Academia

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ctavio estudió la primaria en el Mexico City School, que se encontraba en la avenida de Campos Elíseos en el viejo Polanco. Ahí cursé también yo la primaría por lo que conocí a Novaro cuando ambos éramos niños. Desde entonces sorprendía su gran estatura.

Lo dejé de ver durante los años de la secundaria y la preparatoria. Supe de él en esa época porque fue compañero de Jacqueline Roux, quien fue mi esposa. Jacqueline, Octavio y Rafael Costero asistían al mismo grupo en la Escuela Nacional Preparatoria número 1 con sede en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, en el centro mismo de la capital mexicana. Cito a Rafael Costero, hoy astrónomo e hijo de don Isaac, uno de los primeros investigadores biomédicos en México, porque él y Octavio eran amigos inseparables. Los compañeros los llamaban con justicia, David y Goliat, pues Rafael no era alto.

Volví a encontrar a Octavio cuando ambos éramos alumnos de la carrera de física en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Para entonces él ya había hecho un largo viaje por países exóticos, la India, entre ellos. No lo traté mucho en esa época, pero poco después fuimos colegas porque a ambos nos dirigió en el posgrado el gran maestro Marcos Moshinsky. En el piso 10 de la Torre de Ciencias, hoy Torre de Humanidades II, teníamos nuestros cubículos. Un día Novaro, que siempre era amable y cortés, encontró cerrada la puerta de su oficina y como no traía llave y le urgía entrar, de una buena patada tumbó la puerta. Esto no fue una empresa menor, porque esas puertas estaban bien construidas con linda madera sujeta a un marco de hierro.

Durante sus estudios de posgrado nos hicimos buenos amigos. Yo fui sinodal en sus exámenes generales y luego Octavio hizo su tesis doctoral con el maestro Moshinsky. El tema fue la teoría de grupos aplicada al estudio de los átomos. Se estudiaba, con las técnicas desarrolladas por Marcos, por primera vez la física atómica, porque esos temas eran cercanos a los que interesaban en el entonces recién creado Instituto Mexicano del Petróleo (IMP) y Novaro fue contratado ahí. Un buen grupo, liderado por Leopoldo García Colín, estaba en formación. Mis amigos, Fernando del Río y Salvador Malo, formaban también parte de ese grupo. Ya que Fernando, Salvador y Octavio vivían en el sur de la ciudad y el viaje al lejano norte era pesado, los tres compartían un coche. Un día tuvieron un percance y chocaron con otro auto. Éste transportaba a un buen número de personas agresivas, que luego luego echaron pleito a los físicos. Cuando Octavio salió del coche y se desenredó, los agresores salieron huyendo.

Después de algún tiempo en el IMP, por fin Novaro ingresó al Instituto de Física de la UNAM (IFUNAM). Ahí nos hicimos coautores y publicamos un par de artículos. El primero de ellos es el único artículo que he publicado en francés. Lo enviamos a los anales de la Académie des Sciences francesa y lo presentó nada menos que Louis de Broglie, el creador de la mecánica ondulatoria.

Aunque no volvimos a publicar juntos hasta 1987, colaboramos en varias ocasiones en diversos menesteres. Por ejemplo, Octavio fue jefe del departamento de física teórica cuando yo dirigía el IFUNAM. Cuando se fundó el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), siendo yo Subsecretario de Educación Superior e Investigación Científica de la Secretaría de Educación Pública, teníamos el problema de elegir a las comisiones dictaminadoras cuyos miembros debían ser científicos distinguidos, sin ninguna tacha. Para la Comisión de Ciencias Exactas, uno de los elegidos fue Novaro, quien poco después recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes y fue elegido miembro del Colegio Nacional y del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.

Cuando Octavio era director del IFUNAM interactuamos frecuentemente. Una de esas interacciones fue curiosa. Por alguna razón, Luis Raúl González Pérez, encargado de resolver lo relativo al atentado que llevó a la muerte a Luis Donaldo Colosio, candidato a la Presidencia de la República, pidió a los físicos que aclararan aspectos del atentado. Se trataba de averiguar si habían sido dos o sólo uno los ejecutores de Colosio. Como yo había organizado en Universum, el Museo de las Ciencias de la UNAM, una serie de actividades en que se presentaban bailarines y gimnastas, a Octavio se le ocurrió que organizáramos con ellos un simulacro. Contábamos con un video del atentado, video que vimos decenas de veces los actores y nosotros. Al final concluimos que sólo hubo un criminal. Otra interacción trascendente fue cuando durante varios meses diseñamos el nuevo Posgrado de Ciencias Físicas de la UNAM. Octavio y yo tuvimos una estrecha colaboración porque en el IFUNAM se instaló la primera sede de los nuevos programas de estudio y requirió un esfuerzo casi mágico echarlos a andar.

Por otro lado, reiniciamos nuestra colaboración como investigadores a raíz del terremoto del 19 de septiembre de 1985, hace casi un tercio de siglo. Esta historia es interesante. Una semana después del devastador sismo que causó el derrumbe de cerca de 500 edificios de la Ciudad de México ese día de septiembre, encontré en el periódico un plano de la ciudad donde se marcaban los edificios colapsados. Les mostré el plano a Thomas Seligman y a Octavio Novaro, y ambos estuvieron de acuerdo en que ese plano semejaba una función de ondas como las que calculábamos con frecuencia. ¿Qué es lo que resonaba? Pronto lo averiguamos: era el antiguo lago de Tenochtitlan. Ya que contábamos con los programas de cómputo apropiados, en unos cuantos meses obtuvimos las amplitudes de respuesta tomando en cuenta la caprichosa frontera del lago. A nuestra disposición había sólo un parámetro: la velocidad de las ondas sísmicas. Para ajustar el mapa de daños, esa velocidad resultó ser ¡la velocidad del sonido en el agua! Este resultado lo publicamos en la revista Nature, e hizo la portada de la revista.

Y ahí la puerca torció el rabo, pues el resultado no les gustó ni a los sismólogos profesionales ni a los ingenieros expertos en riesgo sísmico. Tuvimos que darnos a la tarea de justificar nuestro resultado. Publicamos nueve artículos sobre el tema, y, por fin, en 1999 escribimos un artículo con el gran geofísico, nuestro amigo Cinna Lomnitz. Con ello, creemos, se estableció nuestro modelo y se explicó bien la fenomenología de la extraña respuesta sísmica de la cuenca de México.

Varios años después Octavio y yo, con otros colegas, trabajamos sobre los sismos en la Ciudad de México otra vez. En 2011, publicamos en la prestigiada revista European Physics Letters un artículo donde mostrábamos que se daba en los terremotos un efecto que se llama resonancia gigante y que causa una gran amplificación de las señales. Este fenómeno fue descubierto en los años cuarenta del siglo pasado en los núcleos. Se ha visto después en átomos, moléculas, sólidos y en vibraciones elásticas. Ahora las encontramos también en resonancias de sistemas enormes como el Valle de México.

Últimamente nos volvimos a encontrar como físicos a causa de los recientes terremotos ocurridos en septiembre de 2017. Tratamos de entender las diferencias de lo ocurrido el día 7 con lo que pasó el fatídico 19 de septiembre de 2017. Tenemos ya muchos cálculos y nuestros resultados están por enviarse a publicar. Hasta hace un par de meses, Octavio trabajó activamente e incluso llegó a escribir una versión preliminar de lo que será su artículo póstumo.

Colaboramos también recientemente en los trabajos de la Fundación Marcos Moshinsky. El maestro dejó una buena cantidad de dinero para apoyar a investigadores jóvenes. Nos legó a cinco de sus alumnos, entre ellos a Octavio y a mí, esos fondos. Decidimos crear la Fundación MM, que en los últimos años ha otorgado decenas de Cátedras Moshinsky a otros tantos investigadores jóvenes. Según la opinión de muchos de ellos, esta donación les ha ayudado mucho para incrementar y acelerar su trabajo.

Afortunadamente, en octubre de 2015 varias instituciones decidieron organizar un Simposio de homenaje a Octavio Novaro. En él participamos muchos de sus amigos quienes resaltamos que aparte de su gran altura física, su altura moral y su altura intelectual son también de admirarse. Por ello, hoy lamentemos profundamente su deceso ocurrido el martes 6 de marzo de 2018.

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