No me amenaces con un discurso desgastado. De tigres y demonios - Carlos Matute González | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 17 de Marzo, 2018
No me amenaces con un discurso desgastado. De tigres y demonios | La Crónica de Hoy

No me amenaces con un discurso desgastado. De tigres y demonios

Carlos Matute González

Desde 1994 he escuchado, cada seis años, la misma cantaleta. En estas elecciones viene un choque de trenes, la gente ya no aguanta, el “pueblo” está harto, si yo no soy presidente la debacle del país, sufrí un fraude electoral, el tigre se va a soltar, el México bronco va a despertar y una permanente referencia a una fuerza ­social rabiosa contenida como si fuera un conjunto de movimientos telúricos incontenibles, imprevisibles y ­altamente destructores.

2018 parece que no es la excepción. Si por la vía de la democracia representativa, con elecciones confiables y equitativas, la propuesta populista vuelve a ser derrotada, entonces, sólo hay una explicación posible, fraude electoral, y una consecuencia, un tigre sangriento desatado, mientras que su autonombrado domador se retira a la vida privada a esperar ser llamado —como el caudillo Obregón— a salvar a la patria de la ira popular. Desmesura y megalomanía del líder. Frustración y ceguera de los fieles seguidores.

La historia de los movimientos contra el modelo globalizador en el mundo es una de fracasos y repudio en las urnas. Los únicos que se han logrado afianzar en el poder han recurrido al autoritarismo y el apoyo militar. El giro a la izquierda de Latinoamérica está concluyendo con un saldo negativo. Sólo se sostiene en la Cuba agónica, la Venezuela revuelta y la Nicaragua empobrecida. El experimento populista de derechas en Estados Unidos no logra integrar un gobierno estable y confiable, lo que será evaluado en las urnas en noviembre próximo. En Europa, no hay nada concluyente con el brexit, España tuvo una profunda crisis de gobierno e Italia está sumida en la incertidumbre política.

¿Cuál es la razón de que no se haya dado la sustitución del modelo democrático representativo, plural, tolerante, abierto a los mercados internacionales, promotor de los derechos humanos y las libertades de las personas y respetuoso de la diversidad cultural y étnica? Simple y llanamente porque sus críticos sólo destacan sus insuficiencias y rezagos, pero no son capaces de proponer uno distinto, viable para las sociedades del mundo que ahora son complejas, críticas, abiertas, integradas a una cultura global sin fronteras, usufructuarias de las redes sociales, democratizadas por la extensión de los beneficios de la tecnología y con una intensa movilidad y grandes flujos migratorios, en las que el concepto ciudadanía pierde fuerza vinculatoria con los estados.

La propuesta populista, en contrasentido con la historia, consiste en el aislamiento —resurgimiento del nacionalismo—, en la promoción del proteccionismo económico, en la limitación del pluralismo político que debe reducirse a la voz del pueblo expresada por la boca del líder, en la movilización de las masas con vanguardias ideologizadas con dogmas racistas, clasistas o religiosos, en el cierre de las fronteras, en el control de las redes y los medios de comunicación, en la perpetuación en el poder político (China, Corea del Norte, Venezuela, la fallida pretensión boliviana, Cuba, Paraguay, Argentina, Brasil, Ecuador, entre otros.) y en el odio y el resentimiento como eje de la propaganda (el enojo o hastío social).

No hay tigres atados esperando devorar a la sociedad en una vorágine revolucionaria, ni domadores. Hay sociedades vivas que —pese a sus contradicciones producto de la desigualdad social— prefieren mayoritariamente la ruta pacífica y democrática. La efervescencia electoral despierta pasiones que los militantes y activistas perpetuos aprovechan para ocupar espacios y continuar las campañas de oposición eternas que garantizan un modo de vida que renuevan cada tres o seis años.

El ciudadano observa, razona y vota. Organiza las elecciones y evita con su participación el fraude y acepta el resultado. Después del acto cívico por excelencia, que es ejercer el derecho político a elegir a sus gobernantes y representantes, vuelve a lo suyo y confía en que los dirigentes trabajarán en un proyecto común. También se divierte (la política espectáculo) y se indigna (la política escándalo) con las figuras públicas, pero no toma las armas, ni destruye su empresa, ni renuncia a su trabajo, ni abandona a su familia, ni deja de disfrutar la vida para irse a la revolución populista.

Participemos, debatamos los proyectos políticos en público y en el seno de la familia y entre los amigos, forjemos con ideas, visiones y experiencias el voto de cada persona. Acudamos a las urnas y ejerzamos nuestro derecho —todos los candidatos son hombres y mujeres con virtudes y defectos, no son ángeles, ni demonios—. Después del primero de julio seguramente habrá inconformes, opositores al resultado, pero también habrá instituciones que defiendan nuestro modo de vida que, afortunadamente, cada vez es más libre y tolerante. Ésa es la democracia. No hay tigres atados, ni trenes a puntos de colisionar. Hay sociedades vivas, muy vivas y deseosas de buscar un futuro mejor y más promisorio.

Profesor de posgrado del INAP

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