La agencia libre de la NFL, una era de mercenarios y traiciones

Fernando Argueta

No podemos negar que el periodo de agencia libre en la NFL es uno de los momentos más esperados fuera de temporada y uno de los más emocionantes por saber qué cambios de jugadores estelares se producirán. Muchas ocasiones esta lotería ha hecho que un equipo se convierta en un contendiente de una campaña a otra. Es un intrincado cálculo de dineros para no rebasar el tope salarial establecido y por otra parte no empeñar el futuro de la franquicia en una contratación que decepcione.

Sin embargo, siendo sinceros, este modelo de intercambio de jugadores que buscan al mejor postor nos deja ver que la NFL es hoy más que nunca un enorme negocio donde, en el caso de los jugadores,  ya no importa tanto la entrega por algún equipo, sino por el escudo que pueda ofrecer más y las mejores condiciones para ganar lo más pronto posible.

Por lo que respecta a los equipos la actitud parece ser la misma o peor aún: el manejo de mercancía más que de seres humanos que dejan lo mejor de su vida física. Números y nombres en jersey a los que se desecha porque simplemente ya no convencen, ya no tienen el rendimiento esperado, ya no encajan en el nuevo esquema del entrenador o sencillamente se hicieron viejos

Es el trato de la nueva NFL por lo menos desde hace dos décadas pero que se acentúa cada vez más.

UNA HEREJIA

Y es que en los 70 hubiera sido un pecado que Vaqueros, Acereros o Potros hubieran cortado a emblemas como Roger Staubach, Terry Bradshaw o Johnny Unitas. Incluso hubo el caso de íconos que a pesar de su palpable baja de juego como el quarterback Bob Griese, jamás fue dado de baja por los Delfines o ni siquiera insinuaron hacerlo. Eran épocas de lealtad. Claro, en esos tiempos no se manejaban las carretadas de millones de dólares que ahora corren por las arcas de la Liga, y eso es la principal razón de esta desbandada en la que, en muchas ocasiones, el aficionado se hace más seguidor de jugadores que de equipos.

Si no lo creen, basta pensar cuántos dejaron de seguir a los Potros para cambiarse a los Broncos sólo por ver a Peyton Manning, o guardarle una pizca de rencor a los 49ers por cambiar a Joe Montana y adoptar a los Jefes como un segundo equipo.

Casos como este son sólo algunos de esos equipos que pagaron con la moneda de la traición a jugadores emblemáticos que debieron acabar sus carreras con otros colores aún cuando conservaban un buen nivel.

Ejemplos sobran: San Francisco dejó ir a Jerry Rice a Oakland, Pittsburgh a Rod Woodson a Baltimore, Dallas a Emmitt Smith a Arizona, Green Bay a Brett Favre a los NY Jets, Denver a Shanon Sharpe a Baltimore y San Luis a Kurt Warner a NY Gigantes, por sólo nombrar algunos.

 

TRAICIONES O SIMPLES MERCANCIAS

En este 2018 tal escenario ha empeorado para jugadores que a todas luces aún mantenían un buen nivel en sus equipos, pero que sencillamente no convencieron a sus entrenadores o propietarios.

Quizá el corte que más llama la atención sea el del receptor Jordy Nelson, pieza clave en el éxito de Green Bay y quien ya no convenía a los intereses del equipo. A fin de cuentas se requería más dinero para llevarse al letal ala cerrado Jimmy Graham.

Nueva Inglaterra soltó al receptor Dany Amendola que tanto les ayudó en la campaña anterior ante la ausencia de Julio Edelman y marcó diferencia en los playoff. Amendola se fue a Miami.

Minnesota decidió que el quarterback Case Keenum no era la solución para ganar en el corto plazo a pesar de llevarlos al Juego de Campeonato de la NFC. Keenum firmó con Denver.

En Kansas City le dijeron adiós al pasador Alex Smith a pesar de su constancia. Se fue a Washington.

Es verdad que en el caso de ambos mariscales de campo, quizá habían dado su máximo en cada equipo, pero saber si podían dar el siguiente paso dependía de los entrenadores y gerencias para dotarlos de más talento alrededor.

 

COUSINS, UN CASO APARTE

La situación de Kirk Cousins es tan extraña pero tan ejemplificativa de la situación del clásico jugador que lo que quiere en primer término es el dinero y un equipo que le garantice ganar rápido, sin importar a dónde se vaya.

En Washington comenzó, se dio a conocer, pero llegado el momento de negociar, él quería un contrato multianual y ser uno de los mariscales mejor pagados de la Liga. La pregunta fue ¿se lo había ganado? La respuesta es no. A pesar de ser físicamente un muy buen pasador, por una u otra razón que desconocemos, no convenció ni al dueño Dan Snyder ni, principalmente, al coach Jay Gruden (no olvidemos que es hermano de Jon Gruden, un especialista en QB).

Cousins, en vez de negociar y bajar un poco sus pretensiones económicas y tratar de permanecer en un equipo donde ya dominaba el sistema, prefirió ir en pos del dinero en grande. Ahora está en Minnesota, con un contrato enorme de 86 mdd por tres años que lo obliga no sólo a jugar bien, sino a ganar un Super Bowl, no hay de otra; en Minnesota no esperan otra cosa de él más que eso y no en el corto ni mediano plazo, sino ya. Es verdad, logró su objetivo: un lucrativo contrato multianual, y con un equipo con potencial para ganar un título, pero ¿podrá disfrutar jugar al futbol americano (después de todo, los grandes dicen que primero se disfruta y luego se juega para ganar) con una presión de ese tamaño desde ahora?

Después de ver el caso de Cousins, es imposible olvidar una anécdota de un grande como Roger Staubach, cuando los tiempos, los ritmos y las lealtades eran diferentes en la NFL.

Staubach contaba que él nunca tuvo un agente que le llevara su carrera. “Cuando llegaba el momento de renegociar un nuevo contrato con los Vaqueros, nada de eso hacía falta. Me sentaba con Tex Schramm (gerente de Dallas) y después de una larga charla, conveníamos lo que ambas partes creíamos era lo justo y cerrábamos el trato con un apretón de manos, nada más”, decía Staubach.

Sin duda, eran otros tiempos, una era gloriosa de una NFL que no volverá.

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