que con la reina María Cristina. Fruto de aquellos amores, aseguraba la conseja, era nada menos que el que se convertiría en el rey Alfonso XIII (nacido en 1886), y en el trance del asesinato, no faltó quien diese por buena aquella historia.

La otra hipótesis que corrió de boca en boca, y no precisamente en voz baja, fue que detrás del crimen estaba nada menos que el presidente Porfirio Díaz, quien, temeroso de que entre sus antiguos compañeros de armas de los días de la guerra de Intervención, surgiera un liderazgo capaz de presentarse a elecciones y, en una de esas, ganarle la presidencia.

Las murmuraciones llamaban la atención sobre algunas coincidencias: en el año de la muerte de Corona, otro de los notorios generales de la guerra contra los franceses, Vicente Riva Palacio, llevaba ya unos pocos años en algo que parecía un exilio dorado, con nombramiento de embajador en España. El gran general victorioso del sitio de Querétaro, Mariano Escobedo, había recibido un golpe importante en su prestigio cuando se supo que Querétaro había caído por la traición de Miguel López, lugarteniente de Maximiliano. Cuatro años después de la muerte de Corona, otro militar destacado de esos días, el coronel Ignacio Manuel Altamirano, sería enviado a Barcelona en calidad de Cónsul, y de ahí se movería a París, permutando el cargo con Manuel Payno. Como se sabe Altamirano murió de enfermedad, unos pocos años después, sin haber regresado a México.

Los suspicaces siempre lo dijeron: parecía que a Porfirio Díaz le interesaba tener la menor cantidad posible de potenciales competidores, y a esos personajes la vida los había llevado fuera de los escenarios de la alta política nacional.

De esos rumores, apenas queda una fotografía, tomada en 1867, poco después de la caída de Querétaro. En ella, posan cinco hombres: de dos, desconocemos los nombres y sus destinos. Los otros tres son Corona, Riva Palacio, muerto en España en 1896 y Altamirano, fallecido  en 1893 en San Remo, Italia. Ninguno vivió para remontar el siglo con don Porfirio.

 

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