“No hay Dios”, dijo, y con gran escándalo, El Nigromante entró a la vida pública | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 10 de Marzo, 2018

“No hay Dios”, dijo, y con gran escándalo, El Nigromante entró a la vida pública

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En el umbral de la habitación apareció un muchacho larguirucho, moreno, abrigado con un capote que había conocido mejores días. Los asistentes a la tertulia de aquella jornada lo miraron: ­jamás lo habían visto antes. Sus ropas, gastadas, hablaban de una pobreza que se sostenía de dignidad. Quienes lo vieron esa tarde dijeron que se veía un tanto tímido, quizá nervioso. Pero ese joven tenía algo diferente.

—¡Adelante!

Hablaba Andrés Quintana Roo, aquel hombre ya anciano, a quien todos miraban con respeto. En 1836, el antiguo colaborador de José María Morelos era considerado una especie de reliquia de la República. Su presencia en aquella sesión de lo que todos ya llamaban Academia de Letrán era signo indiscutible de prestigio, porque lo que había comenzado como una reunión amistosa de los estudiantes José María y Juan Lacunza, Manuel Tossiat Ferrer y Guillermo Prieto, en aquel cuarto del Colegio de San Juan de Letrán, se había convertido en una peculiar tertulia, en la que ya lo mismo participaban esas ­jóvenes promesas literarias que escritores ya consolidados como Ignacio Rodríguez Galván, Manuel ­Carpio o José Joaquín Pesado; o personajes  de la vida política, como el general José María Tornel.

Quintana Roo, una especie de padre adoptivo y protector de Guillermo Prieto, se había sumado al grupo una tarde, cuando entró diciendo: “Vengo a ver qué hacen mis muchachos”.  Entre aplausos de la concurrencia, había sido nombrado por unanimidad presidente perpetuo de la Academia de Letrán. No era un sitio al que se iba por dinero o con la expectativa de ganarlo. Cuando inauguraron aquellas reuniones, con algo de inocencia y mucha buena voluntad, Prieto, Tossiat y los hermanos Lacunza, celebraron con un banquete de rebanadas de piña espolvoreada con azúcar: el bolsillo de los fundadores no daba para más. El “empujoncito” de Quintana Roo había aumentando su fama pública y les ­había dado prestigio. Hasta algunos eclesiásticos intelectuales y el rector del Colegio de San Juan de Letrán, el señor Iturralde, se habían abonado a la sociedad.

Para octubre de 1836 cuando aquel humildísimo joven se paró en el umbral del cuarto de José María Lacunza, la Academia de Letrán llevaba funcionando sólo cuatro meses, en los cuales había logrado colocarse en la república de las letras de la joven nación.

Lo que este muchacho quería exponer haría ruido, y ­mucho; marcaría el debut en sociedad de un personaje que libraría numerosas batallas ideológicas en los siguientes 43 años, entre las que destacaron las que defendían la libertad de prensa y la libertad de expresión.

Se llamaba Ignacio Ramírez Calzada. Andando los años, tendría fama de ser un liberal radical y México entero escucharía hablar de él y lo llamaría por su sobrenombre, con el cual todavía, en el siglo XXI, muchos lo mencionan: El Nigromante.

“NO HAY DIOS”… Y SE ARMÓ EL ESCÁNDALO. El muchacho Ramírez, que aparentaba unos 18 años, a lo mucho 20, avanzó hasta la mesa donde se encontraba Andrés Quintana Roo, quien lo interrogó:

—¿Qué mandaba usted?

—Deseo leer una composición para que ustedes decidan si puedo pertenecer a esta Academia.

—Siéntese usted.

El joven tomó asiento. Al abrirse el gastado gabán pudo verse su modesta vestimenta. De un bolsillo sacó un puñado de papeles de las más variadas formas y los más diversos colores; en ese manojo lo mismo había carteles de las corridas de toros que programas de teatro; papelillos pequeños y moldes para cortar vestidos. El muchacho, evidentemente, sin tener dinero para comprar hojas de papel, había aprovechado cuanto material caía en sus manos para escribir su disertación, que estaba plasmada en el reverso de tan extraña colección. Pero si el curioso documento causó la extrañeza de la honorable concurrencia, el decoro y la compostura se fueron al demonio cuando Ignacio Ramírez leyó el título de su texto:

—“No hay Dios. Los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”.

Guillermo Prieto lo escribió muchos años después: “El estallido inesperado de una bomba, la aparición de un monstruo, el derrumbe estrepitoso del techo, no hubieran producido mayor conmoción. Se levantó un clamor rabioso que se disolvió en altercados y disputas. Ramírez veía todo aquello con despreciativa inmovilidad”.

El primero en exaltarse fue Iturralde, el rector:

—Yo no puedo permitir que aquí se lea eso; éste es un establecimiento de educación.

Los liberales empezaron a defender el derecho del joven Ramírez.

—Éste es un cuarto en el que todos somos mayores de edad, se metió el general Tornel.

Eso no era cierto —la mayoría de edad se alcanzaba a los 21 años, y en ese grupo, por lo menos, Tossiat, Prieto y el propio Ramírez apenas llegaban a los 18—, pero el argumento era bueno.

—“Que se ponga a votación si se lee o no”— sugirió otro tertuliano, de apellido Murguía.

El pleito se volvía pesado por momentos. Quintana Roo se ­puso audaz:

—Yo no presido donde hay mordaza.

Y el anciano hizo su jugada maestra: se levantó de su asiento, dispuesto a marcharse. El ­rector Iturralde neceaba:

—No se hará aquí esa lectura.

Tornel buscaba alternativas y amenazaba, veladamente, con buscarle otra sede a la Academia de Letrán:

—Se hará aquí o en la ­Universidad.

—¡O en mi casa! —terció don Fernando Agreda, seguidor de la academia y hombre próspero. El jaloneo crecía:

—Señor doctor: no le ha de costar a Dios la silla presidencial esa lectura.

—Eso será un viborero de blasfemias.

Intervino un sacerdote, de apellido Guevara. Y con su intervención sintetizó todo lo que los hombres que profesaban ideas ­liberales en aquella habitación estaban pensando:

—¡Triste reunión de literato! –dijo— la que se convierte en ­reunión de aduaneros que declaran contrabando el pensamiento; y triste Dios y triste religión, los que tiemblan delante de ese montón de papeles, bien o mal escritos!

El rector guardó silencio. El vacío se llenó con voces entusiastas:

—¡Que hable Ramírez!

 —¡Que hable! ¡Que hable!

Ignacio Ramírez tomó la palabra.

AMIGOS, DESTINO, FUTURO. Poco a poco, los integrantes de la Academia de Letrán se fueron enterando de quién era Ignacio Ramírez. Era guanajuatense, de San Miguel el grande. Hijo de Lino Ramírez, comerciante y simpatizante de los insurgentes de 1810. Ignacio había marchado a la Ciudad de México para estudiar abogacía. Dato insólito: se había leído enterita la biblioteca del Colegio de San Gregorio, y la iba pasando en enorme pobreza, pero decidido a terminar sus estudios.

Su escandalosa presentación en sociedad tuvo buenas consecuencias para él, porque lo cierto es que toda su argumentación estaba armada para que los escuchas advirtieran cuán sólida era su formación y qué bueno era su aprovechamiento. Lo interrogaron después de la disertación. Era escéptico de eso que desde entonces llamaban “amor a la patria” y le gustaba el puerto de Veracruz, porque por allí se salía del país. Le aplaudieron y, sin reservas, lo admitieron en la Academia de Letrán.

Ganó Ramírez también un amigo y compinche que le duraría toda la vida: Guillermo Prieto, que era de la misma edad. Juntos verían al país cambiar y serían partícipes de esos cambios. Fernando Agreda, bondadoso, ayudaría económicamente al muchacho y Francisco de Olaguíbel, gobernador electo del Estado de México, lo comprometió a ser su secretario no bien tomase posesión del cargo. En aquel cargo influiría para crear proyectos de educación pública.

Andando los años, fundaría periódicos y sería conocido por su radical liberalismo, y por el seudónimo que adoptó a partir de 1845, cuando fundó con Prieto y Manuel Payno el periódico antisantanista Don Simplicio: El Nigromante.

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