Baja productividad e informalidad, los diques de la economía mexicana

Ma. del Rocío Pineda Gochi

Lograr un “crecimiento económico sostenido” es una de las principales razones de la existencia del Estado-Nación, que comúnmente conocemos como “país”. Desde el ámbito de la ciencia económica, las teorías del crecimiento han sido en diferentes épocas, la panacea y los paradigmas de las políticas económicas para alcanzar el desarrollo y el bienestar. Conforme han evolucionado los países y sus propios sistemas económicos se ha vuelto cada vez más complejo consolidar el crecimiento en un sistema económico altamente globalizado.

Sin embargo, la experiencia ha demostrado que pese a la importancia de las fuentes del crecimiento económico (Recursos humanos y naturales, formación de capital, cambio tecnológico e innovación) el aumento de la productividad sigue siendo un factor determinante. Y por el contrario, la informalidad es un enorme dique que genera diversas distorsiones que afectan de manera negativa el funcionamiento económico.

Este escenario se complica cuando existe baja productividad y altas tasas de informalidad. Actualmente la mayoría de los países subdesarrollados y de desarrollo intermedio, enfrentamos círculos viciosos que, aunados a otros factores, –endógenos y exógenos– imposibilitan generar sinergias de crecimiento.

En América Latina y el Caribe aumentar la productividad es uno de los grandes retos de la mayoría de los países, llegando a ser un doble problema. Por un lado, los niveles de productividad son menores respecto a los países desarrollados. Y por otra parte, muchos tienen un estancamiento en la productividad, y los menos, magros incrementos.

En el caso de nuestro país, aunado a la baja productividad y la extensa informalidad, tenemos problemas de desigualdad, altos niveles de pobreza, bajas tasas de participación femenina, insuficiente aprovechamiento escolar, exclusión financiera, corrupción y delincuencia. Todos estos factores internos detienen e imposibilitan el aprovechamiento del potencial económico en nuestros sectores estratégicos.

El índice de productividad en México, según el INEGI, promedia una baja trimestral de 0.09 por ciento desde 2015 al primer trimestre de 2017. Dicha baja tiene relación con la disminución en inversiones del sector público como consecuencia de los recortes al gasto presupuestal que iniciaron en 2015, y a una mayor cautela de las empresas nacionales y extranjeras para invertir, frente a factores que provocan incertidumbre de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Por otra parte, tenemos la mayor brecha de productividad entre las pymes y las grandes empresas de los países de la OCDE. De hecho, poseemos los niveles de productividad laboral más bajos entre todas las clases de pymes del total de países de la organización. La productividad laboral en las microempresas mexicanas de uno a nueve empleados representa apenas el 14 por ciento de las empresas grandes de más de 250 empleados, comparado con el promedio de 55 por ciento. Las empresas muy pequeñas de 10 a 19 empleados, tienen una productividad de 34 por ciento contra el promedio de 64 por ciento; para las pequeñas de 20 a 39 empleados es de 37 por ciento, contra el promedio de 73; y para empresas medianas, de 50 a 249 empleados, es de 46 contra el 85 por ciento.

Esta situación nos debe preocupar y ocupar, porque es una de las principales razones que han complicado el proceso de renegociación del TLCAN que afectan nuestra competitividad, pero sobre todo, es una de las principales herramientas que tenemos para superar nuestros problemas. Las reformas estructurales han sido el primer paso y estamos obligados a dar el segundo con el siguiente paquete de reformas y así poder consolidar la ruta del crecimiento sostenido y bienestar general de los mexicanos.


Senadora de la República
Michoacán de Ocampo
@RocioPinedaG

Imprimir

Comentarios