Procesos de la noche, de Diana del Ángel | La Crónica de Hoy
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Procesos de la noche, de Diana del Ángel

Procesos de la noche, de Diana del Ángel | La Crónica de Hoy
Retrato de Pablo Picasso, de Ramón Casas.

Tres ofrendas

2 de noviembre de 2014

Una cruz de claveles blancos y el retrato de Ju­lio César Mondragón Fontes marcan el eje ima­ginario que divide en dos su ofrenda este día de muertos. El altar está en medio del cuarto, las puertas de la casa de Afrodita, su madre, están abiertas de par en par. En San Miguel Teco­matlán, Estado de México, la tradición es llevar a los muertos recientes cera nueva, es decir, ci­rios o velas, que en las calles del pueblo venden por kilo. Desde temprano, los pobladores han traído entre sus manos gruesos cirios blancos para alumbrar el duelo por la muerte del joven normalista; en la esquina de la sala se puede ver una pila grande de velas. El tío Cuitláhuac cuenta que, antes de estar en la normal de Ayotzinapa, Julio aguantó los propedéuticos de las normales de Tenería, muy cerca de la casa donde creció, y de Tiripetio, en Michoacán. Su anhelo por formarse como maestro lo llevó hasta Iguala, Guerrero. ¿Por qué alguien se empeñaría tanto en apren­der una profesión mal pagada y demeritada por el discurso oficial en los últimos años? Comienzo a comprender cuando sus dos tíos normalistas nos cuentan con esperanza y valentía sus andan­zas como estudiantes y como maestros rurales.

Las veladoras encendidas alumbran la fruta y los panes flanqueados por dos pilares de rosas y alhelíes que limitan el altar. En el armonioso acomodo de una flor detrás de otra, se advierte el amor de Marisa Mendoza, su viuda; de Afro­dita Mondragón, su madre y de Lenin Mondra­gón, su hermano. En sus caras: el dolor. Le lloró mucha gente —nos dicen—, muchos vinieron a su velorio y rezaron en sus rosarios; muchos son los que ahora ofrecen su cera nueva y se quedan un rato frente a la ofrenda; lo suficiente para inter­cambiar unas palabras y recibir —como es la cos­tumbre en el pueblo— unas galletas y un trago de mosquito, licor de frutas hecho en Tenancingo. La gente de aquí es muy solidaria —cuentan— y Julio tenía algo: como que sabía dar consejos, quería enseñar a los niños. Aquí estuvo gente de verdad cabrona —escuchamos— llorando porque no creían que Julio salió huyendo, como se dijo en algunas notas periodísticas, porque él nunca les daba la espalda a los otros.

Esa tarde, nuestra presencia fue el pretexto para traer a Julio en sus palabras y sus recuer­dos. Esta familia en pleno duelo nos ha abierto las puertas de su casa, nos ha dado de comer a manos llenas, nos ha contado sus historias, nos ha dado sus risas. Nunca estreché la mano de Julio, pero esa tarde supe que era valiente por su herencia normalista; que amaba por la risa de su hija y, por la ofrenda en medio del cuarto, supe de su generosidad hasta la muerte.

Rostro

Pues Julio tenía pegue con las muchachas. Después de Tenería quién sabe qué le pasó. Antes apenas les hacía caso y ya luego sabía cómo hablarles y qué decirles. Una vez me enseñó una lista y había muchos nombres de mujer. Pero cuando conoció a Marisa fue muy distinto. Me contaba mucho de ella, de que le compraba muchos panes, de que iba a la tienda y se comía unos cinco u ocho panes de colores. Una vez subimos al Cristo Rey, en la punta del cerro, y en eso ella le llamó y él le dijo que estaba en el Tec­nológico de Villaguerrero, que se iba a meter a clase, pero no era cierto. Decía que nunca había conocido a nadie como ella, que lo apoyara tanto. Por eso dejó de andar con muchas chavas. Decía que ya nomás con ella iba a estar, porque ella no se merecía nada malo. Entonces ya sólo se la pasaba hablando de ella, de cuando la había visto o de cuando la iba a ver. Como a veces no tenía dinero para el pasaje, me hablaba para que fuéramos al monte a cortar leña y luego la vendíamos. Así pagaba lo del boleto para México. Luego ya se fue a vivir con ella y entonces dejé de verlo. La última vez que lo vi fue cuando pasó por aquí antes de irse a Ayotzi. Yo lo invité a cenar a mi casa y allí estuvimos con su hermano, el Enano y el Jairo. Él se puso a calentar los frijoles y las tortillas. También comimos unos chiles habaneros asados; Julio se los comía enteros, sin tortillas ni nada.

Pájaros en el tribunal

17 de agosto de 2015

 

Al Primer Juzgado del Tribunal Superior de Jus­ticia de Iguala de la Independencia, Guerrero, se llega después de tomar una desviación a la en­trada de la ciudad; el camino está flanqueado por hoteles, quintas residenciales y letreros de ma­risquerías o de cervezas, pues a no más de trein­ta minutos se halla la laguna de Tuxpan. Luego de un puente el camino se vuelve de terracería y más adelante hay un puesto de policías donde es preciso registrar los datos del auto y el nom­bre del chofer. Fracasamos al intentar acomodar el coche a la sombra de algún árbol. La primera puerta que nos encontramos es la de la aduana del Centro de Rehabilitación Social de Igua­la, cuya torreta parece descompuesta; un policía vigila esa entrada y a lo lejos se ve un tende­dero improvisado.

El juzgado se encuentra alojado en un edificio de un solo piso, largo y de un blanco des­gastado, cuyo sistema de ventilación consiste en unas rendijas hechas con los mismos ladrillos que sostienen la construcción. La señal de los te­léfonos celulares deja de funcionar y el internet es una quimera en esa zona. Una pequeña ban­dada de golondrinas nos recibe revoloteando en lo alto del techo. Allí han puesto sus nidos, justo encima de donde despachan burócratas y los pre­sos intentan vender bolsas o pulseras tejidas.

Hasta antes de abril de 2015 había dos juz­gados, primero y segundo, pero después de una huelga en la que los trabajadores demandaban mejores condiciones laborales, desaparecieron uno: justo el que llevaba los expedientes del caso Ayotzinapa. Ahora todos los casos se acumulan en el juzgado sobreviviente: una gran sala donde se han acomodado nueve escritorios, cada uno de los cuales representa una función distinta den­tro de la misma. La mesa de la entrada es la notaría; justo enfrente hay otra mesa con una má­quina de escribir: ahí es donde el abogado de oficio da asesorías; un escritorio pequeño casi al fondo es la Oficialía de Partes.

Pilas y pilas de expedientes en hojas tamaño oficio se hallan dis­puestas en las mesas o pasillos del tribunal; no es raro encontrar excremento de pájaros sobre las hojas. Detrás de uno de los escritorios se encuen­tra la licenciada Sagrario Aparicio: pelo teñido de rubio, maquillaje exagerado y un enorme cuerpo que mágicamente no dobla los tacones que lo sostienen. Ella es la secretaria de acuerdos, encargada de redactar todos los procedimientos realizados en un caso, así como de ordenar el expediente. Y es quien le confirma a la maestra Sayuri Herrera, abogada y psicóloga, que los expedientes (212, 214 y 217 de 2014) del caso de Julio César Mondragón Fontes se encuentran a su cargo...

-Textos tomados del libro Procesos de la noche.

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