Purgas a lo Stalin: ¿A qué está jugando Putin? | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 16 de Marzo, 2018

Purgas a lo Stalin: ¿A qué está jugando Putin?

Inquietante. A un día de las elecciones, el presidente ruso es blanco de la furia de Occidente por dos turbios asesinatos en plena campaña que recuerdan a las purgas al estilo de su antiguo trabajo, el KGB soviético. Impasible a las acusaciones, el candidato a zar a perpetuidad muestra sus nuevos juguetes nucleares y advierte que “ahora el mundo escuchará de nuevo a Rusia”

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De purgas estalinistas en México conocemos un rato. Aquí asestó el dictador soviético José Stalin su golpe más sonado, cuando desde su despacho en el Kremlin ordenó en secreto que fuese eliminado su camarada y luego archienemigo León Trotsky. La Guerra Fría dejó también episodios hollywoodescos, del tipo agente de la KGB pinchando veneno con la punta de un paraguas a la víctima. Pero, con la derrota y desintegración de la URSS, esos tiempos siniestros parecían acabados… hasta que los rescató alguien que sólo podía haber estado al servicio de esa temible agencia de inteligencia soviética: Vladimir Putin.

Sólo en esta campaña electoral rusa —que culminó ayer, a la espera de que abran las urnas este domingo— dos expatriados han sido víctimas de cómo trata la Madre Rusia a los que se pasan al bando enemigo. Los dos crímenes ocurrieron además en Gran Bretaña, santuario habitual de espías, políticos y oligarcas rusos caídos en desgracia.

“Sin dejar rastro del asesino”. El agente doble Serguéi Skripal se debate entre la vida y la muerte, tras ser envenenado hace dos semanas con el agente nervioso Novichok, fabricado por el extinto Ejército Rojo y considerado un arma química prohibida por la Convención de Ginebra. El segundo episodio, el de la misteriosa muerte del disidente ruso Nikolai Glushkov, cuyo cadáver apareció en su departamento de Londres el lunes pasado, dio ayer un vuelco tras anunciar Scotland Yard que pasaba a considerar el caso como un asesinato, tras revelar la autopsia que fue estrangulado.

El modus operandi revela que ambos crímenes fueron cometidos por expertos en “eliminar sin dejar rastro del asesino”, tal como sucedió con otro crimen ocurrido en la capital británica, cuando otro disidente ruso, Alexandr Litvinenko, fue envenenado con polonio. Tras varios días de dolorosa agonía, pidió un papel y escribió antes de morir: “Fue Putin”. Doce años después, Londres no ha sido capaz de jalar el hilo que llegue hasta el presidente ruso ni ha podido poner rostro a la persona que arrojó las gotitas de polonio a la taza de té de la víctima. Lo único que se sabe, porque lo dijo el propio Litvinenko antes de morir, es que se reunió con compatriotas que no conocía.

Muerte a las puertas del Kremlin. Pero purgas no sólo ha habido en Gran Bretaña, sino en el corazón de Rusia, Moscú. Una de ellas ocurrió a escasos metros del Kremlin. Allí, cerca de la muralla de la fortaleza roja, cayó asesinado durante la medianoche del 27 de febrero de 2015 el líder de la oposición rusa y el único que pudo haber apartado del poder a Putin: el liberal proeuropeo Boris Netsov. Fue acribillado cuatro veces en la espalda mientras caminaba con una amiga ucraniana. Lo último que escribió fue precisamente un tweet en el que convocaba a una manifestación contra la injerencia de Putin en la guerra de Ucrania, como lo demostraba el envío de armas rusas para los rebeldes separatistas prorrusos.

Nueve años antes de ese crimen, considerado terrorismo de Estado por la débil y atemorizada oposición rusa, la periodista Anna Politkosvkaya, moría de un balazo cuando entraba en el edificio donde tenía su vivienda moscovita. La periodista ruso-estadunidense molestaba al gobierno con sus artículos que denunciaban la ola represora y las torturas de las tropas rusas contra los rebeldes separatistas chechenos. Ninguno de estos crímenes acabó con el encarcelamiento del autor intelectual en la cárcel. Ninguno se atrevió a señalar la mano que mece la cuna.

Y el ganador, otra vez, será Putin. Otro tipo de purga, que no acabó en la eliminación física del opositor, pero purga a fin de cuentas porque se eliminó a la víctima de la vida política, fue lo sucedido con el último político ruso con posibilidades de ganar a Putin en las urnas: Alexéi Navalni.

Gracias a la oportuna intervención de la justicia, que bloqueó la candidatura de Navalni, tras ser acusado de un delito de corrupción, el presidente ruso cumplirá mañana el trámite de presentarse como candidato a unas elecciones ganadas de antemano. De nada sirvieron las denuncias del líder opositor de que el poder Judicial lleva mucho tiempo trabajando para quien es el hombre fuerte de Rusia desde hace dos décadas, cuando el enigmático y silencioso exfuncionario del KGB logró que el fiestero presidente Borís Yeltsin lo eligiese como su sucesor.

Y mientras Putin hace oídos sordos a las protestas de Navalni y a las duras acusaciones de Gran Bretaña —respaldadas por Estados Unidos, Francia y Alemania— de que Rusia ha atacado su soberanía nacional, al poner en peligro a la población con un arma química; mientras hace oídos sordos a las denuncias internacionales de que su aliado en Siria, Bachar al Asad, está exterminando a su propio pueblo, a los que ataca con armas químicas, el candidato del Kremlin se dedica a anunciar a bombo y platillo los últimos juguetes del Ejército ruso, entre ellos un misil indestructible, capaz de romper el escudo antimisiles de EU.

“Rusia sigue siendo una potencia nuclear”, dijo pletórico Putin a dos semanas de las elecciones. “Nadie quería escucharnos. Pues bien, ahora el mundo nos escuchará”.

 

fransink@outlook.com

 

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