El adoratorio encalado y el Metro

Rafael Cardona

En la arqueología hay dos ideas en permanente conflicto: los conservacionistas contra los reconstructores. La preservación y la falsificación.

Un ejemplo de lo primero es el Templo Mayor, en el que algunas estructuras se consolidaron sin alterarlas ni ponerles agregados. Otro es el de Palenque, donde se construyó sobre lo recuperado. Un desastre postizo, cuyo diseño se hizo nada más con el auxilio de la imaginación.

Ahora, desde hace unas semanas en la Ciudad, vemos otro esperpento de la arqueología.

Acuciados por la ociosidad y el sentido de notoriedad del exdirector del STC, Jorge Gaviño, los sabios del INAH (quienes ni por asomo intervinieron en la ruta 7 del Metrobús sobre la Calzada de los Misterios), convirtieron la pequeña edificación circular de la estación Pino Suárez, el adoratorio de Ehécatl, en un pastel de Sanborns.

Para “preservarlo” de las inclemencias de la intemperie, el adoratorio fue cubierto de cal y aplanado.

“…Por primera vez en la historia del STC, sumando esfuerzos con el INAH —dice la prensa del ufano Metro—, se logró la rehabilitación con una investigación formal llevada a cabo por especialistas, que permitió realizar las labores de conservación con técnicas prehispánicas de encalamiento”.

Hoy el pequeño edificio se mira blanco, blanco; con ángulos precisos, como si fuera una enorme maqueta de tablarroca. La belleza de su condición de vestigio, sus pedruscos sobrevivientes a las eras, su piel rugosa por la agresiva caricia del tiempo (linda frase), han sido sustituidos por la grotesca condición  de pantalla para proyecciones, porque con el maravilloso sentido de lo moderno, sobre sus costados se van a plasmar coloridas imágenes “pedagógicas”, debidamente digitalizadas.

Las técnicas prehispánicas de encalamiento, permiten proyectar maravillas digitales del siglo XXI. Ahí nomás p’al gasto.

El adoratorio de Ehécatl en la estación Pino Suárez, se ha convertido en una exposición de sitio, con láminas muy nostálgicas de cuando se hicieron las excavaciones del Metro en la Línea 2 y se decidió preservar el vestigio, cuya rotunda forma circular, si bien pequeña, es bella y armónica, más allá de su significado cultural actual (bastante falsificado) y religioso de antaño (absolutamente olvidado).

Pero el caliche sobre el vestigio forma algo llamado por algunos seguidores de esta escuela de “preservación, “la capa de sacrificio”; es decir, se cubre para proteger. Pues si de veras lo quieren proteger, pónganlo nuevamente bajo tierra.

El tiempo cuida mejor las ruinas, al menos éstas, las cuales se conservaron cinco siglos sin intervención de la mano humana. Y cuando se la metieron (sin albur), las falsificaron.

Vea usted:

“…Tras agradecer la presencia de investigadores del INAH, como Raúl Barrera Rodríguez, director del Programa de Arqueología Urbana; Morrison Limón Boyce, titular de la Dirección de Estudios Arqueológicos (DEA); Josefina del Carmen Chacón, investigadora de la DEA; de Raúl Arana, quien codirigió junto a Jordi Gussinyer los trabajos de exploración del Adoratorio a Ehécatl, y de Vanessa Bohórquez López, responsable del área de Cultura del STC Metro (vaya grupo), el titular de esta última dependencia, Jorge Gaviño, destacó que otra innovación está en el videomapping, que en lo sucesivo se proyectará en los costados de la estructura prehispánica.

Esta herramienta multimedia, refirió, brindará tanto a los usuarios del Metro como a los transeúntes de la Plaza Pino Suárez, “una experiencia única, en la que se podrá conocer la historia y los aspectos míticos” de Ehécatl-Quetzalcóatl.

¿Cómo se dirá videomapping en náhuatl? ¿“Videótlmapatzin”, acaso?) ¡Cóñotl!

Pero sigamos con las voces oficiales:

“…Parte de lo referido en ese video muestra, por ejemplo, las tres edificaciones superpuestas que conviven en el templo y que corresponden a tres deidades del panteón mexica: Tláloc, en el segmento cuadrangular y más bajo del adoratorio; Ehécatl, en la parte circular del mismo; y Omácatl —numen de los convites—, aludido en los chalchihuites que rodean a manera de franja la sección que invoca al dios del viento”.

Si fuera necesario —y ésa no es aportación de los arqueólogos del INAH, sino de un seguidor de esta columna—, se podría mejorar la “experiencia única”, con el acompañamiento musical de Gael García cantando “Recuérdame”, lo cual sería lo más indicado para esta “pixarización” de la protección arqueológica.

También se podrían vender llaveritos de “Coco” o guitarras de Paracho, policromadas con calaveritas.

Y frente a este desfiguro quedan las palabras del director del INAH, Diego Prieto:

“Este sitio reviste una importancia adicional al ser pionero en materia de protección al patrimonio cultural, pues su exploración en 1967, perfiló el establecimiento en el INAH de la actual Dirección de Salvamento Arqueológico, y antecedió a la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, de 1972”, lo cual equivale a decir, engordó la nómina del INAH y nos regaló otra ley entre las muchas tergiversadas o incumplidas de este país.

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

elcristalazouno@hotmail.com

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