Un tigre en la pasarela - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 13 de Marzo, 2018
Un tigre en la pasarela | La Crónica de Hoy

Un tigre en la pasarela

Francisco Báez Rodríguez

“Hay un tigre en la casa

que desgarra por dentro al que lo mira…”

                               Eduardo Lizalde

 

Resulta significativo que la primera pasarela de aspirantes presidenciales fuera ante banqueros. También que, al presentarse ante los asistentes a la Convención Nacional Bancaria, ninguno de los candidatos de las coaliciones —y ninguno de los aspirantes independientes— haya hablado acerca de la necesidad de una mayor regulación al sector financiero del país, de la necesidad de reinvertir las enormes ganancias bancarias o la de combatir la usura (la que se da fuera del sistema financiero y también la de adentro). Todo eso nos da una idea de quién manda verdaderamente en el país.

Eso sí, cada quien, a su manera, trató de convencer a los banqueros de las bondades de su proyecto. Al que mejor le fue, lo saben todos, fue a José Antonio Meade, porque es un viejo conocido del sector financiero, habla su propio idioma, les dice lo que quieren escuchar y les promete lo que puede prometer.

Ricardo Anaya quiso mirar al futuro, pero se equivocó de auditorio. A los banqueros de México, más que las potencialidades de un cambio de paradigmas en el modelo de crecimiento, les importan el aquí y el ahora, y las condiciones para que sigan haciendo su negocio. Son, mayoritariamente, un grupo conservador que lo que pide a gritos son seguridades. Anaya les dio suficientes, pero no llegó a entusiasmarlos.

Andrés Manuel López Obrador pidió confianza y ofreció no ser el de antes: nada de nacionalizaciones; es un hombre que se ha corrido a la derecha, que tiene a empresarios en su equipo. Pero al mismo tiempo demostró ser el de antes: buena parte de su discurso lo dedicó a su proyecto de refinerías —que equivale, en buena plata, a pagar con miles de millones la venta al pueblo del concepto de soberanía energética— y a la crítica del nuevo aeropuerto capitalino, que es precisamente el proyecto más amado por sus escuchas.

Y entonces, Andrés Manuel se puso a pasear un tigre en la pasarela. El tigre que, según sus palabras, aparecerá en caso de un fraude electoral —es decir, en caso de que él pierda— y que él esta vez no se encargará de amarrar (sugiere, implícitamente, que ya lo hizo en 2006).

Allí estaba López Obrador, paseando a su tigre imaginario enfrente de los hombres del dinero. No fue una ocurrencia: fue una amenaza a la expectativa de reacciones.

El meollo del discurso (a pesar de las malas ocurrencias en materia energética y aeroportuaria) era: “miren, ahora soy alguien con quien se puede hacer negocios, hace rato que regresé a su vaina mi espada. Amor y paz con ustedes. Pero si no quieren, ahí les dejo el tigre”.

Está claro para todos, menos para algunos adoradores de Andrés Manuel, que el tigre de referencia sólo lo puede convocar él. Y que de seguro lo hará, si no gana las elecciones.

Habrá quienes piensen que ese tigre es la violencia. Tal vez el mismo AMLO así quiere hacérnoslo suponer: un estallido social espontáneo, con muchas caras y distintos objetivos, que puede llegar a ser incontrolable, mientras él, Andrés Manuel, observa el incendio de la pradera desde su rancho chiapaneco.

La pregunta que habría qué hacerse es qué tigre es capaz de levantar López Obrador. ¿A qué grupo capaz de “entrar a los chingadazos” nos estamos refiriendo? ¿Va a llegar la bola y nos alevantará? ¿No suena de verdad excesivo?

Fueron varias las veces, en el pasado, en que se supuso al pueblo mexicano como un lobo que atacará y destruirá todo a su paso cuando despierte. Y en todas las ocasiones, el lobo ha querido realizar los cambios a través de las urnas. Las grandes movilizaciones de México han sido allí. Sólo unos cuantos desaforados —en ambos sentidos de la palabra— han intentado otro camino. Es difícil imaginar que ahora sea diferente (aunque unos cuantos desaforados sí pueden provocar desazón).

Pero sin duda, el mensaje de fondo que envía AMLO es: “si no gano yo, no habrá esa estabilidad que buscan”. Habría un desgaste continuo de las instituciones, y dificultades en la gobernabilidad, que ya de por sí se ha vuelto cada vez más difícil de lograr.

López Obrador se presenta, no paradójicamente, como el hombre-salvación, porque es el único que dice tener al tigre como mascota. Eso significa dos cosas: una, que de verdad considera que el tigre-pueblo es verdaderamente capaz de atrocidades; dos: que sobrestima su capacidad, tanto de doma como de control.

Al mismo tiempo es una suerte de venganza: si AMLO perdió una elección porque dijeron que era un peligro para México, ahora se presenta como el único capaz de salvarlo del caos. Un caos, vale decir, que él desataría al alegar fraude.

Mejor regreso al mejor poeta vivo mexicano: Eduardo Lizalde.

“Los tigres mueren

pero las ratas proliferan, huyen y dan flor

(hay cinco por cada hombre, seiscientas mil por cada tigre)”.

fabaez@gmail.com

www.panchobaez.blogspot.com

Twitter: @franciscobaezr

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