Se acabó la impunidad, también para la pederastia en la Iglesia católica | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 09 de Marzo, 2018

Se acabó la impunidad, también para la pederastia en la Iglesia católica

Fin. El antejuicio abierto al cardenal Pell por encubrir la pederastia en la Iglesia australiana durante décadas y la presión al Papa para que destituya al obispo chileno Barros demuestran que el hartazgo de la sociedad ante los abusos sexuales señala también al clero

Se acabó la impunidad, también para la pederastia en la Iglesia católica | La Crónica de Hoy

Mientras buena parte de las miradas en el mundo se dirigía estos días hacia las manifestaciones que se preparaban en medio planeta para reivindicar la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, el cardenal George Pell declaraba ante un tribunal australiano, que investiga si se le puede abrir un juicio formal por haber encubierto durante décadas los abusos sexuales a niños por parte de clérigos de la Iglesia católica del país.

La corriente de tolerancia cero con los abusos sexuales contra las mujeres enseguida cuajó en una sociedad hastiada por décadas y décadas de sometimiento femenino al patriarcado. El crecimiento, ya en los últimos años, de la lucha femenina por una sociedad libre de violencia machista parece estar contagiando, de manera silenciosa, a toda la sociedad en lo que a los casos de pederastia en la iglesia se refiere.

No es un fenómeno nuevo, desde luego, pues la primera demanda contra un religioso por abusos sexuales se presentó en Estados Unidos en los años cuarenta del siglo pasado, pero es ­innegable que el Siglo XXI ha dado un empujón definitivo al fin de la tolerancia con los religiosos.

BOSTON. Cuando uno piensa en escándalos de abusos sexuales en la Iglesia católica, piensa inmediatamente en Boston. Y con razón. Corría el año 2002 cuando el periódico Boston Globe destacó un verdadero escándalo dentro de la congregación local. El rotativo reveló cómo el cardenal Bernard Law, fallecido este pasado diciembre, encubrió abusos durante 30 años, moviendo de iglesia en iglesia a múltiples sacerdotes acusados de violar a niños. Uno de muchos de ellos, el padre Paul Shanley, fue acusado de abusar de hasta 130 niños, uno de los cuales tenía sólo cuatro años cuando ocurrieron los hechos.

La valiente investigación del Globe le valió el premio ­Pullitzer en 2003, y aquel escándalo animó a muchas víctimas a denunciar a sus abusadores, que a menudo se aprovechaban de situaciones de vulnerabilidad, por ejemplo, hijos de familias desfavorecidas que volcaban sus esperanzas en la fe religiosa y en la comunidad religiosa local.

GEORGE PELL. A lo largo de los siguientes años, las denuncias de abusos de sarcedotes aumentaron, pero una de las imágenes más impactantes llegó —ahora hace dos años— cuando el cardenal George Pell, el número tres del Vaticano, encargado de las finanzas de la institución desde 2014, declaró por videoconferencia, ante la comisión australiana, que investigaba la respuesta de la iglesia a las acusaciones de pederastia.

Pell admitió que en los años 80 había “un mundo de crímenes y encubrimientos” en la Iglesia católica australiana, y aunque pidió disculpas porque la institución no fue capaz de hacer más, aseguró que le escondieron los abusos.

Sin embargo, en junio de 2017 la justicia australiana le abrió un proceso no sólo por encubrimiento sino por abusos, recuperando los relatos de varios hombres que en 2002 acusaron al cardenal de haberles hecho tocamientos a finales de los años 70, cuando Pell era un joven sacerdote en Melbourne. El papa Francisco tuvo que darle una excedencia para que viajara a Australia a defenderse.

Pell se sentó por primera vez en el banquillo de los acusados este pasado martes, en el juicio previo que las autoridades de Victoria le han abierto para determinar si hay pruebas suficientes para iniciarle un juicio formal. Así, el cardenal Pell se convirtió en la figura de mayor peso en la Iglesia católica en todo el mundo en ir a juicio por un escándalo de abusos sexuales a menores.

LA ACCIÓN DEL PAPA. En América Latina, la región más profundamente católica en el mundo, los casos de abusos se han silenciado de una manera más aplastante, si cabe, que en el resto del mundo. En México, por ejemplo, no fue hasta  abril de 2017 que la Conferencia del Episcopado Mexicano reconoció y condenó por vez primera los abusos de sacerdotes mexicanos a niños.

El papa Francisco, el primer pontífice latinoamericano de la historia, ha tomado una postura infinitamente más contundente respecto al asunto que su antecesor, Joseph Ratzinger. Jorge Bergoglio ha denunciado múltiples veces la “monstruosidad” que suponen estos abusos, algo que demuestra que los tiempos, definitivamente, están cambiando.

BARROS Y KARADIMA. Lo hizo por última vez el pasado enero, durante su visita oficial a Chile. “No puedo dejar de manifestar el dolor y la vergüenza que siento ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la Iglesia”, dijo Francisco desde el Palacio de la Moneda en Santiago.

Sin embargo, sus honrosas palabras recibidas fueron poco reconfortantes para las víctimas del sacerdote Fernando Karadima, convertido en paria desde que en 2011 fue condenado por abusar de niños hasta con violencia, y fue expulsado de por vida, negándole la Santa Sede todas sus peticiones de perdón.

¿La razón? Francisco se acompañó durante todos y cada uno de sus actos en la gira, por Juan Barros Madrid, obispo de Osorno y acusado por muchas de las víctimas de encubrir durante años los abusos de Karadima. De hecho, Barros fue nombrado obispo en 2015, cuando ya pesaban las acusaciones sobre él. Cuando le cuestionaron, el Papa afirmó: “No hay una sola prueba contra él; todo es calumnia”.

Tan grande fue la presión sobre Bergoglio a raíz de su escandalosa gira que, días después de regresar de Chile, su propia comisión para estudiar los casos de abusos le tuvo que convencer de que enviara a un sacerdote al país a investigar las acusaciones contra el antiguo colaborador de Karadima.

SE AGOTÓ EL TIEMPO. Este gesto prueba, de nuevo, que los tiempos están cambiando. En 2015, Hollywood convirtió la historia de la investigación del Boston Globe en un filme maravilloso llamado En Primera Plana (Spotlight), que, de hecho, ganó el Oscar a la mejor película en 2016. Merecidamente.

En la gala del pasado domingo, el movimiento #metoo (Yo también) hizo patente el empoderamiento de millones de mujeres en el mundo, que se han hartado de verse sometidas y han dicho: Time’s up (se agotó el tiempo). Alrededor del mundo católico, miles y miles de víctimas han demostrado que tampoco están dispuestas a que el enorme poder de la Iglesia católica barra bajo la alfombra las monstruosidades de una porción nada desdeñable de sus clérigos. También dicen: Time’s up.

 

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