Diego y Ricardo; Meade y Colosio

Juan Manuel Asai

Si de verdad existe la mafia del poder, Diego Fernández de Cevallos la encarna de manera perfecta. El abogado, a quien le dice El Jefe, tiene desde hace décadas una comunicación fluida con los factores de poder en el país. Si están dentro de la ley o fuera de ella es secundario, algo que no le quita el sueño. De hecho, si están fuera de la ley es mejor porque las ganancias se multiplican y las preguntas escasean. Los abogados del diablo tienen las cuentas bancarias más abultadas.

Alrededor de Diego circulan leyendas urbanas imposibles de comprobar. Creo que la mayoría son falsas, pero que las reales superan a las inventadas. Desde la década de los años 80 del siglo pasado se mueve en las grandes ligas. Los lectores más jóvenes lo conocen poco, pues estaba en su semirretiro, del cual salió para ser escudero de Ricardo Anaya. Los millennials lo ven ahora como el adulto mayor que dice groserías, como ellos, y que trata de conducir a un chamaco mañoso hasta Los Pinos.

El otro día soltó un “hijos de puta” dirigido a funcionarios de la PGR, que invitaron al candidato panista a declarar sobre un caso de lavado de dinero en el que está enredado. Como tiene contactos en todos lados, Diego pudo decir eso y al rato irse a comer tacos a la casa de la familia Meade. Panistas y priistas echando mano a sus fierros como queriendo pelear y esos dos taqueando tan quitados de la pena. ¿Qué papel juega, qué intereses defiende, cuándo dice la verdad? Dicen que el otro día dijo algo que me he resistido a creer: aseguró que él estuvo en contra del operativo del desafuero contra López Obrador. Como siempre habla con tono áspero es difícil de saber si fue un chascarrillo, una gracejada, una broma de mal gusto o un aviso para reescribir la historia.

Que Diego haya decidido ser parte del equipo de Ricardo Anaya genera suspicacias de todo tipo. Nunca se sabe, bien a bien, cuál es su juego.

Cumpleaños tricolor. No es sencillo comprender la importancia que Luis Donaldo Colosio terminó teniendo para los priistas. En los primeros años 90, se le tenía como un cuadro disciplinado, moldeado por el presidente en turno, pero sin las luces del mandatario ni del entonces regente de la ciudad. Cumplió los encargos que se le encomendaron pero tuvo muchísimos problemas para echar a andar su campaña presidencial en un entorno de efervescencia en el que él no era, ni con mucho, el jugador principal. Salinas, Camacho, Marcos y el obispo Samuel Ruiz acapararon por meses las primeras planas de la prensa nacional.

Hasta que pronunció su discurso en la explanada del Monumento a la Revolución llamó la atención. En el contexto imperante, Colosio estaba mucho más contento porque Camacho asumió la realidad y dio un paso al lado dejando en claro que el candidato sería el sonorense, que por el discurso. Después vino la tragedia de Lomas Taurinas que cambió el curso de la historia política del país y ese discurso adquirió una relevancia que todavía, lo vimos ayer, conserva, sobre todo el pasaje aquel de que en México hay hambre y sed de justicia, lo cual sigue siendo rigurosamente cierto. Meade, que no milita en el PRI, recurrió a ese discurso de Colosio como otros candidatos presidenciales del PRI lo hicieron antes. A Zedillo y Peña les ayudó, a Labastida y Madrazo no les sirvió para nada. ¿Cómo le irá a Meade?

jasaicamacho@yahoo.com

@soycamachojuan

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