Tillerson, Rusia y México

José Fernández Santillán

El último desencuentro que tuvieron el Presidente Donald Trump y su secretario de Estado, Rex Tillerson (antes de que éste fuera despedido), fue motivado por el envenenamiento del exespía ruso Sergei Skripal y su hija Yulia en la localidad de Salisbury, Inglaterra. Las autoridades británicas investigaron el hecho y encontraron que fueron contaminados con una sustancia tóxica llamada Novichok que sólo se produjo en la Unión Soviética en los años ochenta.

La primera ministra del Reino Unido, Theresa May, acusó a Rusia de haber llevado a cabo el atentado y exigió una explicación, de lo contrario —dijo— vería diferentes opciones para tomar represalias en contra de la agresión sufrida por su país. De hecho, ya expulsó a 23 diplomáticos rusos.

La secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Sarah ­Huckabee Sanders, afirmó, el lunes de esta semana, que ese ataque fue “temerario, indiscriminado e irresponsable”; pero se cuidó de acusar a Rusia de ser el país responsable.

Más tarde Tillerson (aún en funciones de Secretario de Estado) declaró a la prensa que el perpetrador del hecho era “claramente” el gobierno ruso y expresó su consternación por el atentado de Salisbury. “Esto está más allá de cualquier hecho comprensible, que un Estado, un Estado organizado, haya llevado a cabo una cosa como esa”. Esto lo dijo en un vuelo con destino a África.

Como se observa, se trata de dos posicionamientos antagónicos que dejaban ver una falta de entendimiento entre Trump y Tillerson. Se trata de un conflicto que viene de tiempo atrás en torno a diferenciar aspectos de la actividad internacional. Desde la manera de tratar a los aliados europeos, la salida del acuerdo de París, la Guerra en Medio Oriente, y, especialmente, el conflicto con Corea del Norte.

Por cierto, la forma en que Trump groseramente corrió a Tillerson fue inaudita. En un tuit fechado el martes 13 de marzo a las 6:44 de la mañana dijo: “Mike Pompeo, Director de la CIA, va a ser nuestro nuevo Secretario de Estado. ¡Hará un trabajo fantástico! Gracias a Rex Tillerson por sus servicios.”

El asunto es que los constantes cambios que el presidente norteamericano ha hecho en su gabinete no obedecen a un plan preestablecido o a un proyecto de gobierno, sino a un estado de ánimo. Responden a la manera irascible en que reacciona. El primero en ser despedido fue Michael Flynn, asesor en Seguridad Nacional. Luego echó de su puesto al director del FBI, James Comey. También hizo abandonar su cargo a Sally Yates, quien encabezó el Departamento de Justicia. Añádase el jefe de la Oficina Presidencial, Reince Priebus, al que se suman Sean Spicer, secretario de Prensa de la Casa Blanca, y Anthony Scaramucci, director de Comunicación de la Presidencia, quien sólo duró 11 días en el cargo. Y la lista sigue.

Inestabilidad que muestra debilidad. Y cada que tiene problemas internos, como la matanza registrada en Parkland, Florida, en la que perdieron la vida 17 personas, Trump revira llamando la atención hacia el muro fronterizo y el tema de los indocumentados. En efecto, el martes de esta semana el magnate neoyorquino viajó a San Diego para revisar ocho ofertas para el muro fronterizo. Desde allí hizo un llamado al Congreso para que apruebe los fondos para edificar la barrera que separa a los dos países.

El gobernador de California, Jerry Brown, se llevó su rozón: fue criticado por Trump “por hacer un muy pobre trabajo al conducir a California”. A esto Brown respondió en Twitter: “Gracias por venir a hacer alharaca @realDonaldTrump; pero los puentes son mejores que los muros. Y California permanece como la sexta economía más grande del mundo y la más próspera en América #Facts.”

Pero regresemos al lío que se ha armado con el envenenamiento de los Skripal en Salisbury y el extraño silencio que ha guardado Trump sobre la responsabilidad de Rusia en estos atentados. Algún favor le debe Trump a Putin para ser tan cauto, cosa que contrasta con sus constantes peroratas contra México.

El punto en el que casi nadie ha puesto atención es que este próximo domingo, 18 de marzo, habrá elecciones en Rusia. O mejor dicho, un remedo de elecciones, porque el autócrata ruso ha impuesto internamente un régimen dictatorial: ha perseguido a los disidentes, ha proscrito la prensa libre, ha violado sistemáticamente los derechos humanos, no hay equidad en la competencia. Sacó de la competencia a un real opositor: Alexei A. Navalty. Quiere superar en la primera vuelta el 72 por ciento de votos a su favor para dejar atrás la marca establecida por Dmitri Medvédev de 71.25 en 2008.

Putin se ha presentado como la personificación de la prosperidad y la estabilidad. También ha sido muy hábil en mostrarse como el personaje que ha recuperado el orgullo nacional. Se ha adueñado de los medios de comunicación y los ha convertido en instrumentos de propaganda.

Lo cierto es que Putin representa una amenaza para la paz y la democracia a nivel internacional como ha dejado clara constancia con el envenenamiento de los Skripal.

 


jfsantillan@itesm.mx
@jfsantillan

Imprimir

Comentarios