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Sergio Ley, arquitecto y diplomático: de Tayoltita a Pekín

La comunidad china en México ha sido un lazo de unión entre dos países, lo que naturalmente ha conducido a que salgan representantes diplomáticos de entre sus miembros

El arquitecto y diplomático Sergio Ley López pasó 13 años en los países asiáticos, adscrito al Servicio Exterior Mexicano. Cuando fungió como embajador en China, pudo encontrar las raíces de esa parte de su familia.

El clan Ley jamás olvidó la herencia que les venía desde China. Sergio Ley (Tayoltita, Durango, 1941), formado como arquitecto en la UNAM, con estudios de Historia del Arte y Restauración de Inmuebles históricos en Francia y el Reino Unido encontró en la diplomacia el camino que lo llevó a la tierra de sus abuelos paternos, al mismo tiempo que participaba del proyecto empresarial familiar.

El embajador Ley rememora: “En mi caso, tenía un interés muy particular sobre la historia y la cultura chinas. Conversé mucho de ello con mi padre. Pero en casa siempre fueron palpables nuestras dos herencias, la china y la mexicana. Como mi madre ayudaba a mi padre en la tienda, allá en Tayoltita, quien manejaba la casa era mi abuela materna, y un día se comía comida mexicana y al siguiente comida china. De hecho, había un cocinero chino a las órdenes de mi abuela”.

Las particularidades de la comunidad china mexicana también formaron a los nueve hermanos Ley López: “Me parece que tuvimos una educación muy a la china”, reflexiona el diplomático. “Todos, mis hermanos, mis hermanas y yo fuimos criados con la idea del trabajo y del ahorro, que es una de las cosas que distinguió a las comunidades chinas mexicanas, y mi madre también lo absorbió de mi padre.

DE ARQUITECTO A DIPLOMÁTICO

Sergio Ley se inició en la vida pública recién llegado de Europa. Era 1969 y tenía 27 años. “Alfredo Valdez Montoya era el nuevo gobernador de Sinaloa y sin conocerme me invitó a colaborar en el gobierno. Me designó Director de Obras Públicas Municipales en Culiacán. Al principio, la prensa se mofaba de mí por mi juventud: no se estilaba que  los funcionarios públicos fueran muchachos veinteañeros. Pero no hice un mal desempeño. Fueron tres años de presencia municipal y ya no quise continuar  en la política”.

El joven arquitecto abandonó el servicio público para unirse al negocio familiar: “me integré al grupo para construir los centros comerciales, porque estábamos en un periodo de expansión.  En 1982, cuando llega a la presidencia Miguel de la Madrid, fue designado Subsecretario de Relaciones Exteriores Ricardo Valero, a quien había conocido en Francia y con quien tenía una buena amistad. Con él colaboraba una gran intelectual mexicana, Luz del Amo, a cargo de asuntos culturales. Me invitaron a ir a China en calidad de agregado cultural, para ­encargarme del intercambio de este tema. En esos años, estábamos recibiendo anualmente a 30 estudiantes chinos para un curso especial en temas latinoamericanos en El Colegio de México y nosotros enviábamos estudiantes mexicanos.

“Me entusiasmó la idea. Mis hermanos aceptaron a regañadientes que me separara de la constructora del grupo, siempre y cuando hallase un buen ­sustituto; mi segundo de a ­bordo cumplió la tarea a la perfección y yo ­pude irme esos dos años. ­Pero el entonces canciller, Bernardo Sepúveda, me insistió mucho en que me regularizara ­como miembro del Servicio ­xterior Mexicano. Hice los exámenes necesarios, y así inicié mi carrera diplomática.”

Aquellos dos años que Sergio Ley había pensado como una especie de “sabático”, se convirtieron en 13.  Ley López fungió ­después como Jefe de Cancillería en la embajada mexicana en Singapur, y después fue cónsul general de México en Shanghai. Fue Director General para el Pacífico y Asia, de la SRE y después fue designado embajador en Indonesia, entre 1997 y 2001, cuando fue enviado como embajador a la Republica Popular ­China, la ­tierra de sus mayores, hasta 2007, cuando pasó a retiro al cumplir los 65 años.

“Viví y trabajé en tres países diferentes: la China de los años 80, la China de los 90 y la China del nuevo siglo. Eran completamente distintos. En 1984, en el primer año nuevo que me ­tocó allá, viajé a la ciudad ­donde ­había nacido mi papá. Viajé de Pekín a Hong Kong para reunirme con un tío que hizo el ­enlace, y de ahí a casa de la familia. Llegamos por una carreterita, éramos los únicos que viajábamos en auto, y eran miles de personas moviéndose a pie. El gobierno chino apenas estaba en proceso de concretar las reformas que cambiarían al país. Lo ­hicieron lentamente, sin precipitarse, como no se precipitan los ­chinos. Así sacaron de la pobreza a 500 millones de personas, sin fórmulas mágicas ni ­milagros, a sabiendas de que la dádiva gubernamental solamente es un paliativo y que la clave estaba en la creación masiva de empleos”.

Sergio Ley sigue en actividad permanente, no sólo en lo que toca a Casa Ley y sus derivaciones, como los Tomateros de ­Culiacán; es el presidente de la sección de negocios Asia-Pacífico del Consejo Mexicano para el Comercio Exterior (COMCE); ­vive en una antigua casa restaurada donde la huella de Oriente es palpable, y el retrato de aquel inmigrante jovencito es la ­primera página de una gran historia de chinos mexicanos.

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