Anaya: deslindes necesarios

René Arce

Carlos Andrés Pérez y Jaime Lusinchi, expresidentes surgidos del Partido Acción Democrática (socialdemocracia); Rafael Caldera y Luis Herrera Campins, expresidentes emanados de las filas de COPEI (democracia cristiana), jamás imaginaron lo que viviría la nación venezolana con el arribo de Hugo Chávez y Nicolás Maduro al poder, de haberlo hecho habrían fortalecido las instituciones republicanas e impulsado los principios liberales de contrapesos entre los poderes y la rendición de cuentas, para de esa manera, evitar la corrupción, el despilfarro y el autoritarismo propios de gobiernos que, con el auge de la renta petrolera, creyeron que podían alternarse el ejercicio del poder indefinidamente.

 La creciente corrupción e impunidad en esos partidos venezolanos, constituyeron la causa fundamental de un pueblo molesto y desesperado, por lo que le dieron la mayoría de votos a un caudillo militar que intentó asaltar a las instituciones, que después de ser amnistiado, ganó la Presidencia de la República, prometiendo acabar con la corrupción. Durante su mandato de casi quince años, hasta que la muerte lo separó de éste, derogó mediante referéndum la Constitución entonces vigente, generando nuevas instituciones que dieron origen a un engendro monstruoso que destruyó las libertades, los derechos humanos y las oportunidades de vida digna. Hoy se constituye en una dictadura corrupta que saquea al país y evita “a como dé lugar” (incluyendo asesinatos, cárcel y represión a opositores) elecciones libres y democráticas, porque sabe que sería echada del gobierno inmediatamente.

En ese espejo deberían verse el PRI y el PAN, quienes han vivido la alternancia presidencial del presente siglo, la corrupción, autoritarismo, impunidad y pésimas decisiones como la “guerra absurda” contra el crimen organizado, que tienen sumido en un hartazgo y enojo a la mayoría del pueblo mexicano, que a gritos pide un verdadero cambio y busca en un “caudillo”, también esa posibilidad.

El surgimiento de la candidatura de Ricardo Anaya a través de un Frente de partidos de izquierda, centro y derecha, puede alterar lo que casi se ve como destino manifiesto, la llegada de un caudillo populista conservador, que promete acabar con la corrupción y revertir las reformas estructurales hasta ahora aprobadas.

En esta campaña, López Obrador está tratando de evitar (con éxito por cierto) que se le vea como el líder que desprecia las instituciones y con una clara postura estatista en materia económica. Pero nada garantiza que esa sea su conducta si llega a ejercer el mandato presidencial, aunque se rodee de personas como el empresario Romo, el exzedillista Esteban Moctezuma, cercano a TV Azteca y a ex panistas como Germán Martínez, Tatiana Clouthier y Gabriela Cuevas. Los que verdaderamente controlan a Morena y toman las decisiones junto al caudillo, son simpatizantes de Hugo Chávez, Fidel Castro, Evo Morales, etc. entre ellos se encuentran la Presidenta Nacional de Morena, el Presidente en la Ciudad de México y muchos de los dirigentes de primer orden.

Si Ricardo Anaya realmente quiere mostrarse como una alternancia de cambio, además de atacar la corrupción del actual régimen y plantear una rendición de cuentas, debería hacer los siguientes deslindes:

Primero, de la “guerra absurda” contra el crimen organizado que decidió Felipe Calderón y ha continuado Peña Nieto, proponiendo puntualmente las decisiones que tomará para regresarles la seguridad, la paz y la tranquilidad a los mexicanos.

Segundo, deberá ser muy claro sobre lo que hará para evitar la discrecionalidad en el uso de los recursos presupuestales, principalmente los del ramo 23 que han servido para que la Secretaría de Hacienda sea el brazo de un gobierno corrupto y corruptor, aceptando con humildad que fue un error haber dado el voto a favor de este presupuesto.

Deberá dar a conocer públicamente quienes serán los hombres y mujeres, que gocen de buen prestigio, para acompañarlo en el ejercicio de su gobierno y quede claro que no será un gabinete de cuotas, ni de cuates.

Finalmente, debe permitir que la sociedad organizada, no partidaria ni gubernamental, participe de manera activa en el proyecto y ejercicio de gobierno y no tan sólo en desplegados y fotos con el candidato, sólo así, quizás se pueda evitar vivir una tragedia como la del hermano pueblo venezolano.


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