El lenguaje de los políticos

Aurelio Ramos Méndez

El próximo jueves (22) se cumplirán 183 años de la promulgación del decreto que creó la Academia de la Lengua con la finalidad de contener la decadencia del castellano y restituirle su pureza y esplendor, y de eliminar el desorden idiomático configurado tras la Independencia.

¡La decepción que se llevarían los académicos de entonces —y de ahora—, si conocieran el manejo de la lengua nacional, las habilidades para la escritura y la expresión oral, que en la actualidad tienen los mexicanos, en general, y los políticos en particular! ¡Si leyeran los textos de éstos o escucharan sus discursos y declaraciones!

El deplorable empleo del idioma, cierto, no es privativo de los políticos. Alcanza incluso a la mayoría de quienes trabajan de manera profesional con la palabra: periodistas, locutores, docentes, ministros de culto…

Se entiende que así sea. A final de cuentas, el uso defectuoso de la palabra refleja una falla del sistema educativo.

En tiempos de campañas electorales y renovación gubernamental, conviene poner la lupa sobre el lenguaje minusválido de quienes —con pocas y honrosas excepciones— se dedican a la actividad política.

No faltará quien diga que, en medio de los graves y acuciantes problemas nacionales, se antoja ociosa la preocupación por la palabra. Sí, pero…

Mal podemos aspirar a la solución de esos agudos problemas sin comprensión cabal de la realidad, debido a la deficiente transmisión de las ideas, y, por consiguiente, de un debate caótico, indescifrable y sin acuerdos con relación a los mismos. Auténtico diálogo de sordos.

Se escribe y habla mal, ya se sabe, porque se piensa mal, y esas condiciones el debate termina en galimatías o trabalenguas, del tipo de “donde digo, digo, no digo digo, sino…”.

La dificultad en el empleo del lenguaje trascendió hace rato la comicidad de Cantinflas. Está convertida en una falla capital que reclama políticas de choque.

En modo alguno este diagnóstico alude a la manipulación de la palabra o el empleo deliberado de eufemismos con el fin de enmascarar o alterar la realidad, sino a la imposibilidad de verbalizar con claridad las ideas.

Si se hiciera el ejercicio de transcribir de manera literalmente declaraciones del grueso de los políticos, el resultado podría ser una sucesión de frases ya no digamos carentes de originalidad o creatividad, sino, de plano sin claridad; inconexas, con faltas de sintaxis, sin una línea de pensamiento lógico. O, peor, un amasijo de indescifrables sonidos guturales.

Estamos en un punto en que se puede entender que un presidente de la República ignore la existencia de un escritor de quilates llamado Jorge Luis, y lo nombre José Luis. Cada quien es libre de elegir los autores de su preferencia.

Pero, cuando ese mismo Presidente no sabe que la letra g combinada con la e, suena ge —como en el apellido Borges— y, en lugar de así pronunciarlo, forma una epéntesis, esa figura de dicción consistente en añadir un sonido —en este caso la u— dentro de un vocablo, y ¡en un Congreso de la Lengua Española! pronuncia Borgues, algo grave está pasando.

Y, cuando otro Presidente dice que su país ha “volvido” a ser referente…, es hora de frenar para ver qué está sucediendo. Un país con un mandatario con semejante vocabulario sólo puede ser referente de ignorancia, atraso o decadencia.

Peor aún si este dislate, tal como ocurrió, se produce en la Ciudad Luz y ante la OCDE. Ese club tan costoso —170 millones de pesos para México en 2017, sólo por cuota de membresía— y tan activo por estos días, modificando al alza, con intenciones indisimulablemente electorales, los pronósticos de crecimiento económico.

El tropiezo del mandatario en cuestión sólo prueba la inutilidad de la matrícula en el oneroso club de dizque buenas prácticas.

Prueba que es innecesaria la adopción del Programa Internacional para la Evaluación de los Alumnos (PISA), pues la conclusión empírica es unívoca: estamos fritos en matemáticas y ciencias; pero, sobre todo, en competencia lectora. O sea, la capacidad para comprender lo que leemos, el manejo de la lengua común.

Circunstancia ésta que equivale a decir que estamos, si no totalmente sí en grado considerable, imposibilitados para comunicarnos, transmitir con mediana corrección nuestro pensamiento, darnos a entender.

Añádase que un candidato a la Presidencia cree que se dice resolvido, en lugar de resuelto.

Y que otro presidenciable quizá se tiene por ducho en el uso de enclíticos y forma una prótesis al agregar la s en la conjugación de la segunda persona del singular, del pretérito de indicativo, y así va por la vida —por ejemplo— pronunciando dijistes o trajistes.

Y añádase, asimismo, a una presta-nombre política que, también en la puja presidencial, ha dicho por televisión que aspira a que los ciudadanos “voltieen” a verla.

Hay por estos días políticos que presumen de hablar inglés, francés y quizá hasta un alemán champurrado. ¡Pero lo que se requiere es que, aquí y en español, convenzan a los mexicanos de que no son esos pillos que pintan sus adversarios!

Por si todo esto no fuese suficiente para atender con urgencia este problema nacional, recuérdese que un secretario de Educación confundió la astronomía con la astrología. Y, quizá llevado por la prisa, signo de los tiempos, abusa de la apócope y dice ler, en vez de leer.

O, repárese en otros personajes públicos que considerar una ociosidad la colocación de tildes. Dígalo, si no, Liébano Sáenz, a quien esta semana corrigieron por Twitter Federico Arreola y otros usuarios, porque omitió tres acentos en una frase de 37 palabras.

Para no hablar de ese dechado de dechado de simpatía que es Javier Lozano Alarcón, cliente de correctores de estilo en las redes sociales.

Equivale, sin embargo, a tocar fondo en el uso de un idioma indigente, plagado de vicios, el caso patético de Alejandro Murat Hinojosa.

Este señor gobernador sostiene que “durante la historia de México se ha ‘abrido’ una gran brecha entre el sur y el norte de México”. Y con prosodia famélica suele hablar de “andiamiaje”, en lugar de andamiaje; “regulotorio”, por regulatorio, y “paisanes” por paisanos.

Hemos avanzado poco en el cultivo de la lengua desde el 22 de marzo de 1835, cuando apareció en el Diario Oficial el decreto que creó la Academia.

Si ahora se hacen estas observaciones, en modo alguno se pretende soslayar las deficiencias propias. Se trata apenas de llamar la atención sobre un problema de verdad grave. Y de señalar fallas tan elementales que pueden ser detectadas aun por quien no sea corrector, gramático ni nada por el estilo.

aureramos@cronica.com.mx

 

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