¿Por qué el antisistema gana? Italia en apuros

Carlos Matute González

La primera razón es la falta de soluciones viables a la acumulación de problemas. Ojo, no es la falta de propuestas, sino la certeza de que ninguna política pública más o menos racional dará los resultados esperados en el corto plazo. Es previsible que las sociedades estén dispuestas a dar un salto al vacío ante un negro panorama.

Cada país tiene su propia carga negativa. En Latinoamérica, el principal lastre son la pobreza y la desigualdad social y, por lo tanto, es el bastión del populismo. La mejora gradual de las condiciones de vida no es aceptable para la mayoría de los votantes que consideran que el mal lo representan los gobiernos y la salida a esta crisis es su reducción y arrinconamiento. No a las contribuciones, no a la autoridad. Sí a un mayor presupuesto público, sí al ejercicio irrestricto de las libertades.

La paradoja es que lo segundo no puede existir sin lo primero. No hay más gasto social si no hay más impuestos o si no se recurre a la deuda pública. No hay más libertades si no existe un orden mínimo que garantice su ejercicio efectivo. Todos queremos el paraíso en la Tierra: no pago de impuestos, ingreso universal garantizado, eliminación de las multas, los policías y el ejército, así como servicios y bienes públicos gratuitos o por lo menos subsidiados; pero éstas no son propuestas serias de campaña, sino simples deseos. Mi abuelita los calificaría de sueños guajiros.

El ejemplo más reciente son las elecciones en Italia. La mayoría absoluta quedó en manos del Movimiento 5 estrellas (partido populista y cibernético) y la Liga (partido xenofóbico), que es una combinación poco estable para la tercera de las economías europeas. ¿Por qué? Por el fracaso de los partidos tradicionales —en palabras de Francisco Baez— “espacios de mercadotecnia política y reparto de puestos y prebendas”. El “descontento” de las generaciones jóvenes de obreros obedece a que hay 11.3% de desempleo, una deuda pública que representa el 1.4 del PIB y un gasto social orientado al pago de buenas pensiones a los mayores de 55 años (La Crónica de Hoy, 6-03-18). Uno de los actores políticos importantes, herido en el orgullo, niega su apoyo a la mayoría: “Nada de consultas, me voy a esquiar” (El País, 6-03-18).

El entrecomillado del descontento obedece a que nadie sabe en realidad contra qué del arreglo estructural de la economía, ni de la política, está. Hay un rechazo, una clase gobernante y empresarial sumida en su propio discurso que pretende vender futuros demasiado racionales y en conflicto permanente por sus propias contradicciones, cuyo principal síntoma es la acusación permanente de corrupción al adversario. La figura de Berlusconi es emblemática de esta decadencia y es incomprensible su sobrevivencia en la vida pública italiana para los observadores externos.

¿Cuál es la propuesta política? La respuesta es un lugar común: combatir la corrupción, pero ésta es muy ambigua porque se utiliza para todo. ¿Qué significa este combate en concreto además de la amenaza de perseguir a cualquier persona en el próximo gobierno? ¿Aumentará la disponibilidad de servicios públicos? ¿Se ampliará la cobertura en salud y seguridad social? ¿Se transformará el sistema de pensiones para hacerlo más equitativo en términos intergeneracionales? ¿Se abandonarán los modelos obsoletos de educación superior, sindicalismo rígido, intervención estatal excesiva, entre otros, o se regresará a su versión más autoritaria y demagógica?

El balance hoy es negativo en el proceso electoral que vivimos. Hay más llamados a la exclusión, a profundizar el enojo contra todo o a la creación de fantasías sociales, que a encarrilar una propuesta política viable y creíble para la población. El último elemento que falta para que el votante pueda decidir son las listas de los candidatos plurinominales y por mayoría relativa. Los acompañantes del candidato a la Presidencia sí importan y éste es un punto contrastante con las anteriores elecciones.

La persona y el grupo que lo rodea es la fórmula que revisará el elector. Evidentemente, el candidato presidencial es el más visible nacionalmente, pero el resto opera con una lógica más regional. Un buen candidato al Senado sumará votos, uno malo los restará y en estas condiciones cualquier porcentaje de la votación será necesario en el conteo final.

La propuesta antisistema es un factor importante en el ánimo del votante, pero todavía no decisivo en el caso mexicano. El populismo sólo agrega descontentos, pero no elabora proyectos coherentes y las coaliciones inspiradas en la antipolítica suelen ser efímeras e ineficaces para resolver de fondo los problemas sociales y, por el contrario, los profundizan e incrementan las tensiones sociales. El alivio de las presiones financieras que ofrecen los gobiernos populistas es pasajero y la sensación de triunfo es breve.

La clave para evitar un giro drástico al rumbo trazado en los últimos años aparentemente se encuentra en la capacidad que tenga el grupo gobernante y sus aliados para hacer un frente común a quienes proponen como única salida a la crisis de credibilidad que vivimos un salto al vacío. Cuidado, Italia lo dio y los resultados todavía son inciertos. La inestabilidad política está de regreso y quienes suelen ser los más afectados son los apoyos del populismo, es decir, los más pobres y los marginados. Vale.

Profesor de posgrado del INAP

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