El Tigre y el Pejelagarto

Juan Manuel Asai

Estamos ante una suerte de fábula política, moraleja incluida, cortesía de López Obrador.

El candidato presidencial de Morena fue de mala gana a la Convención Bancaria de Acapulco. Su actitud lo delató. Hubiera preferido estar en casi cualquier otro sitio, degustando un ceviche con Salgado Macedonio por ejemplo, y no frente a los señores del dinero.

No preparó nada, confió en su experiencia. Se sentó en el sillón como quien se tumba en una hamaca. El resultado fue que echó por la borda semanas de portarse como corderito y buen componedor. La idea del viaje era convencer a los banqueros de que no deben tener miedo de su cada vez más probable triunfo en la elección del primer domingo de julio. Falló. Los banqueros salieron mordiéndose las uñas, francamente preocupados. Es cierto que dijo que no piensa nacionalizar la banca, lo cual suena sensato. Si pensara nacionalizarla de  cualquier forma no se los iba a adelantar. López Portillo guardó la información de la nacionalización  del 82, como lo que era, un secreto de Estado.

Fuera de ahí todo cayó en el terreno de la preocupación, como su indefinición en torno a la magna obra del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, clave para los banqueros, y su insistencia en darle vuelo a la Base militar de Santa Lucía; o el tema de la reforma energética, que no domina, o del TLC donde no sabe, bien a bien, qué está pasando. Pero la frase que puso los pelos de punta a los banqueros fue: si pierdo porque me hacen fraude se soltará el Tigre y ya verán cómo lo amarran, porque yo, no.

La pregunta pertinente es: ¿quién determinará si hubo fraude electoral, o no? Pues el propio tabasqueño, que tiene como regla sin excepciones desconocer los resultados electorales que no le favorecen a él o a su partido. Se va a soltar el Tigre quiere decir que habrá un brote de violencia y que él no meterá las manos para detenerlo. Si en algún momento López Obrador pensó que esa frase le iba a caer bien a la comunidad financiera internacional, de plano se equivocó. La estabilidad social es el bien más preciado de los banqueros, y de cualquier empresario para desarrollar sus proyectos. Amenazar con un periodo de violencia, de rugidos y zarpazos fue un error.

Claro que está mal, es inadmisible, la posibilidad de un fraude. Lo que preocupa es que López Obrador no le abra espacio los organismos electorales, como el INE y el TEPJF, que para eso están. Tiene miles de empleados, cuentan con especialistas que nos salen carísimos y podrán determinar si hubo fraude. Lo que se puede apostar es que si la noche del domingo no le levantan la mano, que se atengan a las consecuencias, pues habrá en las calles un depredador con dientes de sable listo para diezmar a sus adversarios.

¿Tenía López Obrador necesidad de asustar a los banqueros? Ninguna necesidad. Los asustó porque es parte de su naturaleza. Es puntero, su ventaja es amplia y sus competidores están trenzados en una lucha a muerte ¡entre ellos mismos!, lo que le ha permitido al candidato de Morena ir por el país como si nada, sin necesidad de presentarse a ningún debate ni nada por estilo. ¿Pará qué ofrecer ante los banqueros la peor versión de sí mismo? La del Pejelagarto, un político del antiguo régimen, que organiza una rifa que tiene como único premio para el ganador un Tigre sin correa.

jasaicamacho@yahoo.com

@soycamachojuan

Imprimir

Comentarios