Las mujeres detrás de las cámaras en el cine nacional | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Miércoles 07 de Marzo, 2018

Las mujeres detrás de las cámaras en el cine nacional

Especial. De Mimí Derba a Tatiana Huezo, pasando por Matilde Landeta, María Novaro y Marissa Sistach, Crónica hace un repaso de las directoras mexicanas que marcaron la historia

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El cine es una expresión artística que no tiene barreras de género, pero desde su surgimiento, hace más de un siglo, la presencia femenina tuvo que librar duras batallas para obtener un lugar en el ámbito de la realización cinematográfica.

A través de diversas expresiones de feminismo, como una forma de lograr la emancipación a igualdad en un entorno machista, los primeros filmes, que a su vez tuvieron que superar la barrera de ser proyectados en espacios públicos por temor a lo poco comerciales que podían llegar a ser, fueron recibidos con una frialdad casi generalizada y múltiples objeciones por parte de la crítica cinematográfica masculina.

El esfuerzo de las mujeres por crear una identidad feminista en la cinematografía, que inició a principios del siglo XX, hoy en día es reconocido a nivel internacional.

Pioneras. María Herminia Pérez de León Avendaño (1893-1953) —quien cambió su nombre a Mimí Derba en el inicio de su carrera cuando debutó como actriz en el Teatro Lírico— es considerada la primera directora mexicana. Junto al prestigiado camarógrafo Enrique Rosas, creó en 1917 Azteca Films, la primera compañía de cine de México con el propósito de que el país pudiera producir sus propias historias.

Ese mismo año, la empresa creó cinco películas, estelarizadas y escritas por Mimí Derba, y posteriormente, la reconocida actriz, dirigió La tigresa, una cinta con influencia del estilo de cine italiano de la época, que la convirtió en la primera mujer en dirigir una película en México.

A ella le siguieron otras como las hermanas Adriana y Dolores Elhers, quienes fueron las primeras en recibir el apoyo financiero por parte de la Secretaría de Gobernación, durante la presidencia de Venustiano Carranza, quien las conoció en una de sus giras por Veracruz y les otorgó una beca para estudiar fotografía en los Estudios Champlain en Boston, a su regreso, con el conocimiento del manejo de la cámara cinematográfica, son las encargadas de crear documentos fílmicos como Un paseo en tranvía en la Ciudad de México (1920), Las pirámides de Teotihuacán(1920) y el partido de futbol Real España vs. Real Madrid (1921).

Años más tarde, la yucateca Cándida Beltrán Rendón fue la primera mujer en dirigir un largometraje con argumento: El secreto de la abuela (1928), filmado en la antigua Secretaría de Relaciones Exteriores, entonces ubicada en Avenida Juárez. Ella fue la última de las cinco mujeres directoras del periodo silente del cine mexicano.

A destacar también el trabajo de Juliet Barrett Rublee, quien se desempeñó en su carrera como asistente de dirección, productora y guionista y además fue una activista feminista que trabajó con Margaret Sanger en Estados Unidos en un movimiento a favor de legislar el uso de algún método anticonceptivo que permitiera a las mujeres planear su reproducción; tiene además tiene el honor de ser la productora de la primera película estadunidense realizada por completo en México, ­Flame of Mexico (1932), también conocida como The Heart of Mexico y Alma mexicana.

En esa época, la actriz Elena Sánchez Valenzuela también probó suerte detrás de la cámara con éxito al dirigir la película Michoacán (1936), uno de los primero filmes respetados por la crítica; sin embargo, la entrada triunfal más destacada de ese entonces fue de la cineasta Adela Sequeyro, quien además fue guionista, actriz, productora y editora.

Sequeyro firmaba sus trabajos bajo el nombre de Perlita, un humilde diminutivo que quedaba corto para la sagacidad que mostraba en la pantalla grande, en filmes como La mujer de nadie.

Gran parte de los filmes hechos por mujeres lograron su exhibición gracias a Adelina Barrasa, quien era dueña del Cine Odeón, una sala de tres mil asientos localizada en la calle de Mosqueta, en el corazón de la Ciudad de México.

Época de oro. Junto con el inicio de la gloriosa época del cine nacional, surgió también la cineasta más completa hasta esa entonces conocida: Matilde Landeta, quien también escribió, editó y produjo sus propias cintas y tuvo una formación como guionista y asistente de dirección al lado de famosos directores, como Julio Bracho y Emilio El Indio Fernández.

En 1948 dirigió su primer largometraje, titulado Lola Casanova, por la que tuvo que hipotecar su casa, debido a que ninguna productora quería financiar un proyecto al mando de una mujer, además de que su proyección fue casi nula. Lo mismo ocurrió con sus siguientes filmes La negra angustias y Trotacalles, que la dejarían sin poder dirigir alrededor de cuatro décadas.

Regresó a la silla de dirección con Nocturno a Rosario (1991), luego de varios años de ser olvidada; posteriormente fue reconocida por el gremio y recibió un Ariel, además del Premio de la Prensa Católica en el Festival de Berlín, ambos por Mejor Argumento gracias a ­El camino de la vida (1956).

Por su parte también destaca la labor de Carmen Toscano, directora, documentalista, editora, guionista de cine y de teatro, poeta, productora y escritora, cuya obra principal se dio en la poesía, cuentos cortos y obras de teatro, pero que también tuvo su aporte al cine cuando produjo, escribió el guion y editó una de las obras más importantes del documental mexicano del siglo XX: Memorias de un mexicano (1950).

A la historia de censura de Landeta y Toscano se sumaron los casos de muchas cineastas más hasta que, en 1972, Marcela Fernández Violante incursionó en el séptimo arte con el cortometraje documental Frida Kahlo. Dirigió largometrajes como Cananea (1976), Misterio (1980) y En el país de los pies ligeros (1981), por mencionar algunos.

Una época en la que el rol de la mujer en el cine reflejaba principalmente las fantasías masculinas a través del erotismo y la sensualidad. Ante estos panoramas cliché, las cineastas iban contracorriente y exponían tramas completamente opuestas a partir de contextos sociales históricos para hacer una crítica al machismo como Fernández Violante lo expuso en De todos modos Juan te llamas (1976) y Cananea (1978). La primera tiene como telón de fondo la Guerra Cristera en México, en tanto que la segunda aborda la famosa huelga sonorense, preludio de la Revolución Mexicana.

En la década de los 80 surgieron otras cineastas y actrices, como María Elena Velasco que se convirtió en uno de los rostros más representativos de la cinematografía y la televisión mexicana por su interpretación de La India María, un personaje de su creación, que exageraba los estereotipos de los indígenas del país, lo que le valió un lugar en el imaginario popular, también dirigió filmes cómicos como El coyote emplumado (1983), Ni Chana ni Juana (1984) y Se equivocó la cigüeña (1992).

Por su parte, Dana Rotberg también inició su carrera en esa época. En 1985 recibió el Premio Ariel a Mejor Cortometraje Documental por Elvira Luz Cruz, pena máxima, y en 1992 realizó su aclamada cinta Ángel de fuego, que compitió a Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de Chicago. Su trabajo la llevó a satisfacer otras inquietudes, entre ellas las de llevar el cine a Sarajevo en medio de la guerra y a filmes como Otilia Rauda (2001) basada en la novela homónima de Sergio Galindo y recientemente Mentiras blancas (2013), que se estrenó en el Festival de Toronto.

En los años 80 también surgen dos de las directoras más destacadas a nivel internacional que llevarían su carrera hasta el nuevo milenio. Primero Marissa ­Sistach, quien se dio a conocer con el cortometraje ¿Y si platicamos de agosto? (1980). Estuvo nominada en cinco ocasiones al Premio Ariel, el cual ganó en 1996 por el documental La línea paterna; también fue la creadora de Perfume de violetas, nadie te oye (2000), que representó a México en los Premios Goya y forma parte de su trilogía de filmes sobre la violencia sexual contra las adolescentes, la cual se complementa con Manos libres, nadie te habla (2004), y La niña en la piedra, nadie te ve (2006).

Por su parte María Novaro es la directora mexicana con más largometrajes y, a su vez, la más premiada en la historia del cine mexicano en festivales internacionales como el de Berlín, La Habana, Sundance y el Ariel, entre otros. Es la creadora de filmes como Lola (1989), Danzón (1991), Otoñal (1992), El jardín del edén (1994) y Sin dejar huella (2000), por mencionar algunos. Su obra se inclina por las historias urbanas en general, para después hacer un zoom in al ámbito privado de la familia y a la vida cotidiana, incluyendo el ambiente laboral, en la que también la música juega un papel muy importante en sus narraciones porque subraya emociones y situaciones por las que atraviesan sus personajes.

En el cine de María Novaro y Marisa Sistach se insiste en mostrar a una mujer libre de atavismos, que disfruta su sexualidad sin temores ni remordimientos, son quizás las cineastas más feministas del cine nacional: sus personajes femeninos son representados como seres con libertad propia que rompen con los modelos estereotipados de lo femenino, posibilitando la visión de distintas formas de ser mujer. Un tipo de cine que ha sido referente de las nuevas realizadoras en la actualidad.

En esa época también destacan otras cineastas: Nacida en Costa Rica, pero formada académicamente en México, Guita Schyfter, destacó en los años 80 y 90 con filmes como Novia que te vea(1993), Sucesos distantes (1994), Las caras de la luna (2001) y Huérfanos (2013) y Busi Cortés, quien dirigió filmes como El secreto de Romelia (1988).

Nuevas generaciones. En los años 90 se dieron a conocer un buen número de realizadoras, entre ellas Sabina Berman, quien con inclinación más teatral, codirigió Entre Pancho Villa y una mujer desnuda (1995); pero que además se ha desempeñado como guionista de filmes destacados, como Gloria, biopic de la cantante Gloria Trevi.

En los últimos años han figurado algunas mujeres talentosas como Tatiana Huezo, quien con su documental Tempestad (2016) —que la llevó a tener triunfos en la Berlinale y los Premios Fénix— se convirtió en la primera mujer en ganar el Ariel a Mejor Dirección. O Mitzi Vanessa Arreola, codirectora junto a Amir Galván Cervera, de La 4ta. compañía, que el año pasado se llevó el Ariel a Mejor Película, así como Issa López que el año pasado deslumbró al mundo con su filme Vuelven, luego de una trayectoria como guionista.

Asimismo, María del Carmen de Lara, con En el país de no pasa nada (2000), es otra de las figuras detrás de cámaras de los años 90 y, en el nuevo milenio, Mariana Chenillo, con Cinco días sin Nora (2008); Paraíso (2013); Kenya Márquez, con Fecha de caducidad (2012); Patricia Martínez de Velasco, con Aquí entre nos (2012); la realizadora de origen argentino Paula Markovitvh, El premio (2011) y Patricia Riggen, La misma luna (2007) y Educando a mamá (2012), esta última también encargada del rodaje de Los 33, sobre los mineros de chile, con actores como Antonio Banderas y ­Juliette Binoche a su mando, encabezan a las nuevas realizadoras del momento.

A ellas les sumamos a más jóvenes como Claudia Saint-Luce, Los insólitos peces gato (2013); Natalia Beristain, No quiero dormir sola (2012); Elisa Miller, Llover (2008); Sandra Martínez Crowthe, Cosas insignificantes (2008); Daniela Schneider, Cesado (2005); Yulene Olaizola, Paraísos artificiales (2011); Iria Gómez, Asalto al cine (2011); la guionista Lucía Carreras, Año bisiesto (2010) y La jaula de oro (2013); Jimena Montemayor, En la sangre (2015); Lucía Gaja, Batallas íntimas (2016); Sandra Luz López Barroso, Artemio (2017), entre muchas otras, sin olvidar el trabajo descomunal de productoras como Bertha Navarro, Mónica Lozano o Tita Lombardo.

Finalmente, cabe señalar que a pesar del creciente número de cineastas talentosas en México, la realidad es que aún no es un número equitativo en comparación con los directores hombres. Sin embargo, quizás las cosas cambien en los próximos años pues en escuelas como el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) y el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), más del 50 por ciento de sus alumnos son mujeres.

 

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