San Óscar Arnulfo Romero - Manuel Gómez Granados | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Domingo 11 de Marzo, 2018
San Óscar Arnulfo Romero | La Crónica de Hoy

San Óscar Arnulfo Romero

Manuel Gómez Granados

A mediados de la semana que recién concluyó, el papa Francisco hizo pública su decisión de avanzar en la canonización de Pablo VI y de Óscar Arnulfo Romero Galdamez, el antiguo arzobispo de San Salvador, república de El Salvador, quien fue asesinado justo en el momento en que celebraba misa, el 24 de marzo de 1980. Lo de la canonización de Pablo VI, el papa Giovanni Battista Montini, era sólo cuestión de tiempo, tarde o temprano ocurriría. Lo de Romero, en cambio, ha sido un acto de justicia no sólo con él y su obra, sino también con toda una generación de católicos latinoamericanos que, en los últimos años del siglo pasado, fue condenada al olvido por una de esas conspiraciones de silencio que con tanta frecuencia lastiman a la Iglesia.

Contra Romero y su ministerio se inventaron todo tipo de historias: que era comunista, que era simpatizante e incluso apoyaba a los guerrilleros, que era hereje y un largo etcétera que perdió de vista las dificultades que Romero tuvo para encontrar la manera de aplicar el Concilio Vaticano II, que están documentadas en sus intercambios epistolares con el cardenal Eduardo Pironio, y en las que se puede ver cómo Romero trataba de conservar, tanto como fuera posible, el estilo de la Iglesia en que creció, la Iglesia de la misa de espaldas al pueblo, la Iglesia de las infinitas complejidades del orden de prelación y de los latinajos que nadie entendía, pero nadie—tampoco—estaba dispuesto a abandonar o a cuestionar.

El camino que recorrió Romero fue, en más de un sentido, un camino similar a los que recorrieron Sergio Méndez Arceo y Samuel Ruiz García en México. Hijos de familias que los educaron en un catolicismo extremadamente severo pero que, como buenos católicos, supieron responder de inmediato al llamado al cambio que acompañó desde su origen al Concilio Vaticano II.

La conspiración de silencio que operó contra Romero fue suficientemente robusta como para subsistir a quienes la conjuraron y, de no haber sido por la llegada de Francisco al papado, es muy posible que nunca se hubiera quebrado. En la manera en que esa conspiración de silencio operó hay una serie de moralejas de las que la Iglesia debería ser consciente: primero, el llamado del Concilio al cambio, a la renovación, no tenía sentido si ese cambio se limitaba al campo, siempre contencioso y difícil, de lo litúrgico. No en balde, hay poderosas fuerzas que se oponen, desde hace más de 50 años, a los cambios litúrgicos que el Concilio consideró necesarios y que se han traducido en francos retrocesos.

Segundo, los cambios más importantes a los que llamó el Concilio, tienen que ver con la manera de vivir, de manera práctica, el Evangelio. Eso hace inevitable replantear los mismos dilemas que Jesús planteó: Qué es más importante, ¿adherirse a la forma de los rituales y las ceremonias o ir al fondo y transformar el corazón de quienes participan de los rituales?, por señalar sólo uno de muchos casos posibles.

A pesar de la conspiración del silencio contra Romero, ha existido, ya desde las horas inmediatamente posteriores a su cobarde asesinato, una suerte de culto público y civil a su figura. La diáspora salvadoreña en Estados Unidos, por ejemplo, se identifica y fortalece mutuamente en momentos tan difíciles como el actual, gracias a la imagen del ahora beato, y cuando uno viaja a El Salvador, es frecuente encontrar murales, tanto en lugares públicos como privados, de Romero. Qué alegría será verlo en los altares para que sea, de esa manera, ejemplo a seguir para toda América Latina.

manuelggranados@gmail.com

 

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